16 de agosto de 2024

El olivo de Ione

Por fin me sentía liberada después de romper mi vínculo afectivo con Nacho, un hombre al que entregué todo mi tiempo mental en favor de una utopía. Creo que el amor es una de esas cosas que a veces sucede al margen de lo imposible. Nunca supe si Nacho me correspondía, porque él reconocía sus afectos en función de otras cosas a las que tampoco tuve acceso, así que todo acabó siendo un problema de enfoque, que terminé por solucionar enterrando esa utopía. Al hacerlo me di cuenta que en ese mismo campo estaban enterradas otras utopías. Había un vecino al que no había prestado demasiada atención. Joel vivía al final de la misma calle y rara vez nos encontrábamos. Teníamos diferentes horarios de trabajo, así que nos veíamos cuatro o cinco veces al año. Pero él siempre había estado en los pocos momentos cruciales en los que pude necesitar la ayuda de un vecino amable. Por eso, se me ocurrió dejar una carta en el buzón de Joel, para desearle un buen verano y pedirle que echara un vistazo de vez en cuando a mi casa. También le pedí que regara dos veces por semana un olivo que había plantado en una gran maceta que dejé junto a la puerta de entrada. Me iba de vacaciones a un pueblo de mar en la otra punta del país, aunque preferí omitir en la nota la causa de mi ausencia, y simplemente añadí que regresaría tres meses después. También le dejé mi dirección de correo electrónico, para que pudiese localizarme ante cualquier imprevisto o urgencia.

El verano fue maravilloso y pude disfrutar del mar, las noches de copas y tertulias con amigos en la playa. Me gustaba levantarme temprano y hacer fotografías en los alrededores de aquel pueblo andaluz rodeado de alcornocales. Fue todo tan bien, que hasta el día anterior al viaje de regreso a Barcelona, no me acordé de mi viejo olivo. En todo ese tiempo tampoco había recibido noticias de Joel, así que supuse que la normalidad vecinal había sido la tónica durante mi larga ausencia.

Al llegar a mi casa vacié el buzón y vi que entre todas aquellas cartas había una de Joel. Me dejaba un mensaje breve que decía:

“Querida vecina, las hojas del olivo se han secado completamente. Creo que el árbol está muerto. Aun así lo he regado siguiendo tus indicaciones. Cuando estuve fuera le dije a Anselmo, el jubilado que vive en el número 47, que lo cuidara en mi lugar. Anselmo también sospecha que el olivo está muerto.”

Pensé que sería buena idea invitar a Joel a cenar a mi casa, así que fui caminando hasta el final de la calle y llamé al timbre de su casa, pero no contestó nadie. Al día siguiente volví a intentarlo. Tampoco contestó, pero iba preparada para ello y llevaba un folio en el que escribí:

“Me gustaría invitarte a cenar este viernes. Quedamos a las nueve en mi casa. Si no puedes venir, déjame un mensaje en mi buzón.”

Desde el lunes ─cuando dejé la nota─ hasta el viernes, él no me dejó ningún aviso de respuesta, así que supuse que vendría a la cena.

El viernes estuve toda la tarde cocinando. Cuando quedaba media hora para las nueve, me dio un ataque de estupidez en el que empecé a elucubrar demasiadas cosas: que quizá Joel no iba a venir ─posibilidad que hasta entonces no había contemplado─, o que debí dejarle un número de teléfono ─posibilidad que me planteé desde el principio─. Aunque inmediatamente después pensé que hice muy bien en no dejarle mi número, y transcurridos diez minutos estaba nuevamente convencida de lo contrario.

A las nueve y cuarto llamó a la puerta, pero el cuarto de hora precedente fue el más confuso que recuerdo desde que me perdí en la feria con cinco años. Así que abrí e intenté disimular mi supuesto semblante perdido.

─¡Hola, Ione! Cuánto me alegro de verte. He traído una botella de vino tinto para la cena ─comentó Joel mientras repasaba con la vista toda la casa, con la intención de cerciorarse de que era el único invitado─. Por cierto, ¿has tirado el olivo?
─También me alegro de verte ─me acerqué y le di dos besos─. Muchas gracias por todo ─respondí con una amplia sonrisa─. El olivo está en la terraza. Pasa y siéntate ─le dije señalando la terraza en la que también estaba la mesa preparada, y con una vela en el centro.

Abrí el vino y lo serví, y antes de empezar a comer Joel se acercó al olivo y apoyado en la barandilla del balcón levantó su mano en un gesto que me invitó a acercarme hasta él.
─¿Se puede saber por qué me has hecho regar un árbol muerto durante estos meses? El vecino, Anselmo, piensa que estás un poco loca.
─Es que todavía no se sabe si está muerto. ¿Y tú que piensas? ─respondí.
─Tiene todas las hojas secas… señal inequívoca ─alegó.
─Es que le tengo cariño al arbolito ─le dije con pena─ porque germinó en el jardín que había antes debajo de esta terraza. Hace quince años observé que había una pequeña planta de olivo, que después siguió creciendo sola hasta convertirse en un árbol. Pero este verano reformé el jardín y en su lugar habilité esta terraza. Fue una decisión de última hora. De haberlo sabido hubiera trasplantado el olivo a la maceta en el mes de enero, para garantizar su supervivencia. 

─¿Te fuiste por trabajo estos tres meses? ─preguntó como esperando una respuesta afirmativa.
─No, no. Me fui de vacaciones.
─Vaya… pues que no se entere Anselmo.
─No seré yo quien selo diga. Descuida. Pero te aseguro que este olivo está vivo ─susurré y arranqué una hoja del árbol, y después, al lanzarla por el balcón aproveché para acercarme sinuosamente al cuerpo de Joel─. Y lo que sucede es que hasta que pase el invierno y nazcan los nuevos brotes en primavera, no se podrá saber con certeza ─momento en el que aproveché para tomar un trago de su copa.
─¿Te gustan? ─me preguntó sin especificar qué, aunque se refería claramente a los vinos.
─Me encantan, pero solo los bien cultivados ─dije dando por hecho que le había comprendido, pero que tenía ganas de jugar─. ¿Y a ti?
─¿A mí...? De uvas rojas y hermosas ─respondió siguiéndome el juego.

Siempre me pareció que Joel era inteligente y también honesto, algo imprescindible, puesto que creo que los hombres inteligentes que carecen de honestidad acaban siempre siendo millonarios o se quedan amargados en el intento. Los honestos, en cambio, terminan siendo humildes y con un gran sentido del humor, que suele ser directamente proporcional a su grado de inteligencia. 

Al terminar el postre, Joel se levantó de la silla y extendió su mano invitándome a bailar. Sonaba la canción Supergirl de Reamonn, y obviamente accedí.

─Quizá yo no sea lo suficientemente roja y hermosa ─dije volviendo a la broma, sin poder evitarlo, aunque con la certeza de saberme equivocada por hacerlo.
─Quizá seas mucho más pasional de lo que tú crees.

Al día siguiente Joel me regaló una planta de margaritas. Se me ocurrió la idea de trasplantarla junto al olivo. Y estoy convencida de que esa maceta está llena de vida porque estamos en pleno mes de diciembre y aún florecen margaritas nuevas a pesar del frío.

Hay cosas que las entierro muy profundo para olvidarlas y algunas veces sucede que el entierro se me convierte en una cuidada siembra de la más mínima esperanza de amor y vida.

*Fragmento de Por si te encuentro.


El olivo de Ione. Por Ayla Michelle.

15 de agosto de 2024

El hombre del cruce


Era la tercera vez que viajaba a Barcelona en un mes, para participar en diferentes pruebas de selección, y poder acceder al que finalmente iba a resultar mi primer trabajo serio. En esta última ocasión me desplazaba sólo para realizar una prueba psicotécnica, cuyo resultado determinaría una entrevista final con el gerente de la empresa. Serían dos días de estancia, así que envié un correo urgente a Aitor (una semana antes) para que me acogiese en su casa durante el jueves y viernes. Vivía en un piso del extrarradio que compartía con otro estudiante. No tenía teléfono fijo y los teléfonos móviles no existían por aquel entonces.  Él no contestó a mi correo, y eso era perfecto,  porque según nuestro código, significaba que no había problema que impidiera mi visita. 


Intimé con Aitor los últimos meses de mi estancia en Barcelona, ciudad en la que viví durante el año anterior mientras realizaba un curso de posgrado.  Durante aquel año, todavía reciente en el tiempo y en el recuerdo, compartí apartamento con otros estudiantes. En el café de la Facultad me presentaron a Aitor. Por aquel entonces, él había dejado recientemente una relación y todavía estaba enamorado, aunque no lo reconociese, y yo no estaba enamorada de nadie. Nuestros encuentros no fueron planificados, como una forma de subrayarnos esa banalidad, algo que provocaba, sin pretenderlo, un aumento de la pasión entre ambos. Era un tío de confianza que me transmitía una cercanía humana verdadera. El sexo surgió como algo inevitable, pero disfrutábamos juntos de cualquier momento trivial, aunque Aitor intentaba disimularlo, como si no quisiera que eso diese lugar a que hubiera ninguna otra cosa por añadidura. 

Recuerdo que en el piso de Aitor había una tercera habitación que siempre permaneció desocupada a la espera de algún nuevo inquilino que nunca llegaba. Bromeaba conmigo y decía que la cama de invitados estaba a mi disposición. Él pensaba que iba a volver algún día a Barcelona después de mis estudios de posgrado. Lo pensaba porque fui la única que bebió agua de la fuente de Canaletas, y ya se sabe que quien bebe de esa fuente se queda para siempre en Barcelona. En realidad fui la única que quiso beber, y lo hice precisamente por eso, porque yo no quería regresar a Pamplona, aunque me daba igual el lugar de residencia con tal de que estuviera lejos de ella. En cualquier caso, Barcelona ya me parecía bien. Aitor era muy observador y esas cosas del desarraigo las percibía rápidamente.  Pero yo le seguía la broma diciendo que ricitos de oro no había encontrado un lugar en su cueva del oso. 

Al concluir las pruebas para acceder al trabajo, y resultar seleccionada, fui hasta el apartamento de Aitor. Llamé al timbre de su puerta en repetidas ocasiones pero nadie me contestó.  Volví a intentarlo dos horas después y el resultado fue el mismo. Tampoco vi ningún aviso o mensaje justificando su ausencia, así que busqué una cabina y llamé a Sofía, una amiga que vivía en Sitges. Dormí en su casa los dos días.  Luego supe a través de un conocido, que Aitor no quiso verme y que me esquivó fríamente y a conciencia. Al parecer andaba enamorado de una turista sueca que había conocido dos semanas antes. Pudo haberme disuadido con cualquier excusa, pero prefirió no darme ningún tipo de explicación, y esa elección consciente fue la que me dolió. 

Después de esos dos días tan intensos regresé a Pamplona en tren. Llegué a la estación a las dos de la madrugada y como no tenía dinero para el taxi, tomé un autobús que me acercase lo más posible a la casa de mis padres. Sólo serían quinientos metros caminando, pero con vaqueros, zapato plano y una ligera bolsa de equipaje no tendría problemas ─pensé─. Pero sí que los tuve. Nada más bajar del autobús me cruce con jóvenes de mi edad que salían de una discoteca cercana. Alguno me invitaba a quedarme a tomar una copa. Pasé de largo intentando no despertar la atención, pero un tío con pinta de loco que viajaba en un dos caballos se dispuso a seguirme. Mientras yo caminaba por la acera, él circulaba por la carretera a la velocidad de mi paso. La calle estaba desierta. En tres ocasiones se bajó del coche para invitarme a que subiera y las tres veces le dije que no. Pero él siguió detrás de mí a pesar de todo.  En ese momento vi a un hombre que que me inspiró confianza. Caminaba muy deprisa y me acerqué hasta él.
─Lo siento, estoy en apuros ─le dije─. Es que me viene siguiendo un joven que no conozco de nada y estoy asustada. 
─¿Hacia dónde vas? ─preguntó sin parecer afectado y sin romper su frenético ritmo que me resultaba difícil seguir. 
─Voy hacia la zona hospitalaria ─contesté.

Observé que el tío que me perseguía, aceleró bruscamente y por fin pasó de largo.

─Muy bien ─respondió mi salvador desconocido─. Parece que los dos caminamos en la misma dirección. 

Apenas hablamos durante el trayecto. Al llegar al cruce en el que nos teníamos que separar, nos detuvimos y tuve la certeza de que aquel hombre era mucho más joven de lo que aparentaba. Me habló con una calidez que me sorprendió.

─En otras circunstancias te acompañaría hasta tu casa ─me dijo, pero es que mi mujer lleva dos meses ingresada en el hospital y me acaban de llamar los médicos para que me despida  de ella, porque se está muriendo.
─Muchas gracias por tu gentileza. Siento mucho lo de tu esposa ─respondí mientras se alejaba y me decía adiós con la mano.
  
Llegué a casa sin problemas, pero después no pude dormir en toda la noche. Pensaba en aquel hombre y en su gesto amable conmigo. 

Dos meses después me telefoneó Aitor cuando todavía residía en la casa de mis padres. Al parecer se había enterado de que me habían contratado para trabajar en Barcelona y que en breve me iría a vivir allí. Quiso ofrecerme su casa para todo el tiempo que quisiera. "La habitación de invitados aún esta libre", dijo en tono de broma, como recordando viejos tiempos.

Le agradecí el ofrecimiento pero no le contesté. Me excusé amablemente y colgué el teléfono. Supongo que Aitor había dejado de existir para mí. De la misma forma que dejaron de existir todos aquellos que traicionaron mi confianza. 

Cuando siento el rechazo injustificado y gratuito de alguien,  siempre pienso en el hombre amable que encontré en aquel cruce. Aquello se convirtió en un encuentro espiritual que persiste aún hoy en mi memoria. Él me recuerda que tengo cosas mucho más importantes de las que preocuparme, y que las puedo perder en cualquier momento. 

El eco de tu ausencia


Me fugué de aquella casa sin hacer ruido. Abandoné  mis ausencias. Se quedaron junto al desorden y el olvido, entre palabras y abrigos que no pude calentar.

Hoy las piedras asoman su silencio todavía en carne viva. Busco ese lugar entre los escombros, para una cama de flores debajo de un cielo en ruinas.

Y no entiendo por qué le llaman esperanza de vida, al año de mierda que llega provisto de nieves, en el que el aire ya no sirve para respirar.

*Imagen por Idoia Laurenz.

14 de agosto de 2024

Fuegos artificiales

 Si escribes para una mujer, pero el contenido se inspira en otra,

las dos acabarán por explotar en ese juego a dos bandas,

en ese tiro a dos platos. 



Ignífuga

 Aquel fuego se parecía a la literatura, por eso me gustó también el aire que pude al fin respirar,

después de haber pasado página.

 

 



30 de abril de 2024

Palabras

 


Una relación epistolar puede ser de amor, de venganza o de lo que tú quieras escribir recíprocamente.

Todo es cuestión de tiempo. Alguien llegará y te dejará sin palabras. 

Alguien le demostrará a tu cuerpo que esa comunicación solo existe en tu cabeza. 

A la verdad del ser humano se llega con la experiencia.

11 de marzo de 2024

A la carta

      Imagen por Ayla Michelle

   Me da igual si después de compartir mesa conmigo recuerdas lo que dije o si olvidaste mi nombre.

  El problema es que al margen de mi existencia, está claro que no sabes lo que quieres.

10 de marzo de 2024

La alcoba

  Da igual en qué parte del planeta esté la cama en la que mi cuerpo sueña, porque mi alma siempre regresa a un cuarto de luna nueva que me proteja del frío. 

   Duermo con vistas a lo desconocido y mi libro de viaje es  un agujero de gusano, que se abre en la única página del baile que lleva mi nombre. 

  Regreso, porque  nunca suelto el ancla en una duna pisada, y luego me vuelvo a ir en el primer desvelo.

Fotografía de Ayla Michelle 

Orfandad

Bastó con un solo día. 

Pudiste amanecer en la inocencia, pero el silencio cortó la vía y descarriló tu tren con el primer destello. 

Después, nos dejaron toda la vida para sobremorir buscando nuestro destino.


     *Imagen por Ayla Michelle 

9 de marzo de 2024

Subdérmico

Conservo un bolso que guarda mi identidad tatuada en silencio, debajo de una piel que tiene más años que la mía. 

No supe guardar el dinero y mucho menos el vino.

Pero me sobran las ganas en la boca para poder bajar en marcha, si un día te encuentro, y la fuerza en las piernas para resistir en pie hasta el final del camino. 




24 de febrero de 2024

Escorrentía

 No hay nada más hermoso, y más verdad, que ser nosotros mismos, muy por encima de la hermosura de quienes quisiéramos ser, y del espejismo de lo que somos. 

Sólo quién lo sabe


podrá disfrutar del curso natural de su propio sueño.

11 de febrero de 2024

Hueco

 Si en el último año de tu vida, no has integrado en tu mundo ni a una sola persona nueva. Si te han ayudado en algún aspecto, pero tú no has entregado algo tuyo a nadie, y además, estás rodeado de personas que frecuentemente chirrían criticando a los otros, no hará falta que facilites ninguna otra información sobre ti, ni que retoques nada para saber cómo suenas.

4 de febrero de 2024

Fugaz

  Lo único duradero en mí es esta visión borrosa, esta lectura confusa, esta divergencia de pensamiento, esta ciclotimia, esta alegría intermitente y esta sonrisa, que tampoco serán eternamente tuyas. 



23 de agosto de 2023

Formas de caminar

 


   Hay algunas personas que luchan y enfrentan solas el dolor que les ha tocado vivir, y aprenden a no asumir el tormento de los otros.

    Hay otras que no asumen el dolor propio y lo delegan. Su incapacidad la transforman en una responsabilidad ajena, y se disfrazan de víctimas, pero nunca aprenden nada.

 

 

19 de julio de 2023

La certeza


 Cuando conozcas a una joven y bella dama, ni siquiera podrás imaginar cómo será su rostro en el futuro.

 Sin embargo, cuando veas a una dama vieja y guapa, siempre reconocerás delante de tus ojos a aquella mujer que un día fue joven.

2 de julio de 2023

Con o sin versos

 


Poeta no es aquél que escribe mejor. Solo es alguien que sabe más sobre la vida, y que por encima de todo, incluso de las palabras, elige vivir. Porque puede ser feliz sin versos, pero siempre necesitará respirar poesía.

26 de junio de 2023

La excusa

 

Fotografía por Idoia Laurenz
Fotografía por Idoia Laurenz 

Quien trabaja sus dones con todo el esfuerzo 

 solo necesita la luz de una oportunidad. 

Quien se esconde detrás de la envidia y la pereza

 solo busca la sombra de un pretexto.

13 de diciembre de 2022

La mirilla virtual

   


     Mis antiguos vecinos virtuales exhibían en voz alta todas sus conversaciones amorosas. Lo hacían con tanto fervor que siempre pensé que se amaban. 

      A mí me molestaba su exhibicionismo y como no tengo vocación de voyeur, a coste cero, me mudé de barrio. 

      Una noche regresé al viejo apartamento para cerrar las ventanas. El edificio estaba abandonado. Dicen las malas redes que el mismo día que yo me fui, ellos gritaron a los cuatro vientos que ya no se amaban. 

10 de diciembre de 2022

Tu rosal

     


   Se atrevió a salir el Sol por encima del recuerdo. 

   En la puerta de tu casa germinaron todas las flores en extinción, y bebieron hasta el limbo de los sueños que inventaste solo para nuestro llanto.  

   Qué harán las nubes ahora, para llover sin tus ojos.  

   Cómo arreglará tu madre el camino de tus palabras, cuando todo lo quiera barrer el viento.  En qué arbol ocultará ella la llave secreta para guardar el calor de tu risa. 

   Y quién inventará los versos de gracia, para que yo pueda escribir mañana algún final a los cuentos. 

23 de octubre de 2022

Velocidad relativa

    La vida es una aventura de riesgo. Pocos llegan a tiempo sin haber caído primero.

Imagen por Idoia Arza.

  

26 de junio de 2022

Sol-edad


 Yo voy descalza porque quiero. Nadie puede robarme los pasos.
 El camino lo he abierto con mis sueños.

3 de abril de 2022

Sin-táctica

 


   No sé si detrás de todo gran hombre, hay siempre una gran mujer.

   Pero estoy segura de que detrás de un mal hombre, no hubo ninguna.

17 de marzo de 2022

Des-medidas

 La grandeza no es la de su estatura.  El talento no es proporcional a los likes. La sabiduría no reside en sus caderas.

El corazón y la cabeza lo tenemos situado de cintura para arriba. 

Por ese orden.





14 de marzo de 2022

Después

    Si no piensas en las consecuencias de tus palabras, es mejor que guardes silencio.

    Una palabra puede matar, pero no hay una sola letra que consiga que los muertos vuelvan a la vida.

     Piénsalo primero.


10 de marzo de 2022

Terapias alternativas

—¿Bebiendo a las diez de la mañana? —pregunté por puro formalismo, porque me daba igual lo que él quisiera desayunar.

 —Solo bebo para olvidar —me respondió mirando ciegamente su copa.

—¿Y has probado la hipnosis? 



3 de febrero de 2022

El cuerpo de la sabiduría

Selfie, por Idoia Laurenz.
Para nada me sirve utilizar la mente contigo, y mucho menos el corazón. 
 
No es de fiar la cabeza para tomar decisiones, pues no sabe distinguir entre lo real y lo imaginado. Se equivoca el corazón, porque está en su naturaleza la virtud de equivocarse. 

El cuerpo, sin embargo, siempre tiene la razón. 

Por eso, elimino de la dieta todo aquello que a mi estómago le cae mal, y prescindo en mi vida de todo aquél que me saca de quicio.

Hablo cuando quiero y canto cuando me da la gana. 

Si me pagan con el silencio, yo también prefiero callar. Callo porque me lo pide el cuerpo, que es el único sabio a quien obedezco, y callo porque me lo suplica mi boca.

Porque el cuerpo nunca miente.

Y en mi boca mando yo.