7 de diciembre de 2016

De carne y sueño.

   
A ti no te hace falta esconder el deseo detrás del silencio. Tampoco tu boca necesita reclamar mi dote a los cuatro vientos. Vuelas sin prometer la vida y es tu cuerpo el que se pronuncia de noche, en favor de todos mis bienes gananciales.  Es tu cara  la que me mira de frente sin hacerse pasar por alguien distinto. Eres tú quien pone la geografía bajo el control de tus pasos, no en los de la casualidad, acercando a la mínima expresión cualquier medida de la distancia que nos separe.

Para soñar tengo la hoja en blanco y un puente levadizo del que sólo yo tengo la llave. Lo puedo bajar a mi antojo para que mis héroes de barro entren y conviertan a esta plebeya en la única dueña de todos sus castillos en el aire. Ellos se reducen a la tinta de mis sueños, en los que unas veces me aman y otras no tanto... No saben que tengo las manos libres para ese amor que mi cabeza se inventa. La estantería está llena de versos malabares y trucos de magia que convencen más fácilmente a mi alter ego que sueña. 

       La realidad amanece y rinde pleitesía en mi alcoba que no pide un poema que venga de tu teclado, ni de tu lengua un perdón porque la sarna con gusto no ofende. No tengo que arrancar de tu boca un te amo que suplante la ausencia de ti con bellas cartas postales. No me hace falta mirar detrás de tu foto para destapar mentiras o adivinar un rostro. 

       No voy a liberarte de este amor de carne y sueño. Sólo los hombres que no saben quererme como tú son los que nunca están o simplemente desaparecen.



Imagen por Ayla Michelle.


30 de agosto de 2016

El eco de tu ausencia.




Me fugué de aquella casa sin hacer ruido. Salté por aquella ventana cuando dormían todas mis ausencias. Abandoné los sueños en la parte más alta. Se quedaron junto al desorden y el olvido, entre papeles y abrigos que ya no podían calentarme nada.

Hoy regreso a mí misma, más de treinta años después, y te encuentro a a ti en el camino de vuelta.

Me acompañas porque quieres acostarte conmigo. Me dejo acompañar porque te quiero enseñar el ático en el que gritaban de miedo los huérfanos de mis fantasmas.

Me das un beso entre las cuatro paredes que ya no hablan. Tus pies pisan la marca de un charco reseco. Hace tiempo que el tejado no cubre a nadie. Tampoco llora.

Las piedras asoman su silencio todavía en carne viva.

Soy una mujer de piel impoluta y blanca que busca su lugar entre los escombros.

Eres un hombre que lleva una tribu de nómadas en los ojos, una semilla en los pies, un pozo en las alas y cientos de amantes colgadas de un cuerpo que ninguna supo mirar desnudo. 

Me quedo atrapada entre las vocales de tu nombre, en tu vocación de pararrayos de mi tormenta, en tu cama de flores sobre mi techo en ruinas.

Eres un silencio muerto en la garganta, que sacia la sed en el hueco de mi ombligo.

*Fragmento de Por si te encuentro.
** Imagen por Idoia Laurenz.

25 de agosto de 2016

Dos flores y un día.


En el patio de mi casa hay un cactus que vive despacio y solo. Apenas le hablo y él también me ignora, porque en toda su vida no ha florecido. Pertenece a una familia que da su flor una vez al año y se marchita en pocas horas. 

No puede huir. Yo mantengo las distancias, así que tampoco le doy opción a pincharme. Por eso utiliza su esterilidad para hacerse el muerto y el interesante conmigo. Sonrío a los demás cuando sé que él me observa. Es una manera de joderle también y que al menos uno de los dos parezca vivo. 

Esta noche, mientras estaba escribiendo, me sorprendió el cactus. En mi aniversario me regaló las dos primeras flores de su dolorosa existencia.

Me las dio para que aprenda a jugar con ellas, y de paso también contigo. 





*Fotografías de Patxi O.

30 de abril de 2016

Oui, c'est moi.


No necesito a nadie que me suplante para saber que me he convertido en tu oscuro objeto de deseo. No me hace falta la carnalidad de la boca de ninguna otra porque el silencio de mis labios finos y la fuerza oculta de mi voz francesa pegan fuerte en tu pecho cuando en él se muere lapidado un beso. 

No quiero el negro lacio de ningún otro cabello cuando es el fuego del mío el que te quita la escarcha del sueño. Toma lo que ves y peínalo como puedas porque no vas a encontrar ningún otro enredo que se le parezca. 

No busques la mirada de otras cuando vienes a encontrar ciegamente cualquier destino tuyo en el mío. No te acuchillan a ti las palabras. Es el silencio que se clava en tu alma como una daga que tiene el filo de mil palabras que yo no escribo y que a ti te desangran.

No vuelvas a humillar ni un solo centímetro de la piel que recubre y escuda todo mi silencio porque sólo tendrás para toda la vida los ojos, las manos y el alma de alguna otra como ella, vestida con fotos de otras muchas que nada tienen que ver con la mujer verdadera. 


31 de marzo de 2016

Mi lavanda.

Imagen por Idoia Laurenz.
A mí me toca el amor exiliado antes de nacer. Ése que duerme en camas ajenas. Uno que crece a años luz de la poesía. Me tocan todos los inviernos que sirvan para ponerlo a prueba. Me toca esperar al lado contrario en el que la lujuria se sirve con mantel y mesa. 

A él le llegan las mentiras que se le abren de piernas en el frío de la noche. Las que le abrigan el pecho y luego se le despiertan con el disfraz de la certeza. A él le toca regresar de vacío y con el alma en los huesos. A mí distinguirlo entre mil, porque se le ha quedado en el pelo el olor de la tierra con sus flores de lavanda.

Estamos hechos el uno para el otro (el amor y yo). Nos quedamos con la verdad por muy febril que parezca. Le hacemos un hueco en el ático, aunque esté sucia, desnuda y enferma, y sólo pida un rincón en el que sea posible descansar en paz, sin el ruido de las bombas de la antinaturaleza. 

24 de marzo de 2016

Mi puzle.

No era la primera vez que sucedía. Primero se anunciaba con los movimientos bruscos e impredecibles de su cuerpo, y de esta forma se anticipaba súbitamente a las palabras que luego soltaba.   A primera vista podía resultar un hombre impulsivo, pero todo cuanto decía había estado profundamente meditado, como en un torbellino de pensamientos hermosos, de cuya belleza él no era consciente. Su voz era como un tornado que arrancaba los sentimientos de su interior con la fuerza de un cincel en la piedra. Pero siempre los acompañaba de palabras que me empeñé en aprender a leer y ordenar en un puzle.

 Cada encuentro resultaba ofensivo y halagador al mismo tiempo. En ellos me entregaba retales hechos de sacudidas y palabras. Una vez me cegó la ira al escuchar que yo le recordaba mucho a su primera mujer. Sólo sentí la rabia con la que se refería a su primer dolor, y aquel golpe me desarmó todo el rompecabezas. “Yo tampoco soy tan mala”, pensé. Después volví al punto de partida y seguí trabajando en la reconstrucción empezando de cero. Para ello no utilicé la memoria sino el corazón. Por eso el paisaje que se iba dibujando no se parecía en absoluto al primero. Volví a recordar aquel día en el que me calificó, insidiosamente, como la típica mujer que gustaba a todos. Así que me dieron ganas de desarmarlo todo y largarme. Pero encajé la frase en otro contexto, en otro lugar del puzle, y pensé que él también podía estar incluido en el grupo que contiene a la palabra todos, por una simple cuestión de coherencia matemática.

Al colocar la última pieza comprobé que era muy hermoso parecerme a una persona de la que él se había enamorado treinta años antes. “Te pareces mucho a mi primera mujer” es una frase que está cargada de bellos significados y probablemente es el piropo más hermoso que me haya disparado nadie.

21 de marzo de 2016

Sinfín

Imagen por Idoia Laurenz
Supe quererte con los ojos tapados, sin adivinar gestos de amor y sin ninguna correspondencia. Lo hice con todo el silencio que me guardo y con todas las ausencias que me caben. 

De noche no ocupé un lugar en tu mesa ni en tu cama. De día, sólo el sueño de un mal presagio. 

Y durante años mi nombre no significó nada. 

No me convertí en lo mejor de tu vida, y tú... ni siquiera en lo peor de la mía. 

Ya ves, amor. Parece que así empiezan las cosas que nunca terminan.

1 de marzo de 2016

Un silencio menos.



    Para conocer a un hombre, observo muy despacio el comportamiento que ha tenido con las mujeres de su pasado; la esposa, las amigas, amantes, compañeras de trabajo y hasta la vecina.

    El pasado es el testimonio de lo que un hombre es de verdad. El futuro sólo es el sueño de lo que el hombre quiso haber sido.

24 de febrero de 2016

La nana del silencio

Tenía trece años y fue entonces cuando decidí cómo quería vivir el resto de mi vida.
Fotografía extraída de Internet.
Mi padre estaba amenazado de muerte debido a su profesión de policía nacional en los tiempos de la transición democrática, en una ciudad como Pamplona, afectada además por el conflicto de la independencia, con frecuentes episodios de terrorismo. Por este motivo tuvimos que cambiar de residencia varias veces y nos mudamos a diferentes pisos de la misma ciudad. Aquello me afectó profundamente, a pesar de que en mi viejo piso no tenía amigas con las que celebrar los cumpleaños porque ellas no me invitaban. Tampoco tuve besos ni flirteos con chicos, porque yo no quería. Pero igualmente me causó un dolor agudo tener que desprenderme de todo ello; de mis no amigas y de mis no besos. También me costó separarme de las escaleras sin ascensor, del número nueve de mi portal, de la iglesia cuyo tejado fue el primer tobogán de mi infancia (nunca estuve tan cerca de Dios), de los campos de cultivo, de jugar con el rastrojo que deja el verano después de la siega, de masticar granos de trigo hasta que se hicieran chicle en mi boca y de todos los gatos de aquel callejón sin salida.

Tuve que dejar el colegio de monjas en el que estudié desde los cuatro años, y en el que también estudiaba Julia. Ella ni siquiera iba a mi clase, pero jugaba en el mismo equipo de balonmano en que yo ejercía de capitana, porque la mayoría de niñas lo decidieron así en uno de los días más felices de mi infancia, cuando ya todas teníamos diez años y yo era la reina del balón prisionero.

Mi familia quería que continuase estudiando en otro colegio similar, pero que estuviese más cerca de nuestra nueva casa, aunque yo prefería ir al instituto más cercano y me empeñé mucho en ello; en conseguir un objetivo absolutamente mío. Era la primera vez que me obstinaba en defender una teoría de vida frente a las personas que más me querían. Lo deseaba porque tenía la sensación de vivir en una burbuja de cristal, con pocos privilegios, desde luego, pero aislada del pueblo y de la vida rutinaria de la que parecía (en mi opinión) gente normal y que, por otro lado, me atraía con toda la fuerza que tiene la vida sencilla.

Mi existencia comenzaba a estar marcada por un complejo de persona marginada, pero quise enfrentarme a ello y lo hice así, dejando claro que el valor de mi libertad individual ya estaba muy por encima de cualquier complejo de inferioridad. Supongo que mi padre quería rodearme de un entorno social que me resultara menos conflictivo, quizá más fácil, pero yo ansiaba conocer y amar la vida que me había tocado vivir y no la que alguien hubiera deseado para mí, por mucho que me quisiera.

Conseguí convencer a toda mi familia y comencé a estudiar en un instituto público. La contrapartida fue que tuve que dejar los entrenamientos de balonmano. Mis compañeras me buscaron para seguir en el equipo, pero mi madre se negó rotundamente a permitirlo. Los partidos se jugaban el sábado por la mañana, y ese era el día que tenía que ayudarla en las tareas domésticas. Tampoco volví a tocar la guitarra, aunque nadie me lo impidió. Resultó que el silencio ya me cubría la piel de un pudor tan grande que era imposible desnudar la sensibilidad, ni siquiera para mí misma. Mi cuerpo —debajo de la enorme blusa— iba marcando las curvas de una hembra que se vestía escondida y daba la espalda a los espejos. La niña —detrás de mis ojos— comenzó a llorar en sueños.

Me gustaba mucho mi nueva clase del instituto. Después de un mes todos teníamos una etiqueta invisible que nos identificaba. La mía era “La Muda”. En realidad sólo hablaba con mi compañera Cristina, pero los otros cuarenta de la clase de primero de bachillerato no lo sabían. Se trataba de un instituto nuevo al que derivaron también los alumnos fracasados o problemáticos de otros centros, además de todos los asignados por proximidad. Nunca fui una niña conflictiva y mi expediente académico era muy bueno, pero por primera vez sentí que no estaba sola. Había en el mundo gente con sus rarezas, diferentes a la mía, y que además no tenía ningún complejo por ello. Pero todos estaban enfadados con la vida, casi tanto como yo. Eso me hermanaba con la sociedad.

El equipo docente era igualmente variopinto. Me reconfortó tener la opción de estudiar la asignatura de Ética en lugar de Religión, y poder elegir sin consultar a nadie (siempre creí que Dios es una creación del hombre más que el postulado contrario). De todos los profesores el que más me llamaba la atención era el de Historia. Era un hombre joven, delgado, alto y con un porte de elegancia que no escondía a pesar de saber que no encajaba demasiado con el estilo informal y desarreglado que todos llevábamos. Resultó que había sido también profesor en el colegio del Opus en el que siempre estudiaron mis cuatro hermanos. Él también me miraba con asombro, por aquello de no entender en absoluto qué hacía la única hermana (o hija) de una familia, como la mía, en un instituto público. Aunque no conversábamos sobre ello, nos unía la afinidad de saber que ambos nos sentíamos catalogados, por el resto, como personas fuera de sitio.

A todos los docentes les resultaba muy difícil mantener el orden durante las clases. La profesora de Matemáticas se quedaba hablando sola frente a una pizarra en la que no paraba de escribir fórmulas que muy pocos copiábamos. El de Dibujo permanecía sentado mientras esperaba los trabajos que había que ir desarrollando y que al final casi nadie entregaba. El de Historia tenía una táctica diferente que consistía en pedir a un alumno que leyera el tema del día, pero en voz alta. Elegía para ello a los alumnos más charlatanes o distraídos. Al principio funcionaba, pero el silencio no duraba ni dos minutos. Cualquier excusa era buena para romperlo y hacer bromas, ya fuese porque el alumno se trabase al leer o porque diese a la lectura una entonación equivocada, o pausara las comas como puntos y aparte. Un día hubo un cambio en su estrategia. El profesor leyó el título de una separata de cinco folios que decía “El origen del abecedario”, y acto seguido pidió voluntarios para su lectura. Nadie levantó la mano excepto yo. Simplemente el tema me sedujo tanto que fui incapaz de hacer otra cosa que ofrecerme. Me entregó cinco hojas grapadas, y al oír mi propia voz comprobé que mi foco de atención dejaba de distraerse (algo que me sucedía habitualmente cuando alguna novela caía en mis manos). Disfruté la sensación de sumergirme en la Historia de un modo inconsciente. Mis compañeros se quedaron escuchándome hasta el final, quizá porque mi mutismo precedente había sido muy largo y no se esperaban ese gesto de levantar la mano para romperlo.

Al terminar el profesor me dijo que leía muy bien, y que además mi voz tenía una extraña capacidad de captar la sensibilidad y la atención. “Tiene un voz que consuela”, añadió Sofía, una niña que se sentaba en la última fila. Parecía extraño que nadie hiciera después ninguna broma al respecto, como otras veces. Interpreté que el silencio que yo misma había ostentado hasta entonces por inconformismo, ése que había elegido como un modo de protesta frente al dolor, tenía el poder de intensificar el valor de cualquier palabra que hubiese pronunciado a continuación.

En el mes de febrero de aquel curso hubo un intento de golpe de Estado. Los compañeros iban a clase con la radio en el bolsillo. Después la escuchábamos en tono muy bajo, pegada al oído, porque no existían los pequeños auriculares. También se sucedieron varios atentados terroristas, uno de los cuales dejó sin brazos ni piernas a un compañero de mi padre. Las tragedias humanas de la Historia toman perspectiva cuando pasan muchos años, y todo se interpreta de la mejor manera posible por aquella sociedad a la que le tocó vivirlas. Pero eso no sirve de consuelo a los niños. A mí me gustaba abrazar por sorpresa a mi padre. La última vez que lo hice tenía catorce años, cuando ya sabía cómo quería vivir el resto de mi vida. Me escondí detrás del ascensor y me abalancé sobre él. Interpretó que era un ataque, y aunque no pasó nada, se quedó muy asustado con lo que podía haber sucedido.

Sofía dejó de venir al instituto casi al final del curso.

El último día de clase el profesor de Historia se acercó para despedirse, porque se iba a otro instituto al año siguiente. Me dijo que mi voz tenía algo que me hacía trascender. No comprendí nada y tampoco pregunté. No volví a verlo nunca más. Incluso olvidé su nombre.

Al comenzar segundo de Bachillerato supe que Sofía no volvería nunca. Se había suicidado.

Tres décadas después tuve mi único hijo, que nació de forma prematura y con un grave problema de inmadurez pulmonar. Sólo tenía un día y ya se debatía entre la vida y la muerte. Le llamé tesoro y abrió los ojos en señal de respuesta. No podía ver pero reconoció mi voz, y sentí que ésa fue mi forma de salvarle.


No puedo cambiar este modo mío de esconder el dolor detrás del silencio. No puedo rescatar mi guitarra de la cuneta. Sigo sin recordar el nombre de aquel profesor. Pero aún tengo las cuerdas de la voz para cantarle una nana al silencio que me dejó su olvido. Y sé que cuando aparece su recuerdo en forma de hijo, de amigo o de compañero, no dudo ni un instante en levantar la mano y hablar de nuevo. Porque del amor que se muere nadie habla y del dolor que calla nadie sabe. Por eso ofrezco mi garganta como una mano con vocación de rescate de la que brotan las palabras salvavidas. Por eso y porque no sirve de nada callar cuando se trata de despedirse de los seres queridos.

19 de enero de 2016

Mi amarre.

Si alguna vez no estuvieras en el mar de fondo de mis ojos, que navegan plácidamente en tu risa, o dejara de presentir tu voz en mis oídos, que esperan el mejor viento para alcanzarte de ceñida... 
Te buscaré. Ese día te buscaré como una pirata enloquecida.
Y en la brisa y en el río y en los árboles te encontraré. Porque sólo tus ramas desnudas podrían dar amarre a un barco como el mío, que surca la tierra yerma con las velas desplegadas y el espináquer hinchado. Con más de cien agujeros de bala y ni un solo cañón ni en-cubierta.
Pero te encontraré y sé que nos emborracharemos.
Y estaré después en la resaca de tus miedos y tus locuras, que para eso me las gané jugando al tute en la bañera. Y no querré verte partir. 

No querré, y aun así también yo me iré, y llevaré tu verso final-izado.
Imagen por Idoia Laurenz