21 de noviembre de 2019

Aritmética virtual.


      En medio de tanta confusión de megabytes, tu verdadera personalidad es el máximo común denominador, entre tu perfil virtual de Facebook y el perfil real que muestras al vecindario.

      La verdad es el resultado final que obtienes al restar a tus palabras anónimas, el valor real de tus gestos cotidianos.

    Tu pensamiento se torna patológico cuando invierte más tiempo en la virtualidad que en la familia.

           Y si a pesar de todo, sigues convencido de que te has enamorado a través de una pantalla, ten cuidado, porque has entrado en el terreno de la metafísica.

          Mira tu rostro frente a un espejo y verás que te has enamorado de la idealización de ti mismo.


15 de noviembre de 2019

Mi antebrazo.


    Escribo por encima de las hojas en blanco que me regaló el silencio.

   Amo en libertad, por debajo del hermetismo y los años que se acumularon detrás de una puerta, sin llave ni castillo.

  Empuño mi guitarra como el arma de fuego, que sabe alejar a los cobardes que anidan en mis sábanas, y puede calcinar la mirada obsesiva de los fantasmas enemigos.

      Y canto en clave de sol a esa voz que responde las cartas olvidadas, que escribo algunas noches, cuando oigo el aviso de *alerta amarilla.

*Alerta amarilla: No existe riesgo meteorológico para la población en general, aunque sí para alguna actividad concreta.

11 de noviembre de 2019

En mi brazo



   Este brazo no escribe mirando al cielo de nadie. Es un tronco que creció en el silencio. Mi mano y yo nos parecemos. Invocamos a nuestras raíces y aceptamos el vacío de todo lo que el destino no quiso compartir conmigo.

   Le doy las gracias a este brazo que lleva el testigo de nuestra herencia y el valor para salir con astucia del guión que nos entregaron mucho antes de nacer. 

  Este brazo lleva tu sello, la arrogancia de querer escribir poco y sola, de relatar  su historia en medio de la tormenta y hacerlo siempre fuera de los márgenes de la comodidad.  Así es mi brazo. Como tendría  que ser el amor. Como debería de ser la vida.

19 de agosto de 2019

Tu orilla

Me sentí feliz de haberle conocido desde el preciso instante en el que tuve la certeza de cómo era él. Además se lo dije, con ese atrevimiento infantil que tanto me caracteriza. Recuerdo que se rió cuando se lo dije, como si todo se tratara de una broma. 

Pero claro, él aún no me re-conocía. 

Yo no me enamoré del color de sus ojos que nunca tuve la fortuna de ver. Creo que fue por su forma de mirarme. No por su voz que jamás escuché, aunque siempre me quedaba colgada de todas sus palabras. Porque sus palabras eran como el anuncio del anticiclón de las Azores. Algo que no cambia de dirección salvo causa de fuerza mayor. 

Algo que siempre está ahí. 

Él regresaba tantas veces como me hiciera falta para invitarme a explorar valientemente en la profundidad de mí misma. Me enamoró su insistencia para adentrarme en mi propia vida y recuperar lo mejor que hubieran dejado de ella, intacto o herido, tanto daba... Lo importante era recuperarlo. 

Cuando sueño con él, imagino que me piensa como si yo fuese una nueva especie, nunca de la tierra, porque siempre me describe como un ser absolutamente marino. Un ser como el que soy: alguien que se resiste a cambiar el valor de su  inocencia por algo que no sea verdaderamente valioso. 

Tal vez solo estoy hecha de olas que van y vienen sobre la misma costa. Y no sé si se parece al amor, pero sé que no se parece al olvido, este oleaje recurrente, esta certeza de que lo mejor de mí está constantemente golpeando en su orilla.

2 de agosto de 2019

Inquilinas

Tengo la casa entera ocupada por todas las ganas de ti. Son ocupas que llegaron con la intención de quedarse sólo unos días, pero después  de seis meses ya se me han acomodado para toda la vida.
Cada semana llegan seis o siete nuevas ganas de ti. Se van pasando la llave entre ellas. Se alojan en todos mis huecos como si los conocieran de toda la vida. Las tengo alojadas en todos los rincones que siempre esperaban.
Algunas son muy curiosas y se asoman por todas las ventanas, paseando con la mirada calle arriba, calle abajo. No se atreven a doblar la esquina. Las más fogosas salen a divertirse y pasan la noche en vela soñando como Cenicientas que siempre vuelven solas con sus dos zapatos. Las ganas de ti que me impiden desear a ningún otro hombre, son las que abren la puerta incluso a las que perdieron su bolso.
Las más tristes se desesperan, se van a la alcoba y no quieren comer. Pero tengo unas ganas que acaparan el hambre por ti y salen a buscarte...
 Para dormir
contigo.

9 de junio de 2019

Identidad

Me da igual si después de compartir mesa conmigo no recuerdas lo que dije y olvidaste hasta mi nombre.
El problema de fondo es que al margen de mi existencia, tú  no sabes ni quién eres.

22 de mayo de 2019

Sin palabras


Me podrían decir que calladita estoy más guapa. No obstante, tengo algunos defectos, o virtudes, según se mire: Me dedico a la microbiología, me fascina la literatura y resulta que en ambos mundos es imprescindible hablar.
 Calladita estaría más guapa. Pero yo vivo mi vida... No estoy en un concurso de belleza.

15 de mayo de 2019

Numerología

En el mundo de las puñaladas, de la cobardía y las pasiones... Una vez cuela como casualidad y los ingenuos, al dos todavía le pueden llamar coincidencia. Pero no insistas, porque de toda la vida en mi tierra como en la tuya, el tres siempre ha sido mafia.

11 de mayo de 2019

Des-pedida.

Me clavó su mirada nada más entrar en el Barkatu. Luego percibí su ansiedad por acercarse, hasta que finalmente encontró  el hueco y el momento para sentarse a mi lado. Charlamos durante horas, como  si no hubiera nadie más que nosotros entre toda la multitud alborotada y festiva de cualquier sábado por la noche en el centro de la ciudad de Pamplona. El siguiente viernes también volví a verlo y en poco tiempo se convirtió en algo habitual. Era muy notorio que Joel se sentía atraído por mí, sin embargo, nunca me llamaba directamente para quedar conmigo. Él prefería utilizar el contacto de los amigos comunes que nos habían presentado, para garantizar los encuentros de una forma aparentemente casual. Todo esto al principio me pareció adecuado y sin darme cuenta  se convirtió en una costumbre que se repitió durante los siete meses que duró lo nuestro. Era un hombre atractivo y muy empático. Al principio me sentía elogiada y a solas resultaba encantador. Sin embargo, cuando estábamos con amigos, él se cercioraba de hacer algún comentario aclaratorio o tener algún gesto inoportuno conmigo, que evidenciara que Joel no quería admitir ese sentimiento hacia mí. Nuestros amigos no comprendían su comportamiento contradictorio. Tampoco yo lo entendía, y supongo que era exactamente ésa la pretensión de Joel, de forma que  nuestra relación se mantuviera en una incertidumbre emocional de no saber por qué suceden las cosas ni adónde nos podían llevar finalmente.
Esta tensión del “sí pero no” de Joel me hizo recordar algunas conversaciones que en el pasado había mantenido con Zuri, la única persona en mi vida con la que he conseguido tener la confianza necesaria para hablar de hombres. A Zuri la conocí mucho antes. Ella era una mujer que vivía al final de nuestra calle en el barrio de la Txantrea, cuando yo era niña. A Zuri todo el vecindario la apodaba la Solte. Nunca se había casado, o eso creíamos todos, porque también hay certezas que la gente da por hecho sin cuestionarse lo más  mínimo. Ella trabajaba en un herbolario de su propiedad que tenía en la calle Curia, algo lejos de nuestro barrio y muy cerca de la Catedral de Pamplona. La Solte había  estudiado enfermería y aunque nunca había ejercido, resultaba obvio que su vocación era la de ayudar a los demás. Muchos pensaban que ella tenía algún poder especial, algo así como una bruja, aunque a nadie se le ocurría nombrarla de esa manera. Era una mujer solitaria, con semblante feliz, que salvaguardaba su alegría de forma serena. Su sonrisa permanecía a flote y nadie sabía si corrían aguas turbias o claras debajo de ella. No era una solterona,  eso saltaba a la vista, por eso todos le omitían de palabra y de pensamiento el sufijo “ona”. Muy pocos sabían que el apodo le venía ya desde muy niña, y que el sufijo que omitíamos al abreviar era en realidad otro muy distinto. De hecho, cuando Zuri era ya una hermosa adolescente, su madre le decía de forma cariñosa, ¡hay hija mía, con esa pinta tan despreocupada que tienes de disfrutar sola, te vas a quedar  solterica!
Durante el tiempo que viví en aquel barrio, la relación con Zuri se limitó simplemente a la de una vecindad correcta. Nuestra diferencia de edad era tan solo de diez años, sin embargo, esa diferencia era muy notaria cuando yo era tan solo una niña. Por eso cuando me mudé de allí a los doce, Zuri me parecía una adulta tan mayor como pudiera serlo mi madre. Así que no recuerdo haberme despedido de ella. Del resto de vecinas, niñas como lo era yo, que raramente me invitaban a jugar con ellas, sí que recuerdo haberme despedido. Fue un gesto desmotivado y algo esperable. No percibí tristeza en ellas. Después con la distancia lo viví como una liberación, porque no hay nada tan desagradable y estúpido como permanecer allí  donde no te quieren.
  Cuando pasaron los años y la madre de “La Solte” iba a su pueblo por los funerales de algún paisano, las vecinas de su pueblo preguntaban por la vida de la familia. Es una costumbre rara que tiene la gente en todas partes, la de preguntar por alguien que en verdad no le interesa para nada. La madre nunca los mandaba a freír espárragos con sus estúpidas preguntas.  Ella era amable y respondía  “los dos mayores ya me dieron nietos, y Zuri ya con veinticuatro , bien, como siempre, vive en Pamplona pero sigue solterica”.
Cuando cumplí catorce años, ya no vivía en el barrio de “La Solte” desde hacía dos. Tuvimos que mudarnos de allí porque mi padre estaba amenazado de muerte. Recuerdo que entonces me gustaba coger el teléfono antes que cualquiera de mis hermanos, así como en una carrera… a ver quién  llegaba primero. En una de esas llamadas, alguien del otro lado del teléfono y sin dar la cara, dijo que mi padre iba a morir.  Así que desde muy pronto supe que la cobardía ataca por la espalda y que además no usa las palabras adecuadas, porque es muy diferente, muy, pero que muy diferente, matar a alguien que dejarlo morir de muerte natural o por accidente. Demasiado pronto aprendí que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. El cobarde no sabe dar la cara, porque siente vergüenza hasta de sí  mismo. Aprendí también que en esta vida es mejor no correr demasiado para llegar antes de tiempo. Saber esperar es mucho más  efectivo y además te libras de los golpes que conlleva la velocidad. 
Ya nunca en mi vida fui la primera en coger el teléfono.
Aquel nuevo barrio era en realidad una residencia temporal, un refugio que sirvió de puente hasta la siguiente mudanza, que sucedió después de otros dos años. Un lugar en el que las niñas del vecindario ya no me excluían de sus juegos como me sucedía con las de antes. Muy al contrario, siempre estaban dispuestas a estar conmigo. 
El centro histórico quedaba muy próximo a nuestro piso transitorio. Me encantaba pasear con mis nuevas amigas por el parque de las murallas de Pamplona y por las calles que rodeaban la catedral.  Un día me quedé  hipnotizada mirando un escaparate, y de repente vi salir de la trastienda a “La Solte”, que rápidamente me reconoció e hizo un gesto con la mano invitándome a pasar a saludarla. El olor de incienso de aquella tiendita venía como un oleaje que Zuri acompañaba con notas de vainilla, cada vez que sacudía su melena con la mano izquierda, al tiempo que anotaba sus pedidos con la derecha.  Entones me pareció que era una hermosa joven que bien pudiera ser mi hermana. 
 —Pásate por aquí cuando quieras —me dijo al despedirse después de una breve conversación entrecortada por la clientela, invitándome a volver a verla, tal vez en alguna ocasión que estuviera sola y pudiéramos charlar con más tranquilidad.
Hubiera vuelto para verla ese mismo día. No quise, sin embargo, parecer desesperada o algo así. Por eso dejé pasar una semana y entonces aparecí por el herbolario. 
Aquel día charlamos largamente. Zuri leía libros compulsivamente y luego los almacenaba en la trastienda. Dejaba las novelas en una estantería, las ordenadas alfabéticamente  según el apellido del autor, y en una mesa amontonaba caóticamente todos los libros de hierbas y sus propiedades. Su afán por la literatura me provocaba mucha curiosidad. Yo tenía  dificultad para leer una novela entera. La causa la desconocía. No podía ni siquiera imaginar que era mi TDAH el que se dispersaba en cualquier asunto real o imaginario, aprovechando cualquier cambio de párrafo, que dejaba mi mente flotando en otra historia que yo tejía desde ese punto y  aparte. Eso me impedía seguir el hilo del argumento novelesco del autor y menos aún recordar el nombre de los protagonistas.
A partir de aquel día  comencé a visitar a Zuri una o dos veces por semana. Preferiblemente el viernes, porque había menos gente y además yo el sábado  no podía, porque ayudaba a mi madre en las cosas de casa. Hablábamos de todo. Bueno, de todo lo que es propio de una niña de catorce años que conversa con una mujer de veinticuatro. Sin embargo, comencé a leer los libros de botánica del herbolario y para mi sorpresa resultó que recordaba todo su contenido al detalle. Me esmeré en clasificarlos en diferentes grupos según sus aplicaciones: semillas, infusiones, dietéticos y hasta una parte dedicada a la cosmética. 
Un viernes por la tarde, Zuri me dio a conocer otro tipo de literatura.
—He ido a la biblioteca,  Ione. He sacado todo esto para ti. Tienes que empezar a leer a los poetas —me dijo en tono empático, como le dice una bruja a la otra, cuando ella te lee el pensamiento y la otra le corresponde.
Leer poesía se convirtió desde entonces en un placer para mí. Me gustaba esa brevedad condesada y de alta intensidad, como si cada poema encerrase la historia de una novela. Tenía un don especial para comprender el lenguaje metafórico. Me resultaba muy paradójico, porque en esa edad me costaba comprender los chistes. Años mas tarde comprendí que leer poesía era un acto intimo y solitario en el que nadie  reclamaba nada. Los chistes me estresaban porque el miedo al rechazo que aún arrastraba de mi infancia, me dejaba boqueado el entendimiento. Simplemente me reía al acabar el chiste, que era  lo que se suponía que había que hacer para sentirme aceptada.
—¿Qué poeta estás leyendo ahora? —quiso saber Zuri, una de las tardes que fui al herbolario.
—¿Qué me puede pasar si tengo la mirada lasciva? —¿ Pregunté dando a entender que no la escuchaba. Aunque en realidad sí que la escuché. Únicamente creí que lo mío tenía más  urgencia y lo otro lo dejé para más tarde.
 —¿Qué te ha pasado? ¿Qué  quieres saber, Ione?
—No, nada. Yo, nada. O sea, sí… El otro día un tío me dijo que yo tenía la mirada lasciva.
—¿Y no le preguntaste por qué te lo dijo?
—¡Claro, claro! Yo pregunté. Le dije al tío a ver qué significa eso de lasciva… y él me soltó que ya lo aprendería solita cuando fuese grande. Y yo, en fin, yo no sé cómo de grande tengo que ser para entender algo así, ¿me explico?, porque él tiene solo dieciocho, que no son muchos, pero además intuyo que eso lo sabe desde hace bastante tiempo. Entonces, ¿cuándo crees que lo sabré? —Se lo pregunté a Zuri en tono de preocupación, porque yo para entonces estaba segura de tener alguna mutación genética que me impedía creerme las cosas porque sí, creerme las  cosas a pies puntillas.  Y digo bien, a pies puntillas, porque me refiero a cuando a la brujas las colgaban  por el cuello, y después estiraba alguien de la cuerda, en nombre de la inquisición, hasta esperar que ellas, a pies puntillas se confesaran creyentes de otra fe  diferente de la suya… aunque sabe Dios que las brujas solo creemos en la fuerza de la naturaleza.
—Verás , —añadió  Zuri —una cosa es el significado de la palabra lasciva, que viene a ser algo así como seductora o sexual. Otra cosa muy distinta es tener la mirada lasciva. Esta es una cuestión que implica reciprocidad, porque no solo depende de lo que percibe el chico que te mira, sino que también  influye lo que tú emites hacia los demás.
—¿Yo…? No, no. O sea… ¡¡¡Yo no hice nada de nada, eh!!!
—Claro, Ione. Me refiero a que es algo que tu mirada provoca, en él y en los otros, de forma involuntaria por tu parte. Ese chico además  sabe que ésa es una cualidad que tenemos las brujas. Y tú eres muy joven, por eso se atrevió a decirte eso. Desde ya, te digo que llegará un día en el que nadie se atreverá a comentarte algo así. Aprenderás también que los adultos utilizamos el lenguaje de los ojos para invitar o prohibir en el terreno de la lascivia.
Me gustó mucho su respuesta. Me encantó su respuesta. Pero a la vez me generó aún más dudas, o dudas más difíciles de las que antes tenía. Era la primera vez que alguien utilizaba la palabra bruja para referirse a mí. Y definitivamente lo interpreté como una sentencia brujil. Por eso deduje que a los veinticuatro años yo iba a estar solterica como ella... 
Y efectivamente, así me sucedió .