22 de septiembre de 2016

¿A ti qué te gusta?

Me gusta la lluvia de Pamplona, el color de tu piel, la terraza de mi casa y el ruido del río Arga. La sonrisa de mi hijo, el olor de tu pelo, la frontera de nadie y el llanto del dolor. La libertad de palabra, el amanecer de mañana,
Me gustan las penas de amor, los sueños de tu infancia, las cuerdas de mi guitarra y los gestos de tu cara. Las pinturas de Lautrec,  los versos de Cernuda, las alubias de Tolosa y los silencios de tu alma. Las embestidas de tu cuerpo, los atarderes de Montserrat, la luz de tus ojos, la tierra de Vidaurre y la Peña de Etxauri. El aceite de oliva, la cara de mi abuela, el vinagre de Módena, el bonito del Norte y el hombre de mi vida.

25 de agosto de 2016

Dos flores y un día.


En el patio de mi casa hay un cactus que vive despacio y solo. Apenas le hablo y él también me ignora, porque en toda su vida no ha florecido. Pertenece a una familia que da su flor una vez al año y se marchita en pocas horas. 

No puede huir. Yo mantengo las distancias, así que tampoco le doy opción a pincharme. Por eso utiliza su esterilidad para hacerse el muerto y el interesante conmigo. Sonrío a los demás cuando sé que él me observa. Es una manera de joderle también y que al menos uno de los dos parezca vivo. 

Esta noche, mientras estaba escribiendo, me sorprendió el cactus. En mi aniversario me regaló las dos primeras flores de su dolorosa existencia.

Me las dio para que aprenda a jugar con ellas, y de paso también contigo. 





*Fotografías de Patxi O.

9 de agosto de 2016

Tu color.

Muchas veces me pregunté de qué servía esperar durante tanto tiempo a alguien que no existe, o permanecer en el sueño de algo que no tiene lógica, ni olor, ni ruido, ni verdad, ni esperanza. Sin descubrir estrofas de versos donde acomodar toda la nada.

Tal vez sirviera para lo mismo que caminar sin rumbo, por si salía a mi encuentro un hombre como tú, que abre delante de mis ojos su mano negra, que de tantos rechazos que ha tenido ya no le queda miedo para el mío.  Alguien que me dice que le gusto, con la misma sinceridad que yo digo que me gusta el arroz con leche.


Me  sirvió para lo mismo que comer sin ganas. Me sirvió para seguir viva.

13 de mayo de 2016

Oui, c'est moi (II).

Tiene los ojos grises del cielo sueña con mis lamentos y el pelo negro de la noche que se desvela con mis deseos. No se asusta de mi cuerpo  si le muestro mi locura ni vuelva la cara a mis pechos que amenazan a todo su mundo. No pierde su boca el tiempo con las mujeres que en realidad no le gustan ni ataca nunca a las hembras que de verdad le interesan. 
La espalda de Idoia Laurenz

30 de abril de 2016

Oui, c'est moi.


No necesito a nadie que me suplante para saber que me he convertido en tu oscuro objeto de deseo. No me hace falta la carnalidad de la boca de ninguna otra porque el silencio de mis labios finos y la fuerza oculta de mi voz francesa pegan fuerte en tu pecho cuando en él se muere lapidado un beso. 

No quiero el negro lacio de ningún otro cabello cuando es el fuego del mío el que te quita la escarcha del sueño. Toma lo que ves y peínalo como puedas porque no vas a encontrar ningún otro enredo que se le parezca. 

No busques la mirada de otras cuando vienes a encontrar ciegamente cualquier destino tuyo en el mío. No te acuchillan a ti las palabras. Es el silencio que se clava en tu alma como una daga que tiene el filo de mil palabras que yo no escribo y que a ti te desangran.

No vuelvas a humillar ni un solo centímetro de la piel que recubre y escuda todo mi silencio porque sólo tendrás para toda la vida los ojos, las manos y el alma de alguna otra como ella, vestida con fotos de otras muchas que nada tienen que ver con la mujer verdadera. 


25 de abril de 2016

A mis pies



No habrá piedra en el camino que se me resista, ni baile de salón que tenga sentido si no es contigo. 


No habrá pasos que el silencio oculte en tu contra, ni vacío suficiente a mi favor detrás de cada precipicio.


*Imágenes por Idoia Laurenz.

24 de abril de 2016

A-hora.

Si hoy estuvieras vivo, seguro que ayer habrías dejado olvidada una flor en mi casa y en el salón de la tuya yo hubiera encontrado un sitio para que tuvieras un libro más. 

Si hoy estuvieras vivo, mañana te contaría que he aprendido a observar a los hombres y que a veces le sorprendo al amor queriéndome. Te diría que me cuesta querer y que aún soy más difícil para permitir que alguien me quiera. Algo que ya sabías de mí cuando estabas vivo... pero aun así te lo contaría y sé que tú me escucharías como si no supieras nada.

Si mañana estuvieras vivo, algún día de estos podría decirte que he descubierto que el amor es imposible de matar. Que el amor es el único que se muere de muerte natural y que por eso me gusta tanto. Porque nada ni nadie lo puede impedir. Ni diez hembras celosas siguiéndole los pasos pueden acabar con él. Ni ha nacido la fiera que pueda cortarle la yugular. Y sé que a ti te hubiera gustado oírlo. 

Pero la verdad es que ayer ya estabas muerto y que también lo estarás mañana. Entonces me pregunto qué hago con todo esto que me ha enseñado la vida y a quién se lo podría contar.


Tu lirio

  
 Una flor en mis sueños se volvió pájaro para volar hasta tu ventana. Un ruiseñor que bajo sus alas esconde la llave de brisa maestra que puede abrir todas tus puertas. 

       El lirio de su mirada se hizo tierra con la que regar tus lágrimas, y el azul de su pluma un verso que me enseñe a susurrarte cuando llegue la mañana.

       Echaron raíces sus garras en este suelo que dibuja la huella de tus palabras, para sembrarte amapolas que florezcan un veinticuatro de abril.



Imagen por Idoia Laurenz.

16 de abril de 2016

La deuda del silencio.


Era uno de esos hombres que esconden los sentimientos detrás de sus palabras. De los que sólo pueden decir te amo a partir del instante en el que dejan de amar. De los que después lo escriben, cuando la pasión cambia de forma. 

Él no dijo que me quería. Tampoco yo se lo quise preguntar, porque a mí me cuesta pedir cuando tengo la sospecha de que estoy enamorada. Aun así estaba segura de que él también me amaba. 

Era un hombre de esos que utilizan los versos como moneda de cambio para el ajuste de cuentas. Un poeta del silencio que escribiendo a otra mujer me pagó todas sus deudas: la del vino hipotecado que bebimos para olvidar y la del amor que en el tintero se nos quedó pendiente.


*Fragmento de "Por si te encuentro".
Imagen por Idoia Laurenz

9 de abril de 2016

Azken.

Mi abuelo y Eder (su último perro). Del álbum de familia.
Mi abuelo Rodolfo tenía los ojos del color de los cristales empañados, como si en ellos llorasen de pena sus diez hijos. Pero su sonrisa era tierna y le vestía todo el rostro de una transparencia oscura. A lo largo de su vida tuvo cinco perros. Le seguían a todas partes, aunque él no se iba muy lejos porque siempre vivió en su aldea. A ninguno de ellos les puso el nombre. Ése era el privilegio sagrado que se había ganado mi abuela Lorentza.  Al último lo llamó Eder por su significado. A ella le costó decidirse. Decía que de todos los animales que había nombrado, Eder tenía el carácter más hermoso. Si hubiera tenido tiempo para pensar, quizás hubiera deducido que iba a ser el último, y entonces lo hubiera llamado Azken. Pero mi abuela no tenía tiempo para pensar. Y mucho menos para pensar en la muerte.

Cuando Rodolfo salía a recoger setas, Eder movía el rabo en señal de alegría. A los dos les encantaba pasear por el monte. También les gustaba salir a cazar, aunque Lorentza prefería cocinar setas. Las liebres y las perdices ni siquiera las probaba porque ella era vegetariana. Si lo pienso bien, ella fue la primera vegana que he conocido. Y si lo pienso todavía mejor, estoy segura de que si estuviera viva y viese la cantidad de sandeces que se ponen de moda, ya sea para decir, hacer, escribir, amar o comer, echaría pestes en euskera sobre la estupidez humana. Mi abuela no iba a tardar ni un minuto en encontrarle nombre a la tontería del mundo del siglo XXI. Me pregunto cómo llamaría a algunos hombres que se van a buscar el amor a seis mil kilómetros, y a ésos que lo buscan en la casa más cercana de su amigo, teniendo a su vez, todos ellos, unas cuantas mujeres al lado a las que sólo hacen sufrir. No sé tampoco qué nombre les daría a esas hembras que soportan y comparten ese dolor disimulado, ni a las que llevan una venda en los ojos, que ellas mismas se colocan, para poder convencerse de que han encontrado el amor verdadero.

Me gusta mucho volver al pueblo en el que nació mi padre y pensar en todas esas respuestas. Los nombres son como las verdades y siempre van apareciendo. Me acuerdo de aquellos domingos de la infancia en los que jugaba con Eder mientras mi abuelo estaba en la Iglesia, el único lugar al que no le seguía. Llevo en la memoria el último camino que Eder hizo con él y que termina en ese campo lleno de cruces y fechas del que nunca se regresa. 

He encontrado hoy una certeza. Tengo una sombra de agua detrás de mis ojos que me tiñe la mirada y el nombre del color de un pozo verde y turbio. Y una sonrisa demasiado tardía que quizá pueda darle claridad a mi cara. 

*Fragmento de "Por si te encuentro".
*Eder significa bello en euskera. *Azken, el último. *Mi verdadero nombre, pozo.