25 de agosto de 2016

Dos flores y un día.


En el patio de mi casa hay un cactus que vive despacio y solo. Apenas le hablo y él también me ignora, porque en toda su vida no ha florecido. Pertenece a una familia que da su flor una vez al año y se marchita en pocas horas. 

No puede huir. Yo mantengo las distancias, así que tampoco le doy opción a pincharme. Por eso utiliza su esterilidad para hacerse el muerto y el interesante conmigo. Sonrío a los demás cuando sé que él me observa. Es una manera de joderle también y que al menos uno de los dos parezca vivo. 

Esta noche, mientras estaba escribiendo, me sorprendió el cactus. En mi aniversario me regaló las dos primeras flores de su dolorosa existencia.

Me las dio para que aprenda a jugar con ellas, y de paso también contigo. 





*Fotografías de Patxi O.

9 de agosto de 2016

Tu color.

Muchas veces me pregunté de qué servía esperar durante tanto tiempo a alguien que no existe, o permanecer en el sueño de algo que no tiene lógica, ni olor, ni ruido, ni verdad, ni esperanza. Sin descubrir estrofas de versos donde acomodar toda la nada.

Tal vez sirviera para lo mismo que caminar sin rumbo, por si salía a mi encuentro un hombre como tú, que abre delante de mis ojos su mano negra, que de tantos rechazos que ha tenido ya no le queda miedo para el mío.  Alguien que me dice que le gusto, con la misma sinceridad que yo digo que me gusta el arroz con leche.


Me  sirvió para lo mismo que comer sin ganas. Me sirvió para seguir viva.