31 de octubre de 2020

Filosofía de confinamiento

    


     Las clases sociales en el siglo XXI no tienen nada que ver con el dinero. 

      En el mundo capitalista hay tres estatus: uno, las personas estresadas, dos, las personas cansadas. Ambas son las únicas que hacen todo el trabajo. 

     Después está el tercer grupo de individios: los relajados.

     En los tres grupos hay personas ricas, pobres y de clase media.

      Porque en el  mundo no importa quién tiene el dinero, lo que clasifica verdaderamente es quién hace el trabajo.

28 de octubre de 2020

Finalidad

 Si nunca te has permitido en la vida perder la cabeza por alguien, quizá debieras pensar que has vivido sin cabeza, sin objetivo y sin sentido... 


21 de junio de 2020

Final-izado

Imagen por Idoia Laurenz.

Había relámpagos detrás de mí aquella noche. 


Delante un paisaje nublado.


Una cascada de velas rotas.

 

Un silencio a la deriva. 


Un pulso contra el dialecto, entre tu boca y la mía.

 

 


3 de febrero de 2020

Inteligencia defensiva



Me reconozco distraída y olvidadiza. Puedo parecer ingenua y a ratos desprevenida, pero intuyo la presencia de una serpiente al acecho a kilómetros de mi espalda.

Entonces me limito a fingir que soy lo que parezco. Ésa es mi estrategia.

Me doy la vuelta porque siempre peleo dando la cara. Espero con aparente confianza y me permito el gusto de pecar sin exceso de simular que soy una presa fácil.

Ella solo avanza por arrastre y cuando cree que me tiene en su perímetro de alcance, simplemente desaparezco.

Es un error discutir o conversar con una víbora. El veneno mortal está en su lengua y es allí donde tiene que permanecer. En una victoria limpia no queda ni rastro después de la batalla.

Solo la serpiente y yo sabemos con claridad quién ha vencido.




23 de enero de 2020

Peor que nada

Lo peor no es saber que sobras en un lugar, porque puede haber una razón más importante que tú, que justifique tu permanencia.

Es triste seguir allí donde eres objeto de envidia, de constante observación, porque sentirse perseguida, para bien o para mal, es un verdadero suplicio.

Aún así, lo peor de todo es seguir allí donde sólo sientes envidia por la belleza  ajena. Donde tu vida consiste en verte siempre a través de una persona que no eres tú y perseguir en ese espejo a las personas que rodean a ese otro. Porque entonces significa  que sigues ahí para algo mucho peor que nada. 

18 de enero de 2020

La Sirenuca

Ella es un ser de nobleza existencial, porque su verdad no tiene nada de azul pero su sangre tiene el color del fuego.

Ella cree en la vida, en la honradez y en el amor. Alguien que cree en la infancia con mayúsculas por encima de todo.

Solo un ser mitológico , como ella, podría vivir al límite de los sueños irreales del mundo, siempre apostando por el valor incuestionable del ser humano.

Ella muere cada día por la música. Y  solo ella es capaz de convertir toda su esencia en  una mujer real y después hablarte, sonreír o tomarse contigo una cerveza y  seguir siendo aparentemente la misma.

Ella es alguien que consigue sacar del mar hasta lo que Dios le negó un día y acto seguido se lo bebe todo de un trago brindando siempre a tu bendita salud.

En la historia de mis tiempos ninguna sirena se convirtió, ni en sueños, en una mujer tan guapa.

Pero hubo un día en  el siglo XXI en el que el mundo se dio la vuelta, y entonces, alguien se levantó del océano y por arte de magia  apareció ella.



30 de diciembre de 2019

El llanto de una moneda

Cuánto poema que nace sin dolor en la cara visible y anestesiada de nuestro mundo.

 Y cuánto  dolor que se muere sin un poema en el  otro lado, el de la cruz y el olvido.



21 de noviembre de 2019

Aritmética virtual


      En medio de tanta confusión de megabytes, tu verdadera personalidad es el máximo común denominador, entre tu perfil virtual de Facebook y el perfil real que muestras al vecindario.

      La verdad es el resultado final que obtienes al restar a tus palabras anónimas, el valor real de tus gestos cotidianos.

    Tu pensamiento se torna patológico cuando invierte más tiempo en la virtualidad que en la familia.

           Y si a pesar de todo, sigues convencido de que te has enamorado a través de una pantalla, ten cuidado, porque has entrado en el terreno de la metafísica.

          Mira tu rostro frente a un espejo y verás que te has enamorado de la idealización de ti mismo.


15 de noviembre de 2019

Mi antebrazo


      Sobrevivo encima de mi silencio y debajo de tu hermetismo.

  Empuño mi guitarra, que sabe alejar a los cobardes que anidan en mis sábanas, y consigue calcinar la mirada de los fantasmas enemigos.

      Canto en clave de sol a esa voz que responde mis cartas olvidadas.

    Escribo algunas noches, cuando oigo el aviso de *alerta amarilla.

*Alerta amarilla: No existe riesgo meteorológico para la población en general, aunque sí para alguna actividad concreta.

19 de agosto de 2019

Tu orilla


Cuando sueño con él, 
imagino que alguna vez pensó en mí, esperando una utopía desde el otro lado.

2 de agosto de 2019

Inquilinas

Tengo la casa entera ocupada por todas las ganas de ti. Son ocupas que llegaron para quedarse unos días, y ya se me han acomodado para toda la vida.
 
Cada semana llegan nuevas ganas de ti. Se pasan la llave que abre mi puerta y se alojan en cada hueco que ven libre. 

Se asoman a todas las ventanas y pasean la mirada calle abajo, calle arriba.

Duermen contigo. 

No se atreven a doblar la esquina. 
  

22 de mayo de 2019

Sin palabras


Me podrían decir que calladita estoy más guapa. No obstante, tengo algunos defectos, o virtudes, según se mire: Me dedico a la microbiología, me fascina la literatura y resulta que en ambos mundos es imprescindible hablar.
 Calladita estaría más guapa, pero yo vivo mi vida y no estoy en un concurso de belleza.



24 de marzo de 2019

Promentido

Imagen por Idoia Laurenz 
Se comprometió a rapar su cabeza como una prueba de amor incondicional. Fue su gesto de solidaridad conmigo. 

En cierto modo cumplió su promesa. Nunca volví a verle el pelo.

13 de septiembre de 2016

Luna solo hay una

   Todo lo bueno escasea. Por mucho que haya gente que se dedique al recuento de amantes o de amigos, sigo convencida de que la amistad, el verdadero amor, la gente sincera y el buen sexo, escasean por igual aunque no sean lo mismo. Sólo son igual de escasos. 
Idoia Laurenz.

30 de abril de 2016

Oui, c'est moi


No necesito a nadie que me suplante para saber que me he convertido en tu oscuro objeto de deseo. No me hace falta la carnalidad de la boca de ninguna otra porque el silencio de mis labios finos y la fuerza oculta de mi voz francesa pegan fuerte en tu pecho cuando en él se muere lapidado un beso. 

No quiero el negro lacio de ningún otro cabello cuando es el fuego del mío el que te quita la escarcha del sueño. Toma lo que ves y peínalo como puedas porque no vas a encontrar ningún otro enredo que se le parezca. 

No busques la mirada de otras cuando vienes a encontrar ciegamente cualquier destino tuyo en el mío. No te acuchillan a ti las palabras. Es el silencio que se clava en tu alma como una daga que tiene el filo de mil palabras que yo no escribo y que a ti te desangran.

No vuelvas a humillar ni un solo centímetro de la piel que recubre y escuda todo mi silencio porque sólo tendrás para toda la vida los ojos, las manos y el alma de alguna otra como ella, vestida con fotos de otras muchas que nada tienen que ver con la mujer verdadera. 


24 de abril de 2016

Ahora

Si hoy estuvieras vivo, seguro que ayer habrías dejado olvidada una flor en mi casa y en el salón de la tuya yo hubiera encontrado un sitio para que tuvieras otro libro. 

Si hoy estuvieras vivo, mañana te contaría que me cuesta querer y que aún soy más difícil para permitir que alguien me quiera. Algo que ya sabías de mí cuando estabas vivo, pero aun así te lo contaría.

Si mañana estuvieras vivo, podría decirte que he descubierto que el amor es imposible de matar. Que el amor es el único que se muere de muerte natural. 

Pero la verdad es que ayer ya estabas muerto y que también lo estarás mañana. Entonces me pregunto qué hago con todo esto.

Mejor lo escribo.



Tu lirio

  
 Una flor en mis sueños se volvió pájaro para volar hasta tu ventana. Un ruiseñor que en sus alas esconde la llave de brisa maestra que puede abrir todas tus puertas. 

       El lirio de su mirada se hizo tierra con la que regar tus lágrimas, y el azul de su pluma un verso que me enseñó a susurrar por la mañana.

Imagen por Idoia Laurenz.

24 de marzo de 2016

Mi puzle

No era la primera vez que sucedía. Primero se anunciaba con los movimientos bruscos e impredecibles de su cuerpo, y de esta forma se anticipaba súbitamente a las palabras que luego soltaba.   A primera vista podía resultar un hombre impulsivo, pero todo cuanto decía había estado profundamente meditado, como en un torbellino de pensamientos hermosos, de cuya belleza él no era consciente. Su voz era como un tornado que arrancaba los sentimientos de su interior con la fuerza de un cincel en la piedra. Pero siempre los acompañaba de palabras que me empeñé en aprender a leer y ordenar en un puzle.

 Cada encuentro resultaba ofensivo y halagador al mismo tiempo. En ellos me entregaba retales hechos de sacudidas y palabras. Una vez me cegó la ira al escuchar que yo le recordaba mucho a su primera mujer. Sólo sentí la rabia con la que se refería a su primer dolor, y aquel golpe me desarmó todo el rompecabezas. “Yo tampoco soy tan mala”, pensé. Después volví al punto de partida y seguí trabajando en la reconstrucción empezando de cero. Para ello no utilicé la memoria sino el corazón. Por eso el paisaje que se iba dibujando no se parecía en absoluto al primero. Volví a recordar aquel día en el que me calificó, insidiosamente, como la típica mujer que gustaba a todos. Así que me dieron ganas de desarmarlo todo y largarme. Pero encajé la frase en otro contexto, en otro lugar del puzle, y pensé que él también podía estar incluido en el grupo que contiene a la palabra todos, por una simple cuestión de coherencia matemática.

Al colocar la última pieza comprobé que era muy hermoso parecerme a una persona de la que él se había enamorado treinta años antes. “Te pareces mucho a mi primera mujer” es una frase que está cargada de bellos significados y probablemente es el piropo más hermoso que me haya disparado nadie.

21 de marzo de 2016

Sinfín

Imagen por Idoia Laurenz
Supe quererte con los ojos tapados, sin adivinar gestos de amor y sin ninguna correspondencia. Lo hice con todo el silencio que me guardo y con todas las ausencias que me caben. 

De noche no ocupé un lugar en tu mesa ni en tu cama. De día, sólo el sueño de un mal presagio. 

Y durante años mi nombre no significó nada. 

No me convertí en lo mejor de tu vida, y tú... ni siquiera en lo peor de la mía. 

Ya ves, amor. Parece que así empiezan las cosas que nunca terminan.

17 de febrero de 2016

Mi gen-ética

La Nochevieja es la mejor oportunidad para atreverse a ser una misma, a pesar del disfraz o la etiqueta que los demás nos quieran imponer el resto del año.



13 de enero de 2016

Cuarto alumbramiento

     


Las bobinas de perlé de color blanco ocuparon durante unas horas la mesa de la cocina. Mi madre las esparció una tarde para tejer con ellas, el sueño de que su cuarto embarazo, desvelase al nacer, que yo fuese una niña.
 
Después del sueño, volvió a reagrupar las bovinas en una bolsa, y bordó mi nombre en ella.  Luego preparó la comida para sus dos hijos varones, de cinco y seis años, que correteaban por el pasillo dando patadas a un balón y marcaban goles en la puerta de su casa. También cuidaba del más pequeño, de nueve meses, que dormía en el cochecito mientras la mujer movía adelante y atrás, cantando canciones de cuna que servían de rezo para ahuyentar los malos espíritus.

   Algunas mañanas soleadas mi madre visitaba a mi tía que vivía a dos kilómetros de casa. Mi madre cantaba por la calle mientras empujaba con sus antebrazos el carrito del bebé, y mis dos hermanos mayores, la ayudaban a dirigir la marcha con la fuerza de sus manos, cada uno de un lado. Todos seguían un camino entre medio de unos campos de trigo. Y mientras caminaba, empujaba, cantaba y vivía, mi madre tricotaba con sus brazos un jersey. Al compás de sus pasos y su canto, daba puntadas para tejer un sueño de calor para cualquier frío.

  Una noche de verano la mamá rompió aguas. Preparó su bolso, llamó a su marido para que le buscara un taxi y después avisó a la vecina para decirle que se iba a parir y que sus hijos dormían.

   –Es el cuarto hijo que tengo –dijo mi madre al entrar en el hospital, y de esta forma, quiso dejar clara su experiencia–. Creo que va a nacer enseguida.

   –Pues eres la quinta parturienta de la noche y aquí se pare por orden –aseguró la comadrona, y la invitó a tumbarse a esperar en una camilla.

   Durante una hora nadie entró a visitarla. Ella sintió unas ganas irreprimibles de empujar, y empujó. Así que yo asomé la cabeza y en ese instante regresó la enfermera.

   –Todavía tendrás que esperar unas horas. Estoy atendiendo otro parto –comentó desde la puerta y dejando clara su intención de no traspasarla.

   –Haz lo que quieras –contestó muy decepcionada mi madre–, de todas formas mi hija está naciendo. Porque tienes que saber que es una niña.

   Fue entonces cuando la enfermera se decidió a entrar en la habitación y se acercó a mirar entre las piernas de mi madre, con la intención de volver a irse.

   –¡Bruta! ¡Burra! ¡El niño tiene la cabeza fuera! –gritó la enfermera con ganas, como intentando frenar lo imparable.

   –Ya se lo dije –insistió mamá. Y además le aseguro que es una niña. Así que ayúdeme o váyase, de todas formas mi hija y yo podemos hacerlo todo solas, si usted tiene otras tareas.

   Al final, decidió quedarse el tiempo justo, que fue muy poco porque mi nacimiento era inminente. Después de que nací, la comadrona salió de nuevo al pasillo y entoces sí, gritó “es niña”.

   Mi padre lo escuchó desde la sala de espera y dice mi madre que mi aita lloró mucho.

  Así que parece que los insultos fueron las primeras palabras que yo oí al nacer. Mi madre estaba ahí, y ella me ha enseñado, con su fortaleza y su ejemplo de vida. Por eso, sé  que estoy predestinada a superar el rechazo y sobrevivir al olvido.

El tothem que define a mi madre, es que "hay que seguir hacia delante" para nacer con alegría.

   Y aunque tengo muchas preguntas que le hago a la vida y que nadie puede responder, vivo en silencio con los que me quieren y me siento a la mesa con los que sabemos entender su dolor.

 Mis hermanos y yo, estamos bautizados en la fe de mi madre.  En esta condición de charco que se forma siempre en el mismo vacío, en este hueco hermoso y heredado, que dibuja nuestra sonrisa, cada vez que llueve.

4 de enero de 2016

La inicial de tu tierra

    En este barco sin espacio para los lamentos pesa demasiado el lastre de lo prohibido. Aquí es imposible mantener tu nombre a flote sin renunciar al amor de palabra. Pero el deseo camina descalzo por la cubierta con la esperanza de conseguirlo.

       Duermo durante el día en la popa del olvido con todos los cabos rotos. En la proa se oye el eco de algunos hombres que merecieron en vano mi tiempo.  Y mis pies juegan en la estela de un recuerdo que carece de sentido.

       Sólo queda un loco de la colina que aún sigue en la deriva de este desvarío. Alguien que voltea su mundo por la borda antes de lanzarse a pique conmigo. 

       Pero nadie sabe que algunas noches de niebla cerrada me subo al palo mayor. 

        Y allí conquisto mi sueño.

28 de septiembre de 2015

La ventana de Ione

 

   
Regreso a Albi como una turista más y aunque conozco de sobra el arte que se prodiga aquí, me gusta volver porque así me permito recordar las emociones de mi pasado que se quedaron vinculadas sólo a esta tierra. Podría pensar en Pierre desde cualquier otra parte del mundo pero no lo hago. No consiento que mi memoria pasee libremente por los cementerios del amor. Cuando mi mente necesita vengarse de esa tortura silenciosa que le impongo, se me ablanda el corazón, me subo al coche y conduzco de un tirón hasta llegar a mi plaza favorita en Albi. Una vez ahí, le doy rienda suelta a todos esos recuerdos agolpados durante años. Me permito emborracharme de ellos y pienso que el dolor y la memoria hacen muy buena pareja. Se beben los vientos mutuamente ese par de locos pero jamás dejé que vivieran su idilio tranquilamente en mi casa, del mismo modo que ellos tampoco me permitieron gozar del mío.

Cuando me encuentro ubicada en mi pasado, quiero decir, lo bastante ebria como para resistir y lo suficientemente sobria como para caminar, me acerco paseando hasta la que me gusta llamar, irónicamente, “La rue de l’amour”, en la que está mi viejo apartamento de alquiler. Conserva todavía las mismas ventanas por fuera y los mismos deseos intactos por dentro.

Recuerdo que Pierre vivía en Toulouse y sólo venía a verme los martes porque ése era mi único día festivo, además de algún domingo. Me llamaba por teléfono justo antes de salir de su casa y llegaba a la mía una hora después, cosa que normalmente sucedía a las siete de la tarde. No salíamos del apartamento en toda la noche. Cenábamos desnudos y hacíamos el amor durante horas. No había tiempo ni ganas de hacer ninguna otra cosa. Nos despedíamos a las ocho de la mañana del día siguiente. Dejaba que él se fuese primero porque a mí me gustaba verle marchar en su coche desde esta misma ventana que observo ahora. Durante seis meses continuamos nuestra relación de esa forma. Pierre viajaba mucho, unas veces por causas familiares (para atender a su padre, afectado por una paraplejía debida a un accidente de tráfico) y otras por motivos de trabajo. También nos vimos algún domingo en su casa de Toulouse.

Un martes ya no volvió. Tuvimos una breve conversación telefónica en la que me dijo que no podríamos vernos como de costumbre porque su trabajo atravesaba un momento muy crítico que requería todo su tiempo y su atención. 

Tres semanas después las campanas de la catedral del pueblo tocaron a boda. Se casaba una vecina de la villa con el hijo del dueño de la antigua fábrica de chocolate. Al parecer, el padre del novio era un señor que iba en silla de ruedas. Su empresa había quebrado después del fallecimiento de la esposa, en el mismo accidente que le causó la lesión medular.

Por comentarios de los vecinos, me di cuenta de que se casaba Pierre. En ningún momento tuve deseos de entrar en la iglesia para interrumpir el evento, como suele suceder en algunas películas. Me mantuve en silencio durante meses, humillada por mis propios sentimientos autodestructivos. Inmersa en mi supuesta incapacidad para dejarme querer o sentirme querida. Analfabeta para decir y escuchar las emociones. Inmóvil en mi ventana. Abandonada por los otros y por mí, en esa angustia de acontecimientos que supuestamente le pueden pasar a cualquiera. No supe nada más de Pierre hasta que un año después volvió a sonar el teléfono.

─Allô? ─pregunté, pero sólo hubo silencio─. Allô? ─repetí─. Dis-moi! Qui est-ce? Papá, ¿eres tú? ─pasé a preguntar en castellano por si era alguien de mi familia.

─¡Ione, no cuelgues! ─oí por fin del otro lado─.  Soy Pierre! ─dijo en tono ilusionado.

   Intuí que el amor no tiene nada de ciego y siempre detecta cuando no es correspondido. Lo supe y viví sin hacer preguntas ni pedir explicaciones. Cuando el amor es un viaje sólo de ida, se limita a esperar los acontecimientos hasta que finalmente muere de soledad. Mientras pensaba en ello, Pierre seguía hablando solo.




25 de septiembre de 2015

Mis platos pendientes

Imagen tomada por Julia.

Cuando llegué a aquel piso en Barcelona que compartiría con otros tres estudiantes, no llevaba en la maleta vestidos de noche ni sonrisas de día, ni zapatos de tacón de aguja, ni tenía seguridad para caminar por las calles que me llevasen a esos sitios de copas donde las mujeres guapas iban a divertirse.

Nadie sabrá si fui joven y bella dentro de aquel cuerpo de veintitrés años, que se ocultaba al mundo debajo de pantalones y jerséis con dos tallas por encima.  

En aquel piso la limpieza y la comida se programaban por turnos rotativos, pero la montaña más alta de platos acumulados siempre era la mía. 


Cuando llegué a aquella ciudad no me pintaba los labios ni los ojos, porque jamás tuve la necesidad de maquillar mi tristeza. 

La otra cosa que detestaba, además de fregar, era que me tomaran fotografías.

22 de septiembre de 2015

Vuelve sola

 

Dani, un compañero de trabajo, me suele aconsejar sobre mi vida social ─supongo que en algún momento le di confianza para ello─, y me recomienda que de vez en cuando, cualquier viernes por la noche, visite alguna discoteca de Barcelona. Él piensa que analizo demasiado a los hombres que conozco, y que por eso me resulta difícil conceder una mínima oportunidad a cualquiera que esté interesado en mí. Sé que lo piensa aunque no me lo diga con esas mismas palabras. Lo deduzco porque está convencido de que la única forma de llevarme al huerto es por sorpresa, por algún desconocido con quien mi mente no pueda poner inconvenientes o excusas, y que tenga la suerte o la desgracia de encontrarme un momento con la guardia abajo. Dice que conmigo sólo sirve el aquí te pillo y aquí te mato, algo a lo que no debería renunciar ─me insiste a menudo─, porque sólo se vive una vez.  Él se toma la vida de forma muy mediterránea, en mi opinión, y especialmente la pasión. Sin embargo, llegar al sexo para mí, y muy a mi pesar, es algo rotundo y grave, aunque al poco tiempo de iniciarse la relación, el mismo sexo se me instala con templanza y naturalidad y se me vuelve liviano, gozoso y frecuente. Tampoco me siento orgullosa ni avergonzada por ello. Cada uno es como es, pero prefiero otros  temas de conversación con mis compañeros, como la música, los viajes o la literatura. 

─El viernes por la tarde me voy de librerías por Barcelona, después del trabajo ─dije en voz alta y mirando la pantalla de mi ordenador, como si hablara sola, aunque mi compañera Paula estaba en su mesa de trabajo, junto a la mía, y sé que me estaba escuchando.

─Hoy has visto a Dani ¿verdad, Ione?  ─preguntó.

─Sí. ¿Cómo lo sabes, Paula? 

─Es que no falla. Siempre te aferras a la literatura después de hablar con él. Son muchos años compartiendo despacho contigo ─contestó en tono amable, como agradecida porque fuese así─. Pero mira, esta vez me apetece acompañarte ¿Quieres que vayamos juntas?

─Claro que sí ─respondí─. Han cerrado algunas librerías que me gustaban mucho, pero cerca de la Plaza de Cataluña aún quedan dos muy interesantes, y además una de ellas tiene cafetería.

A las tres de la tarde del viernes nos fuimos las dos a Barcelona en transporte público. Al llegar, justo al lado de la boca del metro, encontramos una tienda de sombreros y bolsos. Me compré una pamela de fieltro en color beis, y después fuimos a la librería. Adquirí dos novelas de dos autores que me interesaban mucho. Mientras tanto, Paula miró la sección de libros de jardinería, aunque finalmente no compró nada. Después nos fuimos a tomar un té en la planta de arriba del mismo local.

─¿Me enseñas los libros que compraste, Ione?

─Claro. Mira ─respondí─: "No digas Noche" de Amos Oz y "Suite francesa" de Irène Némirovsky. Y además esta otra: "La mujer que leía demasiado", que me ha interesado mucho por su título y la sinopsis, aunque no he leído nada de su autora. 

Conversamos sobre nuestras aficiones casi durante dos horas. Charlamos sobre el cuidado de las orquídeas que Paula cultiva con esmero. Además este invierno quiere preparar un viaje por todo lo alto, de esos que hacen las parejas cuando su matrimonio cumple veinticinco años, como es su caso. Probablemente irán a Isla de Pascua. 

De regreso, ya sentadas en el vagón del metro, Paula me preguntó:

─¿Te fijaste en la gente que había en la cafetería? En un hombre en concreto... ¿Te diste cuenta?

─No me fijé en nadie. Me pareció ver un grupo de alemanes en la mesa de al lado ─contesté por contestar, como por decir algo.

─Me refiero a alguien que se acercó a nuestra mesa y dijo que "No digas Noche" es una novela excelente.

─No me acuerdo de su cara ─respondí.

─Tendrías que volver allí el próximo viernes, Ione.  A la misma hora. Pero sola ¿de acuerdo?

─Vale. Mucho más fácil que ir a la discoteca.

─¡Qué ocurrencias tienes! ─exclamó Paula─. ¿Eso a qué viene?

Pero ¿por qué quieres que vuelva  allí? ─pregunté cambiando de tema.

─Ya me lo contarás tú misma ─dijo sin darle demasiada importancia al asunto.

Imagen por Ayla Michelle


7 de junio de 2015

El lenguaje del bosque


Ha parado de llover, Ione. Es un buen momento para ir al monte ─me dijo al entrar en mi habitación oscura, casi susurrando para no despertar a nadie más que no fuese yo─. ¿Quieres venir conmigo? ─añadió mientras iba a preparar el desayuno porque ya conocía mi respuesta de antemano.
─Claro que voy ─contesté con rapidez. Pero ¿por qué hablas tan bajo? ¿No van a venir los demás, o qué? ─pregunté extrañada mientras me iba desperezando para ir a desayunar con él.
─Hoy vamos los dos solos ─respondió─: Cuando termines de vestirte bajas al garaje. Te espero en el coche. No te olvides de traer las katiuskas.

Me gustaba especialmente ir en el coche sentada en el asiento del copiloto mientras él conducía. Al entrar en el puerto de Etxauri dejamos de hablar en un acto reflejo, porque los dos sabíamos que me mareaba nada más entrar en aquellas curvas. En ese momento comprendí que nos dirigíamos a Vidaurre ─su pueblo natal, en el valle de Guesálaz─. Bajé la ventanilla y el aroma fresco de aquella montaña transitada de mi vida, me despertó a la observación de la naturaleza. Al conducir por esa carretera él acostumbraba a hacer un alto en el camino en aquel mirador que parecía un balcón orientado a la cuenca de Pamplona. Pero esa ocasión fue especial y única, porque el coche hizo la parada exclusivamente para mí y por primera vez aquella terraza estaba sólo para mis ojos.
¿Me enseñarás a encontrar setas? ¿Iremos dónde salen las urrizizas y el hongo beltza?
─No, Ione ─respondió mi padre mirando de frente a la línea lejana del horizonte─. A ti te enseñaré a leer todo el bosque.

Lo dijo como quien quiere dar un consejo para el futuro de una vida. Como cuando nos enseñó a leer a los que fuimos sus hijos, y lo hizo antes de que lo hicieran en la escuela. Lo dijo como se dicen las cosas desde el amor.

─Mira, papá. Si ya sé leer ─le aseguré cuando estábamos ya paseando por el monte que había detrás de su pueblo─. Eso que tú llamas boj, es el Buxus sempervirens y aquel roble, un Quercus pyrenaica.
No, Ione. No llames a los seres de la naturaleza por su género o especie. Es como nombrar a lo tuyo con el significado que le dio otro. Ahora mismo están aquí contigo y los tienes que reconocer por el significado que tienen para ti. Fíjate en sus colores, que cambian según la hora del día. Observa su suelo y su cielo, que ahora son también los tuyos. Su nombre te lo dirá de golpe el viento.
─¿Y por qué no me enseñas a leer las setas? Ellas también están en el bosque ─aseveré con esa insistencia que me caracterizaba cuando era niña.
Eres impetuosa y atrevida con las cosas que te gustan. Demasiado ─aseguró con la certeza de un padre─. Pero las setas son muy peligrosas porque primero crecen las de verdad, que son muy suculentas, y a su lado se reproducen las impostoras, que se parecen a las que imitan, pero son muy venenosas. Cuando quieras comerlas llama a tu hermano, él es sosegado, precavido y muy paciente y le he enseñado bien a diferenciar unas de las otras.
─¿A cuál de los cuatro te refieres?
─A Pedro ─lo nombró confirmando mi sospecha.

De regreso nos desviamos por una ruta que nos llevaría caminando hasta la casa de mi abuela. Mi padre llevaba la cesta llena de setas perretxikos, que eran las que a mí más me gustaban.

─¿Por qué volvemos por un sitio distinto al de ida? ¿Este camino es más corto? ─pregunté.
─He querido pasar por aquí para enseñarte algo ─dijo con la mirada muy triste─. ¿Ves aquel árbol, Ione? Cuando era un niño vi cómo en ese lugar mataban a un pobre hombre. Un inocente. Me acuerdo de aquel hombre muchas veces. Con él aprendí que en las guerras el amor se muere de pena, porque en las guerras se mata a los inocentes.  
─¿Vamos a tu casa a ver a la abuela? ─interrogué como intentando desviar el tema de conversación y la tristeza de mi padre al mismo tiempo.
─Vamos ─respondió calmado─. La paz del mundo se construye desde la propia casa de los hombres ─continuó hablando del mismo asunto que no quiso dejar en el aire, a pesar de mi invitación─. Porque las guerras siempre empiezan entre hermanos. No tengas celos de tu hermano si alguna vez crees que a él le dimos más que a ti. Si consigues dominar esa envidia estarás en paz con ellos. No guardes rencor a tu vecino si a su casa le dan un metro más de tierra que a la tuya. Si consigues dominar ese odio y tus vecinos hacen lo mismo contigo y con sus hermanos, conseguirás vivir en un pueblo en paz. Y cuando ames a alguien, no le exijas que renuncie al amor de su madre ni a ninguno de sus amores por el tuyo, y tendrás un hombre a tu lado con el que vivirás en paz.

Supongo que cuando estoy triste vengo a dialogar con él ─que ya no está aquí pero aún me habla─ y también con los árboles que son los que comprenden mi lenguaje del bosque. 

Algunas noches son para la tormenta de mis cumbres borrascosas. Nacen sólo para una lluvia de truenos que me traen lágrimas de aquellas que me nublan la vista como un relámpago. Pero luego las gotas me resbalan por los cristales de la mirada como una caricia que alivia, y cede al deseo ferviente de poseer alguna ventana luminosa y clara.

Yo sé que el amor no se espera ni se promete. Es algo que llega y atrapa, y que nunca se niega bajo sentencia porque no le cabe el castigo y sólo puede morirse de muerte natural a la sombra de un cedro.

Algunas mañanas serán para la sonrisa. Como aquella vez en la que me despertó él… con esa voz que tiene el amor cuando amanece.



1 de junio de 2015

El traje de mi abuelo

Mi abuelo sólo se vestía de traje y corbata cuando el amor llegaba hasta sus hijos y el campanario de su pueblo tocaba a boda. A veces esperaba largos años. Hasta trece de noviazgo esperó cuando se casó mi padre. 

Mi abuelo tenía la piel quemada y agreste como un tizón de lava templado que espera sin prisa en la costa de un mar azul ─como sus ojos─,   para que el atardecer le llame a su puerta con el sonido de una campana y le pregunte por el amor de su vida. 

A mi abuelo le gustaba la montaña y los pájaros y el agua. Al amor también le gusta todo eso.  

Él era manso como un océano que se sabe amado por una mujer que se escapa enfadada a dormir con sus hijas al altillo de la casa, porque ese día está triste. Pero antes de que den las doce en un reloj que no tiene tiempo, ni manillas ni Cenicienta ni calabaza, él sube las escaleras, imperioso, decidido y descalzo de orgullo, como sube la marea en las noches de luna llena, y coge en brazos a su amada para bajarla a su lugar, como quien toma una pluma y la deja en la cama de un dolor y un nido que era de los dos, como es de los dos el silencio que a todos los nuestros nos adolece. 

Nuestro silencio se mete en mi recuerdo como se meten en el suelo las raíces de un árbol milenario que se alimenta de la memoria de un amor enterrado a millones de pies de los míos. Un amor que no necesita palabras ni ojos para saberse desnudo ante una hembra como yo, hecha toda de agua.

Redoblan en nuestra casa las campanas y corro libre entre las grutas de una pizarra dura y gris. Porque me acerco a tu boca sin miedo, para que no se te agote nunca el manantial ni la sed del bien que sé que te hace beberme.

25 de mayo de 2015

La niña de tus ojos

Él nació con los ojos vacíos, huecos,   como los valles en los que las tórtolas  enamoradas,

 tuvieron la libertad de sembrar el fruto de la ausencia. 

Cuando vi por primera vez la cuenca de sus ojos ciegos, quedé marcada por la esperanza que me regaló su sonrisa. 

Mi forma de mirar era la de una niña, con esa esa edad en la que se ha descubierto que todos nos vamos a morir en algún momento. En esa infancia ya consciente, en la que se piensan las mejores preguntas de la vida, pero no se sabe cómo, se quedan para siempre dentro, en el recuerdo. 

Aún sigue sin respuesta mi  pregunta, tío: ¿Lo natural del dolor es gritar o quedarse callada?

En verdad, ya no me importa demasiado no tener respuestas. Lo hermoso de las vida es cuestionarse todas las certezas. 

Todos los ojos son valles de muerte y de vida. Pero las únicas cuencas que terminan vacías son las que nunca se hacen preguntas. La única ceguera es la que no es capaz de ver el dolor.

¿Quién regará las flores
que crecerán en los manicomios de toda la tierra, cuando tú te hayas ido?

*Dedicado a mi tío Federico
.

Imagen por Idoia Laurenz.