22 de mayo de 2019

Sin palabras


Me podrían decir que calladita estoy más guapa. No obstante, tengo algunos defectos, o virtudes, según se mire: Me dedico a la microbiología, me fascina la literatura y resulta que en ambos mundos es imprescindible hablar.
 Calladita estaría más guapa. Pero yo vivo mi vida... No estoy en un concurso de belleza.

15 de mayo de 2019

Numerología

En el mundo de las puñaladas, de la cobardía y las pasiones... Una vez cuela como casualidad y los ingenuos, al dos todavía le pueden llamar concidencia. Pero no insistas, porque de toda la vida en mi tierra como en la tuya, el tres siempre ha sido mafia.

11 de mayo de 2019

Des-pedida.

Me clavó su mirada nada más entrar en el Barkatu. Luego percibí su ansiedad por acercarse, hasta que finalmente encontró  el hueco y el momento para sentarse a mi lado. Charlamos durante horas, como  si no hubiera nadie más que nosotros entre toda la multitud alborotada y festiva de cualquier sábado por la noche en el centro de la ciudad de Pamplona. El siguiente viernes también volví a verlo y en poco tiempo se convirtió en algo habitual. Era muy notorio que Joel se sentía atraído por mí, sin embargo, nunca me llamaba directamente para quedar conmigo. Él prefería utilizar el contacto de los amigos comunes que nos habían presentado, para garantizar los encuentros de una forma aparentemente casual. Todo esto al principio me pareció adecuado y sin darme cuenta  se convirtió en una costumbre que se repitió durante los siete meses que duró lo nuestro. Era un hombre atractivo y muy empático. Al principio me sentía elogiada y a solas resultaba encantador. Sin embargo, cuando estábamos con amigos, él se cercioraba de hacer algún comentario aclaratorio o tener algún gesto inoportuno conmigo, que evidenciara que Joel no quería admitir ese sentimiento hacia mí. Nuestros amigos no comprendían su comportamiento contradictorio. Tampoco yo lo entendía, y supongo que era exactamente ésa la pretensión de Joel, de forma que  nuestra relación se mantuviera en una incertidumbre emocional de no saber por qué suceden las cosas ni adónde nos podían llevar finalmente.
Esta tensión del “sí pero no” de Joel me hizo recordar algunas conversaciones que en el pasado había mantenido con Zuri, la única persona en mi vida con la que he conseguido tener la confianza necesaria para hablar de hombres. A Zuri la conocí mucho antes. Ella era una mujer que vivía al final de nuestra calle en el barrio de la Txantrea, cuando yo era niña. A Zuri todo el vecindario la apodaba la Solte. Nunca se había casado, o eso creíamos todos, porque también hay certezas que la gente da por hecho sin cuestionarse lo más  mínimo. Ella trabajaba en un herbolario de su propiedad que tenía en la calle Curia, algo lejos de nuestro barrio y muy cerca de la Catedral de Pamplona. La Solte había  estudiado enfermería y aunque nunca había ejercido, resultaba obvio que su vocación era la de ayudar a los demás. Muchos pensaban que ella tenía algún poder especial, algo así como una bruja, aunque a nadie se le ocurría nombrarla de esa manera. Era una mujer solitaria, con semblante feliz, que salvaguardaba su alegría de forma serena. Su sonrisa permanecía a flote y nadie sabía si corrían aguas turbias o claras debajo de ella. No era una solterona,  eso saltaba a la vista, por eso todos le omitían de palabra y de pensamiento el sufijo “ona”. Muy pocos sabían que el apodo le venía ya desde muy niña, y que el sufijo que omitíamos al abreviar era en realidad otro muy distinto. De hecho, cuando Zuri era ya una hermosa adolescente, su madre le decía de forma cariñosa, ¡hay hija mía, con esa pinta tan despreocupada que tienes de disfrutar sola, te vas a quedar  solterica!
Durante el tiempo que viví en aquel barrio, la relación con Zuri se limitó simplemente a la de una vecindad correcta. Nuestra diferencia de edad era tan solo de diez años, sin embargo, esa diferencia era muy notaria cuando yo era tan solo una niña. Por eso cuando me mudé de allí a los doce, Zuri me parecía una adulta tan mayor como pudiera serlo mi madre. Así que no recuerdo haberme despedido de ella. Del resto de vecinas, niñas como lo era yo, que raramente me invitaban a jugar con ellas, sí que recuerdo haberme despedido. Fue un gesto desmotivado y algo esperable. No percibí tristeza en ellas. Después con la distancia lo viví como una liberación, porque no hay nada tan desagradable y estúpido como permanecer allí  donde no te quieren.
  Cuando pasaron los años y la madre de “La Solte” iba a su pueblo por los funerales de algún paisano, las vecinas de su pueblo preguntaban por la vida de la familia. Es una costumbre rara que tiene la gente en todas partes, la de preguntar por alguien que en verdad no le interesa para nada. La madre nunca los mandaba a freír espárragos con sus estúpidas preguntas.  Ella era amable y respondía  “los dos mayores ya me dieron nietos, y Zuri ya con veinticuatro , bien, como siempre, vive en Pamplona pero sigue solterica”.
Cuando cumplí catorce años, ya no vivía en el barrio de “La Solte” desde hacía dos. Tuvimos que mudarnos de allí porque mi padre estaba amenazado de muerte. Recuerdo que entonces me gustaba coger el teléfono antes que cualquiera de mis hermanos, así como en una carrera… a ver quién  llegaba primero. En una de esas llamadas, alguien del otro lado del teléfono y sin dar la cara, dijo que mi padre iba a morir.  Así que desde muy pronto supe que la cobardía ataca por la espalda y que además no usa las palabras adecuadas, porque es muy diferente, muy, pero que muy diferente, matar a alguien que dejarlo morir de muerte natural o por accidente. Demasiado pronto aprendí que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. El cobarde no sabe dar la cara, porque siente vergüenza hasta de sí  mismo. Aprendí también que en esta vida es mejor no correr demasiado para llegar antes de tiempo. Saber esperar es mucho más  efectivo y además te libras de los golpes que conlleva la velocidad. 
Ya nunca en mi vida fui la primera en coger el teléfono.
Aquel nuevo barrio era en realidad una residencia temporal, un refugio que sirvió de puente hasta la siguiente mudanza, que sucedió después de otros dos años. Un lugar en el que las niñas del vecindario ya no me excluían de sus juegos como me sucedía con las de antes. Muy al contrario, siempre estaban dispuestas a estar conmigo. 
El centro histórico quedaba muy próximo a nuestro piso transitorio. Me encantaba pasear con mis nuevas amigas por el parque de las murallas de Pamplona y por las calles que rodeaban la catedral.  Un día me quedé  hipnotizada mirando un escaparate, y de repente vi salir de la trastienda a “La Solte”, que rápidamente me reconoció e hizo un gesto con la mano invitándome a pasar a saludarla. El olor de incienso de aquella tiendita venía como un oleaje que Zuri acompañaba con notas de vainilla, cada vez que sacudía su melena con la mano izquierda, al tiempo que anotaba sus pedidos con la derecha.  Entones me pareció que era una hermosa joven que bien pudiera ser mi hermana. 
 —Pásate por aquí cuando quieras —me dijo al despedirse después de una breve conversación entrecortada por la clientela, invitándome a volver a verla, tal vez en alguna ocasión que estuviera sola y pudiéramos charlar con más tranquilidad.
Hubiera vuelto para verla ese mismo día. No quise, sin embargo, parecer desesperada o algo así. Por eso dejé pasar una semana y entonces aparecí por el herbolario. 
Aquel día charlamos largamente. Zuri leía libros compulsivamente y luego los almacenaba en la trastienda. Dejaba las novelas en una estantería, las ordenadas alfabéticamente  según el apellido del autor, y en una mesa amontonaba caóticamente todos los libros de hierbas y sus propiedades. Su afán por la literatura me provocaba mucha curiosidad. Yo tenía  dificultad para leer una novela entera. La causa la desconocía. No podía ni siquiera imaginar que era mi TDAH el que se dispersaba en cualquier asunto real o imaginario, aprovechando cualquier cambio de párrafo, que dejaba mi mente flotando en otra historia que yo tejía desde ese punto y  aparte. Eso me impedía seguir el hilo del argumento novelesco del autor y menos aún recordar el nombre de los protagonistas.
A partir de aquel día  comencé a visitar a Zuri una o dos veces por semana. Preferiblemente el viernes, porque había menos gente y además yo el sábado  no podía, porque ayudaba a mi madre en las cosas de casa. Hablábamos de todo. Bueno, de todo lo que es propio de una niña de catorce años que conversa con una mujer de veinticuatro. Sin embargo, comencé a leer los libros de botánica del herbolario y para mi sorpresa resultó que recordaba todo su contenido al detalle. Me esmeré en clasificarlos en diferentes grupos según sus aplicaciones: semillas, infusiones, dietéticos y hasta una parte dedicada a la cosmética. 
Un viernes por la tarde, Zuri me dio a conocer otro tipo de literatura.
—He ido a la biblioteca,  Ione. He sacado todo esto para ti. Tienes que empezar a leer a los poetas —me dijo en tono empático, como le dice una bruja a la otra, cuando ella te lee el pensamiento y la otra le corresponde.
Leer poesía se convirtió desde entonces en un placer para mí. Me gustaba esa brevedad condesada y de alta intensidad, como si cada poema encerrase la historia de una novela. Tenía un don especial para comprender el lenguaje metafórico. Me resultaba muy paradójico, porque en esa edad me costaba comprender los chistes. Años mas tarde comprendí que leer poesía era un acto intimo y solitario en el que nadie  reclamaba nada. Los chistes me estresaban porque el miedo al rechazo que aún arrastraba de mi infancia, me dejaba boqueado el entendimiento. Simplemente me reía al acabar el chiste, que era  lo que se suponía que había que hacer para sentirme aceptada.
—¿Qué poeta estás leyendo ahora? —quiso saber Zuri, una de las tardes que fui al herbolario.
—¿Qué me puede pasar si tengo la mirada lasciva? —¿ Pregunté dando a entender que no la escuchaba. Aunque en realidad sí que la escuché. Únicamente creí que lo mío tenía más  urgencia y lo otro lo dejé para más tarde.
 —¿Qué te ha pasado? ¿Qué  quieres saber, Ione?
—No, nada. Yo, nada. O sea, sí… El otro día un tío me dijo que yo tenía la mirada lasciva.
—¿Y no le preguntaste por qué te lo dijo?
—¡Claro, claro! Yo pregunté. Le dije al tío a ver qué significa eso de lasciva… y él me soltó que ya lo aprendería solita cuando fuese grande. Y yo, en fin, yo no sé cómo de grande tengo que ser para entender algo así, ¿me explico?, porque él tiene solo dieciocho, que no son muchos, pero además intuyo que eso lo sabe desde hace bastante tiempo. Entonces, ¿cuándo crees que lo sabré? —Se lo pregunté a Zuri en tono de preocupación, porque yo para entonces estaba segura de tener alguna mutación genética que me impedía creerme las cosas porque sí, creerme las  cosas a pies puntillas.  Y digo bien, a pies puntillas, porque me refiero a cuando a la brujas las colgaban  por el cuello, y después estiraba alguien de la cuerda, en nombre de la inquisición, hasta esperar que ellas, a pies puntillas se confesaran creyentes de otra fe  diferente de la suya… aunque sabe Dios que las brujas solo creemos en la fuerza de la naturaleza.
—Verás , —añadió  Zuri —una cosa es el significado de la palabra lasciva, que viene a ser algo así como seductora o sexual. Otra cosa muy distinta es tener la mirada lasciva. Esta es una cuestión que implica reciprocidad, porque no solo depende de lo que percibe el chico que te mira, sino que también  influye lo que tú emites hacia los demás.
—¿Yo…? No, no. O sea… ¡¡¡Yo no hice nada de nada, eh!!!
—Claro, Ione. Me refiero a que es algo que tu mirada provoca, en él y en los otros, de forma involuntaria por tu parte. Ese chico además  sabe que ésa es una cualidad que tenemos las brujas. Y tú eres muy joven, por eso se atrevió a decirte eso. Desde ya, te digo que llegará un día en el que nadie se atreverá a comentarte algo así. Aprenderás también que los adultos utilizamos el lenguaje de los ojos para invitar o prohibir en el terreno de la lascivia.
Me gustó mucho su respuesta. Me encantó su respuesta. Pero a la vez me generó aún más dudas, o dudas más difíciles de las que antes tenía. Era la primera vez que alguien utilizaba la palabra bruja para referirse a mí. Y definitivamente lo interpreté como una sentencia brujil. Por eso deduje que a los veinticuatro años yo iba a estar solterica como ella... 
Y efectivamente, así me sucedió .



24 de marzo de 2019

Promentido

Imagen por Idoia Laurenz 
Se comprometió a rapar su cabeza como una prueba de amor incondicional. Fue su gesto de solidaridad conmigo. 

En cierto modo cumplió su promesa. Nunca volví a verle el pelo.

7 de diciembre de 2016

De carne y sueño.

   
A ti no te hace falta esconder el deseo detrás del silencio. Tampoco tu boca necesita reclamar mi dote a los cuatro vientos. Vuelas sin prometer la vida y es tu cuerpo el que se pronuncia de noche, en favor de todos mis bienes gananciales.  Es tu cara  la que me mira de frente sin hacerse pasar por alguien distinto. Eres tú quien pone la geografía bajo el control de tus pasos, no en los de la casualidad, acercando a la mínima expresión cualquier medida de la distancia que nos separe.

Para soñar tengo la hoja en blanco y un puente levadizo del que sólo yo tengo la llave. Lo puedo bajar a mi antojo para que mis héroes de barro entren y conviertan a esta plebeya en la única dueña de todos sus castillos en el aire. Ellos se reducen a la tinta de mis sueños, en los que unas veces me aman y otras no tanto... No saben que tengo las manos libres para ese amor que mi cabeza se inventa. La estantería está llena de versos malabares y trucos de magia que convencen más fácilmente a mi alter ego que sueña. 

       La realidad amanece y rinde pleitesía en mi alcoba que no pide un poema que venga de tu teclado, ni de tu lengua un perdón porque la sarna con gusto no ofende. No tengo que arrancar de tu boca un te amo que suplante la ausencia de ti con bellas cartas postales. No me hace falta mirar detrás de tu foto para destapar mentiras o adivinar un rostro. 

       No voy a liberarte de este amor de carne y sueño. Sólo los hombres que no saben quererme como tú son los que nunca están o simplemente desaparecen.



Imagen por Ayla Michelle.


30 de agosto de 2016

El eco de tu ausencia.




Me fugué de aquella casa sin hacer ruido. Salté por aquella ventana cuando dormían todas mis ausencias. Abandoné los sueños en la parte más alta. Se quedaron junto al desorden y el olvido, entre papeles y abrigos que ya no podían calentarme nada.

Hoy regreso a mí misma, más de treinta años después, y te encuentro a a ti en el camino de vuelta.

Me acompañas porque quieres acostarte conmigo. Me dejo acompañar porque te quiero enseñar el ático en el que gritaban de miedo los huérfanos de mis fantasmas.

Me das un beso entre las cuatro paredes que ya no hablan. Tus pies pisan la marca de un charco reseco. Hace tiempo que el tejado no cubre a nadie. Tampoco llora.

Las piedras asoman su silencio todavía en carne viva.

Soy una mujer de piel impoluta y blanca que busca su lugar entre los escombros.

Eres un hombre que lleva una tribu de nómadas en los ojos, una semilla en los pies, un pozo en las alas y cientos de amantes colgadas de un cuerpo que ninguna supo mirar desnudo. 

Me quedo atrapada entre las vocales de tu nombre, en tu vocación de pararrayos de mi tormenta, en tu cama de flores sobre mi techo en ruinas.

Eres un silencio muerto en la garganta, que sacia la sed en el hueco de mi ombligo.

*Fragmento de Por si te encuentro.
** Imagen por Idoia Laurenz.

25 de agosto de 2016

Dos flores y un día.


En el patio de mi casa hay un cactus que vive despacio y solo. Apenas le hablo y él también me ignora, porque en toda su vida no ha florecido. Pertenece a una familia que da su flor una vez al año y se marchita en pocas horas. 

No puede huir. Yo mantengo las distancias, así que tampoco le doy opción a pincharme. Por eso utiliza su esterilidad para hacerse el muerto y el interesante conmigo. Sonrío a los demás cuando sé que él me observa. Es una manera de joderle también y que al menos uno de los dos parezca vivo. 

Esta noche, mientras estaba escribiendo, me sorprendió el cactus. En mi aniversario me regaló las dos primeras flores de su dolorosa existencia.

Me las dio para que aprenda a jugar con ellas, y de paso también contigo. 





*Fotografías de Patxi O.

30 de abril de 2016

Oui, c'est moi.


No necesito a nadie que me suplante para saber que me he convertido en tu oscuro objeto de deseo. No me hace falta la carnalidad de la boca de ninguna otra porque el silencio de mis labios finos y la fuerza oculta de mi voz francesa pegan fuerte en tu pecho cuando en él se muere lapidado un beso. 

No quiero el negro lacio de ningún otro cabello cuando es el fuego del mío el que te quita la escarcha del sueño. Toma lo que ves y peínalo como puedas porque no vas a encontrar ningún otro enredo que se le parezca. 

No busques la mirada de otras cuando vienes a encontrar ciegamente cualquier destino tuyo en el mío. No te acuchillan a ti las palabras. Es el silencio que se clava en tu alma como una daga que tiene el filo de mil palabras que yo no escribo y que a ti te desangran.

No vuelvas a humillar ni un solo centímetro de la piel que recubre y escuda todo mi silencio porque sólo tendrás para toda la vida los ojos, las manos y el alma de alguna otra como ella, vestida con fotos de otras muchas que nada tienen que ver con la mujer verdadera. 


31 de marzo de 2016

Mi lavanda.

Imagen por Idoia Laurenz.
A mí me toca el amor exiliado antes de nacer. Ése que duerme en camas ajenas. Uno que crece a años luz de la poesía. Me tocan todos los inviernos que sirvan para ponerlo a prueba. Me toca esperar al lado contrario en el que la lujuria se sirve con mantel y mesa. 

A él le llegan las mentiras que se le abren de piernas en el frío de la noche. Las que le abrigan el pecho y luego se le despiertan con el disfraz de la certeza. A él le toca regresar de vacío y con el alma en los huesos. A mí distinguirlo entre mil, porque se le ha quedado en el pelo el olor de la tierra con sus flores de lavanda.

Estamos hechos el uno para el otro (el amor y yo). Nos quedamos con la verdad por muy febril que parezca. Le hacemos un hueco en el ático, aunque esté sucia, desnuda y enferma, y sólo pida un rincón en el que sea posible descansar en paz, sin el ruido de las bombas de la antinaturaleza. 

24 de marzo de 2016

Mi puzle.

No era la primera vez que sucedía. Primero se anunciaba con los movimientos bruscos e impredecibles de su cuerpo, y de esta forma se anticipaba súbitamente a las palabras que luego soltaba.   A primera vista podía resultar un hombre impulsivo, pero todo cuanto decía había estado profundamente meditado, como en un torbellino de pensamientos hermosos, de cuya belleza él no era consciente. Su voz era como un tornado que arrancaba los sentimientos de su interior con la fuerza de un cincel en la piedra. Pero siempre los acompañaba de palabras que me empeñé en aprender a leer y ordenar en un puzle.

 Cada encuentro resultaba ofensivo y halagador al mismo tiempo. En ellos me entregaba retales hechos de sacudidas y palabras. Una vez me cegó la ira al escuchar que yo le recordaba mucho a su primera mujer. Sólo sentí la rabia con la que se refería a su primer dolor, y aquel golpe me desarmó todo el rompecabezas. “Yo tampoco soy tan mala”, pensé. Después volví al punto de partida y seguí trabajando en la reconstrucción empezando de cero. Para ello no utilicé la memoria sino el corazón. Por eso el paisaje que se iba dibujando no se parecía en absoluto al primero. Volví a recordar aquel día en el que me calificó, insidiosamente, como la típica mujer que gustaba a todos. Así que me dieron ganas de desarmarlo todo y largarme. Pero encajé la frase en otro contexto, en otro lugar del puzle, y pensé que él también podía estar incluido en el grupo que contiene a la palabra todos, por una simple cuestión de coherencia matemática.

Al colocar la última pieza comprobé que era muy hermoso parecerme a una persona de la que él se había enamorado treinta años antes. “Te pareces mucho a mi primera mujer” es una frase que está cargada de bellos significados y probablemente es el piropo más hermoso que me haya disparado nadie.