28 de septiembre de 2015

La ventana de Ione

 

   
Regreso a Albi como una turista más y aunque conozco de sobra el arte que se prodiga aquí, me gusta volver porque así me permito recordar las emociones de mi pasado que se quedaron vinculadas sólo a esta tierra. Podría pensar en Pierre desde cualquier otra parte del mundo pero no lo hago. No consiento que mi memoria pasee libremente por los cementerios del amor. Cuando mi mente necesita vengarse de esa tortura silenciosa que le impongo, se me ablanda el corazón, me subo al coche y conduzco de un tirón hasta llegar a mi plaza favorita en Albi. Una vez ahí, le doy rienda suelta a todos esos recuerdos agolpados durante años. Me permito emborracharme de ellos y pienso que el dolor y la memoria hacen muy buena pareja. Se beben los vientos mutuamente ese par de locos pero jamás dejé que vivieran su idilio tranquilamente en mi casa, del mismo modo que ellos tampoco me permitieron gozar del mío.

Cuando me encuentro ubicada en mi pasado, quiero decir, lo bastante ebria como para resistir y lo suficientemente sobria como para caminar, me acerco paseando hasta la que me gusta llamar, irónicamente, “La rue de l’amour”, en la que está mi viejo apartamento de alquiler. Conserva todavía las mismas ventanas por fuera y los mismos deseos intactos por dentro.

Recuerdo que Pierre vivía en Toulouse y sólo venía a verme los martes porque ése era mi único día festivo, además de algún domingo. Me llamaba por teléfono justo antes de salir de su casa y llegaba a la mía una hora después, cosa que normalmente sucedía a las siete de la tarde. No salíamos del apartamento en toda la noche. Cenábamos desnudos y hacíamos el amor durante horas. No había tiempo ni ganas de hacer ninguna otra cosa. Nos despedíamos a las ocho de la mañana del día siguiente. Dejaba que él se fuese primero porque a mí me gustaba verle marchar en su coche desde esta misma ventana que observo ahora. Durante seis meses continuamos nuestra relación de esa forma. Pierre viajaba mucho, unas veces por causas familiares (para atender a su padre, afectado por una paraplejía debida a un accidente de tráfico) y otras por motivos de trabajo. También nos vimos algún domingo en su casa de Toulouse.

Un martes ya no volvió. Tuvimos una breve conversación telefónica en la que me dijo que no podríamos vernos como de costumbre porque su trabajo atravesaba un momento muy crítico que requería todo su tiempo y su atención. 

Tres semanas después las campanas de la catedral del pueblo tocaron a boda. Se casaba una vecina de la villa con el hijo del dueño de la antigua fábrica de chocolate. Al parecer, el padre del novio era un señor que iba en silla de ruedas. Su empresa había quebrado después del fallecimiento de la esposa, en el mismo accidente que le causó la lesión medular.

Por comentarios de los vecinos, me di cuenta de que se casaba Pierre. En ningún momento tuve deseos de entrar en la iglesia para interrumpir el evento, como suele suceder en algunas películas. Me mantuve en silencio durante meses, humillada por mis propios sentimientos autodestructivos. Inmersa en mi supuesta incapacidad para dejarme querer o sentirme querida. Analfabeta para decir y escuchar las emociones. Inmóvil en mi ventana. Abandonada por los otros y por mí, en esa angustia de acontecimientos que supuestamente le pueden pasar a cualquiera. No supe nada más de Pierre hasta que un año después volvió a sonar el teléfono.

─Allô? ─pregunté, pero sólo hubo silencio─. Allô? ─repetí─. Dis-moi! Qui est-ce? Papá, ¿eres tú? ─pasé a preguntar en castellano por si era alguien de mi familia.

─¡Ione, no cuelgues! ─oí por fin del otro lado─.  Soy Pierre! ─dijo en tono ilusionado.

   Intuí que el amor no tiene nada de ciego y siempre detecta cuando no es correspondido. Lo supe y viví sin hacer preguntas ni pedir explicaciones. Cuando el amor es un viaje sólo de ida, se limita a esperar los acontecimientos hasta que finalmente muere de soledad. Mientras pensaba en ello, Pierre seguía hablando solo.




25 de septiembre de 2015

Mis platos pendientes

Imagen tomada por Julia.

Cuando llegué a aquel piso en Barcelona que compartiría con otros tres estudiantes, no llevaba en la maleta vestidos de noche ni sonrisas de día, ni zapatos de tacón de aguja, ni tenía seguridad para caminar por las calles que me llevasen a esos sitios de copas donde las mujeres guapas iban a divertirse.

Nadie sabrá si fui joven y bella dentro de aquel cuerpo de veintitrés años, que se ocultaba al mundo debajo de pantalones y jerséis con dos tallas por encima.  

En aquel piso la limpieza y la comida se programaban por turnos rotativos, pero la montaña más alta de platos acumulados siempre era la mía. 


Cuando llegué a aquella ciudad no me pintaba los labios ni los ojos, porque jamás tuve la necesidad de maquillar mi tristeza. 

La otra cosa que detestaba, además de fregar, era que me tomaran fotografías.

22 de septiembre de 2015

Vuelve sola

 

Dani, un compañero de trabajo, me suele aconsejar sobre mi vida social ─supongo que en algún momento le di confianza para ello─, y me recomienda que de vez en cuando, cualquier viernes por la noche, visite alguna discoteca de Barcelona. Él piensa que analizo demasiado a los hombres que conozco, y que por eso me resulta difícil conceder una mínima oportunidad a cualquiera que esté interesado en mí. Sé que lo piensa aunque no me lo diga con esas mismas palabras. Lo deduzco porque está convencido de que la única forma de llevarme al huerto es por sorpresa, por algún desconocido con quien mi mente no pueda poner inconvenientes o excusas, y que tenga la suerte o la desgracia de encontrarme un momento con la guardia abajo. Dice que conmigo sólo sirve el aquí te pillo y aquí te mato, algo a lo que no debería renunciar ─me insiste a menudo─, porque sólo se vive una vez.  Él se toma la vida de forma muy mediterránea, en mi opinión, y especialmente la pasión. Sin embargo, llegar al sexo para mí, y muy a mi pesar, es algo rotundo y grave, aunque al poco tiempo de iniciarse la relación, el mismo sexo se me instala con templanza y naturalidad y se me vuelve liviano, gozoso y frecuente. Tampoco me siento orgullosa ni avergonzada por ello. Cada uno es como es, pero prefiero otros  temas de conversación con mis compañeros, como la música, los viajes o la literatura. 

─El viernes por la tarde me voy de librerías por Barcelona, después del trabajo ─dije en voz alta y mirando la pantalla de mi ordenador, como si hablara sola, aunque mi compañera Paula estaba en su mesa de trabajo, junto a la mía, y sé que me estaba escuchando.

─Hoy has visto a Dani ¿verdad, Ione?  ─preguntó.

─Sí. ¿Cómo lo sabes, Paula? 

─Es que no falla. Siempre te aferras a la literatura después de hablar con él. Son muchos años compartiendo despacho contigo ─contestó en tono amable, como agradecida porque fuese así─. Pero mira, esta vez me apetece acompañarte ¿Quieres que vayamos juntas?

─Claro que sí ─respondí─. Han cerrado algunas librerías que me gustaban mucho, pero cerca de la Plaza de Cataluña aún quedan dos muy interesantes, y además una de ellas tiene cafetería.

A las tres de la tarde del viernes nos fuimos las dos a Barcelona en transporte público. Al llegar, justo al lado de la boca del metro, encontramos una tienda de sombreros y bolsos. Me compré una pamela de fieltro en color beis, y después fuimos a la librería. Adquirí dos novelas de dos autores que me interesaban mucho. Mientras tanto, Paula miró la sección de libros de jardinería, aunque finalmente no compró nada. Después nos fuimos a tomar un té en la planta de arriba del mismo local.

─¿Me enseñas los libros que compraste, Ione?

─Claro. Mira ─respondí─: "No digas Noche" de Amos Oz y "Suite francesa" de Irène Némirovsky. Y además esta otra: "La mujer que leía demasiado", que me ha interesado mucho por su título y la sinopsis, aunque no he leído nada de su autora. 

Conversamos sobre nuestras aficiones casi durante dos horas. Charlamos sobre el cuidado de las orquídeas que Paula cultiva con esmero. Además este invierno quiere preparar un viaje por todo lo alto, de esos que hacen las parejas cuando su matrimonio cumple veinticinco años, como es su caso. Probablemente irán a Isla de Pascua. 

De regreso, ya sentadas en el vagón del metro, Paula me preguntó:

─¿Te fijaste en la gente que había en la cafetería? En un hombre en concreto... ¿Te diste cuenta?

─No me fijé en nadie. Me pareció ver un grupo de alemanes en la mesa de al lado ─contesté por contestar, como por decir algo.

─Me refiero a alguien que se acercó a nuestra mesa y dijo que "No digas Noche" es una novela excelente.

─No me acuerdo de su cara ─respondí.

─Tendrías que volver allí el próximo viernes, Ione.  A la misma hora. Pero sola ¿de acuerdo?

─Vale. Mucho más fácil que ir a la discoteca.

─¡Qué ocurrencias tienes! ─exclamó Paula─. ¿Eso a qué viene?

Pero ¿por qué quieres que vuelva  allí? ─pregunté cambiando de tema.

─Ya me lo contarás tú misma ─dijo sin darle demasiada importancia al asunto.

Imagen por Ayla Michelle


7 de junio de 2015

El lenguaje del bosque


Ha parado de llover, Ione. Es un buen momento para ir al monte ─me dijo al entrar en mi habitación oscura, casi susurrando para no despertar a nadie más que no fuese yo─. ¿Quieres venir conmigo? ─añadió mientras iba a preparar el desayuno porque ya conocía mi respuesta de antemano.
─Claro que voy ─contesté con rapidez. Pero ¿por qué hablas tan bajo? ¿No van a venir los demás, o qué? ─pregunté extrañada mientras me iba desperezando para ir a desayunar con él.
─Hoy vamos los dos solos ─respondió─: Cuando termines de vestirte bajas al garaje. Te espero en el coche. No te olvides de traer las katiuskas.

Me gustaba especialmente ir en el coche sentada en el asiento del copiloto mientras él conducía. Al entrar en el puerto de Etxauri dejamos de hablar en un acto reflejo, porque los dos sabíamos que me mareaba nada más entrar en aquellas curvas. En ese momento comprendí que nos dirigíamos a Vidaurre ─su pueblo natal, en el valle de Guesálaz─. Bajé la ventanilla y el aroma fresco de aquella montaña transitada de mi vida, me despertó a la observación de la naturaleza. Al conducir por esa carretera él acostumbraba a hacer un alto en el camino en aquel mirador que parecía un balcón orientado a la cuenca de Pamplona. Pero esa ocasión fue especial y única, porque el coche hizo la parada exclusivamente para mí y por primera vez aquella terraza estaba sólo para mis ojos.
¿Me enseñarás a encontrar setas? ¿Iremos dónde salen las urrizizas y el hongo beltza?
─No, Ione ─respondió mi padre mirando de frente a la línea lejana del horizonte─. A ti te enseñaré a leer todo el bosque.

Lo dijo como quien quiere dar un consejo para el futuro de una vida. Como cuando nos enseñó a leer a los que fuimos sus hijos, y lo hizo antes de que lo hicieran en la escuela. Lo dijo como se dicen las cosas desde el amor.

─Mira, papá. Si ya sé leer ─le aseguré cuando estábamos ya paseando por el monte que había detrás de su pueblo─. Eso que tú llamas boj, es el Buxus sempervirens y aquel roble, un Quercus pyrenaica.
No, Ione. No llames a los seres de la naturaleza por su género o especie. Es como nombrar a lo tuyo con el significado que le dio otro. Ahora mismo están aquí contigo y los tienes que reconocer por el significado que tienen para ti. Fíjate en sus colores, que cambian según la hora del día. Observa su suelo y su cielo, que ahora son también los tuyos. Su nombre te lo dirá de golpe el viento.
─¿Y por qué no me enseñas a leer las setas? Ellas también están en el bosque ─aseveré con esa insistencia que me caracterizaba cuando era niña.
Eres impetuosa y atrevida con las cosas que te gustan. Demasiado ─aseguró con la certeza de un padre─. Pero las setas son muy peligrosas porque primero crecen las de verdad, que son muy suculentas, y a su lado se reproducen las impostoras, que se parecen a las que imitan, pero son muy venenosas. Cuando quieras comerlas llama a tu hermano, él es sosegado, precavido y muy paciente y le he enseñado bien a diferenciar unas de las otras.
─¿A cuál de los cuatro te refieres?
─A Pedro ─lo nombró confirmando mi sospecha.

De regreso nos desviamos por una ruta que nos llevaría caminando hasta la casa de mi abuela. Mi padre llevaba la cesta llena de setas perretxikos, que eran las que a mí más me gustaban.

─¿Por qué volvemos por un sitio distinto al de ida? ¿Este camino es más corto? ─pregunté.
─He querido pasar por aquí para enseñarte algo ─dijo con la mirada muy triste─. ¿Ves aquel árbol, Ione? Cuando era un niño vi cómo en ese lugar mataban a un pobre hombre. Un inocente. Me acuerdo de aquel hombre muchas veces. Con él aprendí que en las guerras el amor se muere de pena, porque en las guerras se mata a los inocentes.  
─¿Vamos a tu casa a ver a la abuela? ─interrogué como intentando desviar el tema de conversación y la tristeza de mi padre al mismo tiempo.
─Vamos ─respondió calmado─. La paz del mundo se construye desde la propia casa de los hombres ─continuó hablando del mismo asunto que no quiso dejar en el aire, a pesar de mi invitación─. Porque las guerras siempre empiezan entre hermanos. No tengas celos de tu hermano si alguna vez crees que a él le dimos más que a ti. Si consigues dominar esa envidia estarás en paz con ellos. No guardes rencor a tu vecino si a su casa le dan un metro más de tierra que a la tuya. Si consigues dominar ese odio y tus vecinos hacen lo mismo contigo y con sus hermanos, conseguirás vivir en un pueblo en paz. Y cuando ames a alguien, no le exijas que renuncie al amor de su madre ni a ninguno de sus amores por el tuyo, y tendrás un hombre a tu lado con el que vivirás en paz.

Supongo que cuando estoy triste vengo a dialogar con él ─que ya no está aquí pero aún me habla─ y también con los árboles que son los que comprenden mi lenguaje del bosque. 

Algunas noches son para la tormenta de mis cumbres borrascosas. Nacen sólo para una lluvia de truenos que me traen lágrimas de aquellas que me nublan la vista como un relámpago. Pero luego las gotas me resbalan por los cristales de la mirada como una caricia que alivia, y cede al deseo ferviente de poseer alguna ventana luminosa y clara.

Yo sé que el amor no se espera ni se promete. Es algo que llega y atrapa, y que nunca se niega bajo sentencia porque no le cabe el castigo y sólo puede morirse de muerte natural a la sombra de un cedro.

Algunas mañanas serán para la sonrisa. Como aquella vez en la que me despertó él… con esa voz que tiene el amor cuando amanece.



1 de junio de 2015

El traje de mi abuelo

Mi abuelo sólo se vestía de traje y corbata cuando el amor llegaba hasta sus hijos y el campanario de su pueblo tocaba a boda. A veces esperaba largos años. Hasta trece de noviazgo esperó cuando se casó mi padre. 

Mi abuelo tenía la piel quemada y agreste como un tizón de lava templado que espera sin prisa en la costa de un mar azul ─como sus ojos─,   para que el atardecer le llame a su puerta con el sonido de una campana y le pregunte por el amor de su vida. 

A mi abuelo le gustaba la montaña y los pájaros y el agua. Al amor también le gusta todo eso.  

Él era manso como un océano que se sabe amado por una mujer que se escapa enfadada a dormir con sus hijas al altillo de la casa, porque ese día está triste. Pero antes de que den las doce en un reloj que no tiene tiempo, ni manillas ni Cenicienta ni calabaza, él sube las escaleras, imperioso, decidido y descalzo de orgullo, como sube la marea en las noches de luna llena, y coge en brazos a su amada para bajarla a su lugar, como quien toma una pluma y la deja en la cama de un dolor y un nido que era de los dos, como es de los dos el silencio que a todos los nuestros nos adolece. 

Nuestro silencio se mete en mi recuerdo como se meten en el suelo las raíces de un árbol milenario que se alimenta de la memoria de un amor enterrado a millones de pies de los míos. Un amor que no necesita palabras ni ojos para saberse desnudo ante una hembra como yo, hecha toda de agua.

Redoblan en nuestra casa las campanas y corro libre entre las grutas de una pizarra dura y gris. Porque me acerco a tu boca sin miedo, para que no se te agote nunca el manantial ni la sed del bien que sé que te hace beberme.

25 de mayo de 2015

La niña de tus ojos

Él nació con los ojos vacíos, huecos,   como los valles en los que las tórtolas  enamoradas,

 tuvieron la libertad de sembrar el fruto de la ausencia. 

Cuando vi por primera vez la cuenca de sus ojos ciegos, quedé marcada por la esperanza que me regaló su sonrisa. 

Mi forma de mirar era la de una niña, con esa esa edad en la que se ha descubierto que todos nos vamos a morir en algún momento. En esa infancia ya consciente, en la que se piensan las mejores preguntas de la vida, pero no se sabe cómo, se quedan para siempre dentro, en el recuerdo. 

Aún sigue sin respuesta mi  pregunta, tío: ¿Lo natural del dolor es gritar o quedarse callada?

En verdad, ya no me importa demasiado no tener respuestas. Lo hermoso de las vida es cuestionarse todas las certezas. 

Todos los ojos son valles de muerte y de vida. Pero las únicas cuencas que terminan vacías son las que nunca se hacen preguntas. La única ceguera es la que no es capaz de ver el dolor.

¿Quién regará las flores
que crecerán en los manicomios de toda la tierra, cuando tú te hayas ido?

*Dedicado a mi tío Federico
.

Imagen por Idoia Laurenz.

6 de mayo de 2015

Amona

Su recuerdo me transporta a los prados verdes de laderas imposibles, en los que se respira el aire que te prestan las nubes. Donde las personas no tienen sombra, y la luz y el calor se escapan de los caseríos como queriendo buscar su origen  en aquel sol que rara vez asoma. Donde las palabras son poemas que cantan los bertsolaris, que escriben a sus amores en hojas caducas, que quedan secas y fermentadas, como queda el olvido en el suelo de mis bosques.

Pensar en ella es sentir el espejo de su boca hecha de interrogantes. Notar la levedad del sueño que se inyecta por debajo de su falda, mientras ondean sus rizos como cuerdas, y toda ella pareciera el canto de una campana.  Como perseguir en la nieve el camino que dejan sus abarcas, y atar con amor sus lazos que cruzan desde su talón ─no de Aquiles─, hasta la cima de sus rodillas que nunca se doblegan.

Su recuerdo me empaña el alma como el aliento de una niña que me observa con la nariz pegada en la ventana, y escribe Lorentxa sobre el vaho de un cristal, que alguien acabará rompiendo, para devolverme el trozo que lleva su nombre y poder descansar en este lugar. Esperaré el día en que el cielo lloverá sobre mis hojas, donde los bertsolaris dejaron sus poemas, y el río llenará entonces todos los rincones vacíos del alma.


3 de mayo de 2015

Mi otra abuela

Imagen por Idoia Laurenz

Esta amapola solitaria 
que me regaló febrero,
la pondrá mayo en tu tumba,
en una lápida que no sé 
dónde está,
con unas fechas que no me dieron
en una tierra que nunca he sabido 
junto a un nombre 
que desconozco.

11 de abril de 2015

Tiramisú

Me encontraba en una playa del Mediterráneo pasando unos días de vacaciones con unas amigas. Nos alojábamos en una autocaravana que yo misma conducía y con la que nos permitíamos elegir las vistas al despertar de nuestras cortas noches, a ser posible cerca del mar. Durante el día nos acercábamos al pueblo más próximo al que íbamos en bicicleta para hacer compras. A menudo comíamos en un restaurante junto al paseo marítimo que nos gustó a las tres desde que llegamos a aquel lugar. Dos días antes de mi regreso, el camarero que ya era de nuestra confianza, me invitó a pasar a la cocina y me presentó a Juan, un cocinero napolitano de ojos muy oscuros y algo tristes, que se acercó para saludarme. Noté como el aire que le rodeaba me traía aromas de vainilla.
―¡Aquí te dejo a la mujer que parte el bacalao en la mesa cinco! ―dijo el camarero abriendo la puerta vaivén, mientras salía con la bandeja de postres para mis amigas.
―Estos días he observado que seleccionas cuidadosamente los platos de la carta ―me dijo Juan―, preguntas primero por el pescado más fresco o la recomendación del cocinero, y según me cuentan eliges tú misma los vinos apropiados para acompañarlos. Me sorprende, sin embargo, que nunca pidas postre o algo dulce antes del té, como hacen tus amigas.
―Es cierto ―respondí sorprendida, pues me llamaba la atención que se hubiera fijado en esos detalles. Cuando acabo de comer me siento llena y prefiero dejar el chocolate para disfrutarlo solo, en otro momento. Por la mañana, por ejemplo.
―Me gustaría invitarte a cenar, Jone. En mi casa, me refiero. ¿Qué me dices?

Siempre me han gustado los hombres directos pero hay ocasiones en las que me quedo sin recursos ni palabras. Ésta era una de ellas. No sé ―contesté―. Todavía no hemos salido ningún día, nosotros dos. Ir a tu casa me da reparo ―respondí al tiempo que pensaba: mierda, yo siempre tan decente.
―Si no te he invitado antes es porque trabajo todos los días. Pero esta noche descanso. Tengo un interés especial en enseñarte a preparar el tiramisú. Es mi especialidad y todavía no lo has probado. Venga  ¿Aceptas?
―De acuerdo. Me encanta cocinar ―mentira podrida, me dije para mis adentros.
―Pues yo vivo en el número 7 de esta misma calle. En el segundo piso ―hablaba mientras miraba por la ventana y señalaba con su dedo índice rebozado de harina, el portal de su casa―. ¿Vienes a las siete, entonces?
―Muy bien. Ahí estaré. Te advierto que vengo en bici ―qué bobadas tienes, Jone, pensé de nuevo, por él como si vas volando y en escoba.

Mis amigas estaban algo extrañadas, y con razón. Hasta el momento habían sido bastantes los hombres que nos habían invitado a salir, pero todo era mucho más frío y sin preámbulos. Los hombres de este lugar no conocen el significado de la palabra preliminares. Así que no te encapriches con Juan ―me recomendaba Sandra―, me da que va a ser gay o que está casado. Seguro que algo esconde.

Al llegar a casa de Juan me saludó como si no nos hubiéramos separado desde el mediodía, cuando nos habíamos conocido. Me prestó un delantal y al colocármelo alrededor del cuello noté un agradable olor a sándalo. 
Date la vuelta―dijo con un tono firme pero dulce.
Hasta ese momento no había reparado en su voz envolvente y seductora. Lo cierto es que me giré pensando en recibir un abrazo, de esos que se aproximan por la espalda, que te abrigan con las manos hacia el vientre, momento en el que me suelo derretir como la mantequilla. Pero no. Sencillamente me ató el delantal por detrás con un simple lazo.
―¿Preparada, ragazza?
―Sí,sí, claro ―respondí―. Me parece a mí que he venido demasiado preparada para cocinar. Lo digo por el vestido.
―Estás preciosa ―afirmó Juan ante mis dudas―. Lo más importante de este plato, como de todo en esta vida, es una buena base. Se trata de un bizcocho en finas láminas. Puede ser brioche o mejor aún melindros, como éstos, ¿anotas?
―Disculpa, ¿pero he de tomar nota con bolígrafo?
―En absoluto, Jone. La receta del tiramisú es como el amor verdadero; no se olvida nunca. Este es un postre que no requiere horno, pero se elabora con mucho, mucho calor continuó hablando como quien recita un poema. Primero preparamos la crema sabayón, a base de yemas, azúcar glass y ron. Todo al baño maría. Con esta cuchara das vueltas y quedará una salsa tan fina como unas natillas. Después lo mezclamos con el queso mascarpone y con las claras bien batidas a punto de nieve.

Justo al terminar de pronunciar la palabra nieve, Juan se me acercó nuevamente por detrás. Con su mano derecha sujetaba con firmeza la cuchara, y me ayudaba a dar vueltas, mientras su mano izquierda permanecía apoyada en mi cadera.

No podré resistirme pensaba yo― como esto siga así. Me lanzaré antes de tiempo y el postre no terminará bien. Terminar la receta, se entiende, porque a él me lo iba a acabar enterito hasta que se acordase de mis huesos de por vida. Pero me contuve ―una vez más―, y se sucedieron capas de melindros emborrachados de café y salsa sabayón; una él, y otra yo. Y por encima de la última crema, un espolvoreado de cacao que él repartió con la ayuda de un colador. 

De repente, otra vez, se acercó por detrás (y algo me dijo que ya me tenía muy calada), con un botecito en la mano. 

Agrégale una pizca de canela molida, Jone, me pidió mientras me daba un beso en el cuello y me preguntaba suavemente ¿Te gusta?, y acto seguido, otro en la mejilla.

Yo no supe si la pregunta se refería al tiramisú, a la canela, al momento, a su casa, a él. Así que decidí responder ampliamente, sin especificar.

―Sí. Me gusta mucho, todo ―contesté un poco exagerada, tal como yo soy cuando no quiero especificar.

Después nos sentamos para cenar. Él había preparado antes uno de mis platos favoritos: bacalao al estilo portugués, que tenía una pinta estupenda. Al lado colocó una tabla de patés. Abrió una botella de vino blanco Chardonnay. Y entonces fui realmente consciente de que Juan me había observado desde el primer día, y que ya conocía mis gustos como nadie.
―Ahora el postre ¿no? ―pregunté dando por hecho que era para lo que había venido.
―No, niña ―me respondió. El tiramisú tiene que estar en reposo en la nevera hasta mañana. Además, tú nunca sueles tomar nada después de cenar o comer. Así que el tiramisú lo pensaba reservar para desayunar. Si es que quieres quedarte conmigo.

A la mañana siguiente me desperté y Juan ya no estaba en la habitación. Sobre la cama me había dejado una camiseta masculina de algodón, a modo de pijama. Me la puse y me acerqué a la cocina. Olía a té recién hecho y el tiramisú estaba sobre la mesa. Sentí una música de fondo y entonces apareció él.
―Buenos días, ¿Has dormido bien?
―De maravilla ―contesté al mismo tiempo que me levantaba de la silla para saludarle con un beso.
Después, mientras saboreaba el postre, la música me iba despertando a la vida. Alguien cantaba Ojos verdes, y yo soñaba que era para mí. 

26 de febrero de 2015

Noes

Fotos de Idoia

Vosotros, los que sabéis vivir, contáis los amores por pares o quizá los neguéis por pudor. Los tuvisteis por amantes, por novios, por esposos o por olvidos. Mi historia no es como la vuestra, y tengo clavado en el recuerdo lo que me negó la vida. Por eso cuento mis amores por noes y me duelen igual que si hubieran sido. El no al beso primero con once años detrás de la Iglesia. El no con trece al chico más guapo que dejó a tres novias por mí para después no tener opción de besarse conmigo. El "no pudo ser" con catorce al fotógrafo de revista de moda. El no con quince al chico que me acompañó hasta casa y no pasó de la puerta. El que estudiaba arquitectura y no insistió dos veces, y el que fue drogadicto y se murió antes de insistir. El escalador pelirrojo que no logró culminar la cima. El actor al que no le dije sí, ni por ficción. El no de un día al mecánico. El no al amigo casado, al pianista de Roma, al chico del cine que me esperó en la puerta, al médico que conocí en la biblioteca.


Pero el deseo negado me ardió por dentro, y las cenizas nunca resurgieron como el ave Fénix, porque las arrastró la lluvia. 

9 de febrero de 2015

¿Cuántos somos?

Julen es el más cercano a mí de todos mis hermanos. Cercano por fecha de nacimiento y también por otras cuestiones del alma. Algunos vecinos nos llamaban Los Gemelos. A él le tocó explicarme cómo funcionan las matemáticas durante la infancia, y a mí me tocó comprender a través de él las cosas importantes de la vida que no se pueden explicar porque no siguen la lógica de ningún teorema. Me enseñó cómo se ama y se odia esa cicatriz nuestra que nunca se cierra del todo y que caracteriza a todos los que son de la estirpe de los nuestros; los que tienen un lugar alrededor de mi mesa y la de mis hermanos. 

La nuestra es una mesa que está marcada, como marcada está la madre de mi hogar, que no se sienta a comer con nosotros, que también llevamos su misma marca. Ella insiste en repartir la comida con una vocación incansable de servir a los demás, los suyos. La misma vocación que intenta esconder detrás de un orgullo que se labró como una máscara que aún hoy utiliza como una coraza para defenderse de los otros, los ajenos a la cicatriz de la que se enamoró mi padre, porque hay cicatrices que seducen de por vida.  

Mi madre comía sola en la cocina y a día de hoy sigue comiendo sola, porque ella nunca se ha sentado en la mesa con nosotros. Es una costumbre que le impusieron desde niña, ésa de tener que comer apartada de una familia que no era la suya. Y como sucede con todo lo aprendido antes de perder la inocencia, lo sigue manteniendo vivo como un ritual, quizá en un intento de negarse a cerrar su cicatriz, ésa que le ha dado sentido a su vida y también a la nuestra. 

Recuerdo a mis cuatro hermanos sentados conmigo alrededor de la mesa. Ellos comían mucho y además su paciencia era infinitamente menor que la mía, así que desde niña me acostumbré a que me sirvieran la última e hice de ello una vocación, ésa de que los últimos serán los primeros.  

─¿Cuántos somos? ─era lo primero que preguntaba Julen antes de sentarnos para comer, con la intención de dividir raciones a partes iguales.
─Todos menos Papá ─contestaba mi madre.
Entonces Julen calculaba el volumen de sopa que había en la olla y el número de cazos que teníamos que poner en el plato. También contaba los filetes y lo dividía todo entre cinco.
─Son tres filetes rebozados para cada uno ─decía mientras hincaba el tenedor a los tres más grandes que veía en la bandeja─. Ione, ¿me das uno de los tuyos?
─Claro que sí. Es para ti ─le respondía─. Pero después me tienes que ayudar con las mates. Me pierdo con la superficie del hexágono.
─¡Come despacio, Julen! ─insistía mi madre, siempre preocupada por esa forma compulsiva de engullir.

El dolor del alma no cabe en el cuerpo de un niño, y tarde o temprano rebosa. Julen era muy callado y las palabras no le servían como válvula de escape, por eso tragaba con ansia hasta que no podía más. En algunas ocasiones incluso llegaba a vomitar. Tal vez su cuerpo de niño encontraba así la manera de expulsar con el vómito todo el dolor que no le cabía dentro. Él tampoco encontraba las palabras adecuadas para hacerme entender las fórmulas matemáticas, ni podía transmitirme la física del movimiento de la Tierra. Y ese dolor suyo no se acomodaba conmigo. Se me indigestaba. Por eso, yo cada día tenía menos hambre y cada vez comía menos.
Después de cuarenta años a mi hermano Julen aún le gusta contar los que somos. Además es un superdotado para las matemáticas, y aunque ya casi nunca estoy en la mesa, él siempre cuenta conmigo. 

7 de enero de 2015

Mis primeros latidos


Me gustaba ir a clases de guitarra, era capitana del equipo de balonmano, soñaba con ser bailarina de ballet clásico, y todavía sonreía al ver una cámara.

La fotografía favorita de mi infancia está en el salón de mi casa, debajo de la televisión que nunca veo, y encima de un altavoz al que rara vez le quito el polvo. Recuerdo que en esa imagen mi espalda quedaba apoyada en un radiador cuyos perfiles de metal se me clavaban en la piel. Debajo del vestido vaquero tenía puesto aquel bikini estampado con burbujas de colores. Me acompañaba mi hermano pequeño, que permanecía sentado en una silla de nuestra cocina. Debían ser las seis de la tarde y justo habíamos regresado los dos de la piscina. Vivíamos en un piso de la calle Lumbier y tenía una habitación para mí sola. Mis cuatro hermanos varones compartían otra. Pero desde los seis años padecía de ataques de pánico nocturnos, motivo por el cual muchos días en los que mi padre estaba fuera, mi madre me permitía dormir en la misma habitación que ella, en un cuarto que estaba junto al salón.

Habitualmente me acostaba hacia las diez, mientras mi madre se quedaba viendo la tele. Así, el arrullo del sonido supuestamente me adormecía. Pero una noche me despertó una voz imponente, de una tonalidad sublime. Sentía que el pecho me iba a explotar. Al principio me asusté porque pensé que era un nuevo ataque, pero enseguida comprobé que era otra cosa. Las palpitaciones me hacían sentir bien y los oídos se me quedaron ensordecidos por mi propio latido. Me levanté sigilosamente para ponerle rostro a aquel sentimiento. Y allí, escondida detrás de la puerta y asomando mis ojos clandestinamente, estaba él. Por fuera todo lo vi en blanco y negro, por dentro era a todo color. Vi un hombre delgado y con con barba oscura, que hablaba solo en un escenario de teatro e interpretaba un monólogo que me enseñó el lugar exacto en el que estaba mi corazón.

Intenté como pude calmar mi respiración jadeante para no llamar la atención de mi madre, y aunque me temblaba todo el cuerpo, mis piernas desnudas permanecían paralizadas y los pies se me quedaron clavados al suelo durante unos minutos que a mí me parecieron sólo un instante.

Y en aquel momento me enamoré de él a través de sus palabras. O quizá me enamoré de las palabras gracias a él. 

De cualquier modo, ese fue el último verano en el que necesité dormir en la habitación de mis padres, y no recuerdo haber padecido un ataque de pánico después de aquella experiencia. Y como si se tratara de ayer, observo ahora la fotografía que está debajo de una televisión que nunca veo, y encima de un altavoz al que rara vez le quito el polvo, mientras me regodeo en un sentimiento que se despertó en mi infancia.

*Aquel hombre era Adolfo Marsillach
De: La memoria del silencio

14 de junio de 2014

Mi amor

Me gustan los relojes. Jamás me dediqué a coleccionarlos ─porque me repugna coleccionar cualquier cosa─ aunque cada paso de mi vida ha estado marcado por uno de ellos. Cada cual con su tictac: de pulsera, de arena, digital o de bolsillo... También prefiero los espacios abiertos y la ausencia de muros y puertas. Es una mala costumbre, según opina mi hermano arquitecto, que se negó a diseñarme un retrete tipo loft. Dice que con la ducha y el lavabo abiertos ya tenemos bastante. 

En mi casa los relojes son los que dividen las estancias. Puse uno muy especial en la pared de ladrillo, que es una réplica del que luce en la famosa estación Kensington de Londres. Se comporta como una llave giratoria que parte mi mundo en dos. La hora de la cocina se retrasa con frecuencia, y la hora que observo tumbada en el sofá ─desde el salón─, se adelanta cuanto le da la gana. He calculado que una vez al mes sincronizo los dos relojes en un intento fallido de vivir continuamente en mi presente. Aunque el tiempo es una magnitud daliniana que no se deja ajustar; viaja más lento del lado de las desgracias y corre demasiado cuando lo quiero retener, como el deseo. 

Por eso he abandonado las manecillas a su antojo, con la esperanza de ver siquiera por un instante que tu tiempo y el mío convergen,  y podamos mirarnos en nuestro espejo... Si es que el amor todavía existe. Para que puedas sentir de día todo lo que de ti me llega por la noche, como amantes condenados a no encontrarse nunca, por haber nacido ambos en las antípodas del tiempo.

14 de abril de 2014

Algunos hombres



Me abordaste con aquella seguridad que tienen los hombres cuando no aman y se sienten fuertes en su juego, dejándome saber que era una más de las diez mujeres que podrían ser tuyas, si hubieras querido tenerme, entre otras tantas que lo estuviesen esperando.  Mi tristeza era ciega. Regresaba de algún desierto y aunque intuí que la siguiente aridez por cruzar sería la tuya, no fui capaz de adivinar que eras de ésos que piensan que la belleza está reñida con la inteligencia o con la bondad, y elegiste tratarme de tonta ─bien sabes que no lo soy─ porque no tienes ni tenías lo que hay que tener para enfrentarte al complejo de inferioridad que sentías frente a mí, según me confesó ─años después─ una de tus amigas.

Tus palabras fueron como un arma de repetición, porque hasta en eso ya se te habían adelantado, y aunque mi cuerpo era un colador agujereado por las ofensas de la lengua, supiste muy bien encontrar en él los trozos de carne para hacerme sangre. Me paseabas con sarcasmo el rótulo que me colgaste de virgen acomplejada, ése que me plantaste de frente para disimular toda tu cobardía: la que muestran los necios entre las piernas como todo un gran valor cuando no les salen bien los planes de la vida.

Sólo te serví de puente entre tu anterior novia francesa y mi mejor amiga, que para ti fue la última. Supongo que en todo este tiempo perdiste atractivo y autoestima. A veces, cuando nos vemos, siento tu voz arrepentida que ahora sería capaz de perdonarme cualquier cosa para justificar aquel error y así cerrar tu propia herida. Pero aún estás, para mi asombro, en los peores momentos de mi dolor ─como aquel cuatro de marzo─,  y si alguien pretende juzgarme saltas en mi defensa como un león, para evitar que otros repitan lo que tú hiciste conmigo. Y estoy en tus pensamientos, lo sé,  porque después del vino que bebemos entre amigos me susurras un perdón a tu manera. Todavía hay algo en mí que te perturba. Pero estoy en mi camino de ida, y en él aprendí a parecer de las malas, porque ésa es la única trampa que me funciona con los hombres que pierden contra sus propios complejos.  Por eso alardeo de ello y hasta me marco un farol si te acercas demasiado, porque vienes con las cartas levantadas, ahora que no hay marcha atrás y quieres recrearte en lo no vivido. Me dices que a ratos me sueñas y me imaginas como la madre de tus hijos ─aunque cada uno tenga los suyos─ mientras levantas tu copa para brindar conmigo.

Y aunque el pasado no vuelva y tal vez uno de los dos siga sintiendo lo mismo, hay amores como el nuestro, que se quedan olvidados como una piedra en los márgenes del camino.

10 de abril de 2014

Desembrujado de chocolate

Hubo un tiempo ─casi toda mi vida, en realidad─, en el que no entendía cómo se me daba tan mal el tema de la cocina. A fin de cuentas, la microbiología está basada en la preparación de medios de cultivo agarificados y caldos selectivos para los paladares de las especies microscópicas más delicadas de la ciencia, que sólo crecen si añades los aditivos esenciales para su vida, a la temperatura que más les agrada. Y eso a mí se me da de maravilla. Interesa conocer si habitan en el lugar inapropiado, ya que las muy puñeteras son invasivas por naturaleza, y cuando ellas están ahí jodiendo la marrana, tarde o temprano vienen a comer. Y créanme que pueden tardar en venir, porque las hay de paladar muy fino. Resumiendo, en la ciencia como en la vida, para poder analizar a los bichos más exigentes, hay que ganárselos primero por el estómago. Y el cebo-trampa siempre funciona. Esa es una verdad empírica al margen de cualquier hechizo de brujería. 

Pero me propuse ganarme a los de mi propia especie. Así que primero comencé a practicar con los asados y las tortillas de patata para tener de mi lado a los individuos de mi tamaño ─o superior, ya me entienden, estamos hablando de la buena cocina─. Y así conseguí salvar mi reputación de cocinera más o menos apañada para el día a día. Mucho cariño le pongo, eso sí, pero tampoco soy nada del otro mundo. A pesar de todo, seguía teniendo una espinita clavada en el orgullo. Mi última asignatura pendiente era la repostería: O la cosa no me subía, o parece que sí y de repente se venía abajo, o me quedaba crudo, o se me quemaba, o quizá me olvidaba de añadir algún ingrediente. O será que no tengo tino para pesar los ingredientes a ojo (hace siglos que no utilizo una balanza en mi casa). El caso es que para los pasteles no tenía mano ─hasta hace poco, insisto─, porque hay que reconocer que los postres son muy delicados. Desde el comienzo de su elaboración hasta el resultado final, ellos necesitan un proceso de transformación y elevación casi mágico que tiene relación directa ─ahora lo sé─,  con la brujería. Ése ha sido mi último descubrimiento, y no se me rían ustedes, que sigo hablando sólo de cocina.

El tema es que las cucharas y los utensilios de metal conducen muy bien el calor, o la energía. Eso lo sabemos todos. Y lo que sucede con las brujas, es que somos muy buenas conductoras y muy receptivas a cualquier tipo de onda. Por eso nuestros pasteles se echan a perder. La energía pasa de la cuchara de metal a nosotras, que actuamos como una toma de tierra, y el pastel queda finalmente chafado. Se le escapa la magia. Así que os contaré el secreto de la repostería de Ayla, como buena bruja que soy. Pero no lo confundan con el término bruja buena,  que en este caso el orden de factores sí que altera el producto, y de santa no tengo nada.

Receta de bizcocho de chocolate al microondas, listo en diez minutos.
Secreto de Ayla: Cuchara de palo y molde de silicona.

Ingredientes:
- 150 gramos de chocolate para postres en forma de tabletas.
- 125 gramos de mantequilla . Utilizo una light. Es un engaño, lo sé,  pero vivo más feliz así.
- 125 gramos de azúcar. Le pongo la mitad y prefiero que sea fructosa. Otro engaño, y aún más feliz, si cabe.
- 80 gramos de harina.
- Medio sobre de levadura. No me fío y le pongo el sobre entero ─presentimientos de bruja─, pero ustedes tranquilos. Confíen en la receta verdadera, y así tendrán suficiente para dos pasteles.
- Tres huevos. Aunque yo le pongo cuatro, porque los huevos de hoy en día no son como los de antes. El tamaño sí que importa. Y no se me desvíen del tema, que seguimos hablando de cocina.

Preparación:
- Fundir el chocolate con la mantequilla. Es suficiente con dos minutos al microondas en un bol grande de cerámica.
- Batir los huevos ─sin cáscara, que la receta es muy sencilla, pero no tanto─. Este paso es el único en el que utilizo tenedor o varilla.
- Agregar al bol del chocolate fundido todos los ingredientes: harina con la levadura, azúcar o fructosa, y huevos batidos. Todo esto lo mezclo con cuchara o espátula, pero que sea de madera.
- Con la misma cuchara de palo, poner toda la masa en el molde de silicona (previamente lo unto con un poco de aceite de oliva, para que no se pegue, aunque creo que no hace falta). 
- Cocer en el microondas a potencia máxima durante 6 minutos, sin tapar ni nada. 

Después, cuando ya está desmoldado, le añado cobertura de chocolate hecha con el mismo chocolate fundido (con un poco de mantequilla en una tacita), y la cosa queda mucho más apetecible. 

Es una receta infalible para las que fallamos con los postres. Y por otro lado, aunque ustedes no tengan poderes extrasensoriales, reconocerán que es una receta muy útil también para el resto de los mortales, sobre todo cuando andan mal de tiempo. O sea, siempre, ¿no es cierto? 

Resultado final, porque una imagen vale más que mil palabras.

28 de enero de 2014

Pareidolia microscópica.

Hubo una fiesta muy loca.

También una de terror.
Y volvió a salir el sol, 
porque el sol siempre regresa.

Y una paloma me dijo,

que deshojase esta flor...