7 de diciembre de 2016

De carne y sueño.

   
A ti no te hace falta esconder el deseo detrás del silencio. Tampoco tu boca necesita reclamar mi dote a los cuatro vientos. Vuelas sin prometer la vida y es tu cuerpo el que se pronuncia de noche, en favor de todos mis bienes gananciales.  Es tu cara  la que me mira de frente sin hacerse pasar por alguien distinto. Eres tú quien pone la geografía bajo el control de tus pasos, no en los de la casualidad, acercando a la mínima expresión cualquier medida de la distancia que nos separe.

Para soñar tengo la hoja en blanco y un puente levadizo del que sólo yo tengo la llave. Lo puedo bajar a mi antojo para que mis héroes de barro entren y conviertan a esta plebeya en la única dueña de todos sus castillos en el aire. Ellos se reducen a la tinta de mis sueños, en los que unas veces me aman y otras no tanto... No saben que tengo las manos libres para ese amor que mi cabeza se inventa. La estantería está llena de versos malabares y trucos de magia que convencen más fácilmente a mi alter ego que sueña. 

       La realidad amanece y rinde pleitesía en mi alcoba que no pide un poema que venga de tu teclado, ni de tu lengua un perdón porque la sarna con gusto no ofende. No tengo que arrancar de tu boca un te amo que suplante la ausencia de ti con bellas cartas postales. No me hace falta mirar detrás de tu foto para destapar mentiras o adivinar un rostro. 

       No voy a liberarte de este amor de carne y sueño. Sólo los hombres que no saben quererme como tú son los que nunca están o simplemente desaparecen.



Imagen por Ayla Michelle.


25 de agosto de 2016

Dos flores y un día.


En el patio de mi casa hay un cactus que vive despacio y solo. Apenas le hablo y él también me ignora, porque en toda su vida no ha florecido. Pertenece a una familia que da su flor una vez al año y se marchita en pocas horas. 

No puede huir. Yo mantengo las distancias, así que tampoco le doy opción a pincharme. Por eso utiliza su esterilidad para hacerse el muerto y el interesante conmigo. Sonrío a los demás cuando sé que él me observa. Es una manera de joderle también y que al menos uno de los dos parezca vivo. 

Esta noche, mientras estaba escribiendo, me sorprendió el cactus. En mi aniversario me regaló las dos primeras flores de su dolorosa existencia.

Me las dio para que aprenda a jugar con ellas, y de paso también contigo. 





*Fotografías de Patxi O.

24 de febrero de 2016

La nana del silencio

Tenía trece años y fue entonces cuando decidí cómo quería vivir el resto de mi vida.
Fotografía extraída de Internet.
Mi padre estaba amenazado de muerte debido a su profesión de policía nacional en los tiempos de la transición democrática, en una ciudad como Pamplona, afectada además por el conflicto de la independencia, con frecuentes episodios de terrorismo. Por este motivo tuvimos que cambiar de residencia varias veces y nos mudamos a diferentes pisos de la misma ciudad. Aquello me afectó profundamente, a pesar de que en mi viejo piso no tenía amigas con las que celebrar los cumpleaños porque ellas no me invitaban. Tampoco tuve besos ni flirteos con chicos, porque yo no quería. Pero igualmente me causó un dolor agudo tener que desprenderme de todo ello; de mis no amigas y de mis no besos. También me costó separarme de las escaleras sin ascensor, del número nueve de mi portal, de la iglesia cuyo tejado fue el primer tobogán de mi infancia (nunca estuve tan cerca de Dios), de los campos de cultivo, de jugar con el rastrojo que deja el verano después de la siega, de masticar granos de trigo hasta que se hicieran chicle en mi boca y de todos los gatos de aquel callejón sin salida.

Tuve que dejar el colegio de monjas en el que estudié desde los cuatro años, y en el que también estudiaba Julia. Ella ni siquiera iba a mi clase, pero jugaba en el mismo equipo de balonmano en que yo ejercía de capitana, porque la mayoría de niñas lo decidieron así en uno de los días más felices de mi infancia, cuando ya todas teníamos diez años y yo era la reina del balón prisionero.

Mi familia quería que continuase estudiando en otro colegio similar, pero que estuviese más cerca de nuestra nueva casa, aunque yo prefería ir al instituto más cercano y me empeñé mucho en ello; en conseguir un objetivo absolutamente mío. Era la primera vez que me obstinaba en defender una teoría de vida frente a las personas que más me querían. Lo deseaba porque tenía la sensación de vivir en una burbuja de cristal, con pocos privilegios, desde luego, pero aislada del pueblo y de la vida rutinaria de la que parecía (en mi opinión) gente normal y que, por otro lado, me atraía con toda la fuerza que tiene la vida sencilla.

Mi existencia comenzaba a estar marcada por un complejo de persona marginada, pero quise enfrentarme a ello y lo hice así, dejando claro que el valor de mi libertad individual ya estaba muy por encima de cualquier complejo de inferioridad. Supongo que mi padre quería rodearme de un entorno social que me resultara menos conflictivo, quizá más fácil, pero yo ansiaba conocer y amar la vida que me había tocado vivir y no la que alguien hubiera deseado para mí, por mucho que me quisiera.

Conseguí convencer a toda mi familia y comencé a estudiar en un instituto público. La contrapartida fue que tuve que dejar los entrenamientos de balonmano. Mis compañeras me buscaron para seguir en el equipo, pero mi madre se negó rotundamente a permitirlo. Los partidos se jugaban el sábado por la mañana, y ese era el día que tenía que ayudarla en las tareas domésticas. Tampoco volví a tocar la guitarra, aunque nadie me lo impidió. Resultó que el silencio ya me cubría la piel de un pudor tan grande que era imposible desnudar la sensibilidad, ni siquiera para mí misma. Mi cuerpo —debajo de la enorme blusa— iba marcando las curvas de una hembra que se vestía escondida y daba la espalda a los espejos. La niña —detrás de mis ojos— comenzó a llorar en sueños.

Me gustaba mucho mi nueva clase del instituto. Después de un mes todos teníamos una etiqueta invisible que nos identificaba. La mía era “La Muda”. En realidad sólo hablaba con mi compañera Cristina, pero los otros cuarenta de la clase de primero de bachillerato no lo sabían. Se trataba de un instituto nuevo al que derivaron también los alumnos fracasados o problemáticos de otros centros, además de todos los asignados por proximidad. Nunca fui una niña conflictiva y mi expediente académico era muy bueno, pero por primera vez sentí que no estaba sola. Había en el mundo gente con sus rarezas, diferentes a la mía, y que además no tenía ningún complejo por ello. Pero todos estaban enfadados con la vida, casi tanto como yo. Eso me hermanaba con la sociedad.

El equipo docente era igualmente variopinto. Me reconfortó tener la opción de estudiar la asignatura de Ética en lugar de Religión, y poder elegir sin consultar a nadie (siempre creí que Dios es una creación del hombre más que el postulado contrario). De todos los profesores el que más me llamaba la atención era el de Historia. Era un hombre joven, delgado, alto y con un porte de elegancia que no escondía a pesar de saber que no encajaba demasiado con el estilo informal y desarreglado que todos llevábamos. Resultó que había sido también profesor en el colegio del Opus en el que siempre estudiaron mis cuatro hermanos. Él también me miraba con asombro, por aquello de no entender en absoluto qué hacía la única hermana (o hija) de una familia, como la mía, en un instituto público. Aunque no conversábamos sobre ello, nos unía la afinidad de saber que ambos nos sentíamos catalogados, por el resto, como personas fuera de sitio.

A todos los docentes les resultaba muy difícil mantener el orden durante las clases. La profesora de Matemáticas se quedaba hablando sola frente a una pizarra en la que no paraba de escribir fórmulas que muy pocos copiábamos. El de Dibujo permanecía sentado mientras esperaba los trabajos que había que ir desarrollando y que al final casi nadie entregaba. El de Historia tenía una táctica diferente que consistía en pedir a un alumno que leyera el tema del día, pero en voz alta. Elegía para ello a los alumnos más charlatanes o distraídos. Al principio funcionaba, pero el silencio no duraba ni dos minutos. Cualquier excusa era buena para romperlo y hacer bromas, ya fuese porque el alumno se trabase al leer o porque diese a la lectura una entonación equivocada, o pausara las comas como puntos y aparte. Un día hubo un cambio en su estrategia. El profesor leyó el título de una separata de cinco folios que decía “El origen del abecedario”, y acto seguido pidió voluntarios para su lectura. Nadie levantó la mano excepto yo. Simplemente el tema me sedujo tanto que fui incapaz de hacer otra cosa que ofrecerme. Me entregó cinco hojas grapadas, y al oír mi propia voz comprobé que mi foco de atención dejaba de distraerse (algo que me sucedía habitualmente cuando alguna novela caía en mis manos). Disfruté la sensación de sumergirme en la Historia de un modo inconsciente. Mis compañeros se quedaron escuchándome hasta el final, quizá porque mi mutismo precedente había sido muy largo y no se esperaban ese gesto de levantar la mano para romperlo.

Al terminar el profesor me dijo que leía muy bien, y que además mi voz tenía una extraña capacidad de captar la sensibilidad y la atención. “Tiene un voz que consuela”, añadió Sofía, una niña que se sentaba en la última fila. Parecía extraño que nadie hiciera después ninguna broma al respecto, como otras veces. Interpreté que el silencio que yo misma había ostentado hasta entonces por inconformismo, ése que había elegido como un modo de protesta frente al dolor, tenía el poder de intensificar el valor de cualquier palabra que hubiese pronunciado a continuación.

En el mes de febrero de aquel curso hubo un intento de golpe de Estado. Los compañeros iban a clase con la radio en el bolsillo. Después la escuchábamos en tono muy bajo, pegada al oído, porque no existían los pequeños auriculares. También se sucedieron varios atentados terroristas, uno de los cuales dejó sin brazos ni piernas a un compañero de mi padre. Las tragedias humanas de la Historia toman perspectiva cuando pasan muchos años, y todo se interpreta de la mejor manera posible por aquella sociedad a la que le tocó vivirlas. Pero eso no sirve de consuelo a los niños. A mí me gustaba abrazar por sorpresa a mi padre. La última vez que lo hice tenía catorce años, cuando ya sabía cómo quería vivir el resto de mi vida. Me escondí detrás del ascensor y me abalancé sobre él. Interpretó que era un ataque, y aunque no pasó nada, se quedó muy asustado con lo que podía haber sucedido.

Sofía dejó de venir al instituto casi al final del curso.

El último día de clase el profesor de Historia se acercó para despedirse, porque se iba a otro instituto al año siguiente. Me dijo que mi voz tenía algo que me hacía trascender. No comprendí nada y tampoco pregunté. No volví a verlo nunca más. Incluso olvidé su nombre.

Al comenzar segundo de Bachillerato supe que Sofía no volvería nunca. Se había suicidado.

Tres décadas después tuve mi único hijo, que nació de forma prematura y con un grave problema de inmadurez pulmonar. Sólo tenía un día y ya se debatía entre la vida y la muerte. Le llamé tesoro y abrió los ojos en señal de respuesta. No podía ver pero reconoció mi voz, y sentí que ésa fue mi forma de salvarle.


No puedo cambiar este modo mío de esconder el dolor detrás del silencio. No puedo rescatar mi guitarra de la cuneta. Sigo sin recordar el nombre de aquel profesor. Pero aún tengo las cuerdas de la voz para cantarle una nana al silencio que me dejó su olvido. Y sé que cuando aparece su recuerdo en forma de hijo, de amigo o de compañero, no dudo ni un instante en levantar la mano y hablar de nuevo. Porque del amor que se muere nadie habla y del dolor que calla nadie sabe. Por eso ofrezco mi garganta como una mano con vocación de rescate de la que brotan las palabras salvavidas. Por eso y porque no sirve de nada callar cuando se trata de despedirse de los seres queridos.

1 de junio de 2015

El traje de mi abuelo.

Mi abuelo sólo se vestía de traje y corbata cuando el amor llegaba hasta sus hijos y el campanario de su pueblo tocaba a boda. A veces esperaba largos años. Hasta trece de noviazgo esperó cuando se casó mi padre. 

Mi abuelo tenía la piel quemada y agreste como un tizón de lava templado que espera sin prisa en la costa de un mar azul ─como sus ojos─,   para que el atardecer le llame a su puerta con el sonido de una campana y le pregunte por el amor de su vida. 

A mi abuelo le gustaba la montaña y los pájaros y el agua. Al amor también le gusta todo eso.  

Él era manso como un océano que se sabe amado por una mujer que se escapa enfadada a dormir con sus hijas al altillo de la casa, porque ese día está triste. Pero antes de que den las doce en un reloj que no tiene tiempo, ni manillas ni Cenicienta ni calabaza, él sube las escaleras, imperioso, decidido y descalzo de orgullo, como sube la marea en las noches de luna llena, y coge en brazos a su amada para bajarla a su lugar, como quien toma una pluma y la deja en la cama de un dolor y un nido que era de los dos, como es de los dos el silencio que a todos los nuestros nos adolece. 

Nuestro silencio se mete en mi recuerdo como se meten en el suelo las raíces de un árbol milenario que se alimenta de la memoria de un amor enterrado a millones de pies de los míos. Un amor que no necesita palabras ni ojos para saberse desnudo ante una hembra como yo, hecha toda de agua.

Redoblan en nuestra casa las campanas y corro libre entre las grutas de una pizarra dura y gris. Porque me acerco a tu boca sin miedo, para que no se te agote nunca el manantial ni la sed del bien que sé que te hace beberme.

6 de mayo de 2015

Amona

Su recuerdo me transporta a los prados verdes de laderas imposibles, en los que se respira el aire que te prestan las nubes. Donde las personas no tienen sombra, y la luz y el calor se escapan de los caseríos como queriendo buscar su origen  en aquel sol que rara vez asoma. Donde las palabras son poemas que cantan los bertsolaris, que escriben a sus amores en hojas caducas y quedan secas y fermentadas en el olvido, como queda el humus en el suelo de mis bosques.
Su recuerdo me empaña el alma como el aliento de una niña que me observa con la nariz pegada en la ventana de su vida, y escribe mi nombre sobre el vaho de los cristales rotos,  y con su firma quiere elevarme hasta un horizonte hecho de paz labrada en medio de un oscuro silencio, roto con el sonido de esos vidrios que caen y no consiguen borrar su huella.

Pensar en ella es sentir el espejo de su boca hecha de interrogantes. Es notar la levedad del viento que se inyecta por debajo de su falda de casera, mientras ondean sus rizos como cuerdas, y toda ella pareciera el canto de un campanario. Como perseguir en la nieve el camino que dejan sus abarcas negras, y atar con amor sus lazos que cruzan desde su talón ─no de Aquiles─, hasta la cima de sus rodillas que nunca se doblegan.

Es el reflejo en el arroyo de un misterio encerrado en la cuenca de sus ojos, donde las verdades suenan como el eco de aquellos cristales en los que el llanto queda fósil y el dolor es un absurdo.

9 de febrero de 2015

¿Cuántos somos?

Julen es el más cercano a mí de todos mis hermanos. Cercano por fecha de nacimiento y también por otras cuestiones del alma. Algunos vecinos nos llamaban Los Gemelos. A él le tocó explicarme cómo funcionan las matemáticas durante la infancia, y a mí me tocó comprender a través de él las cosas importantes de la vida que no se pueden explicar porque no siguen la lógica de ningún teorema. Me enseñó cómo se ama y se odia esa cicatriz nuestra que nunca se cierra del todo y que caracteriza a todos los que son de la estirpe de los nuestros; los que tienen un lugar alrededor de mi mesa y la de mis hermanos. 
La nuestra es una mesa que está marcada, como marcada está la madre de mi hogar, que no se sienta a comer con nosotros, que también llevamos su misma marca. Ella insiste en repartir la comida con una vocación incansable de servir a los demás, los suyos. La misma vocación que intenta esconder detrás de un orgullo que se labró como una máscara que aún hoy utiliza como una coraza para defenderse de los otros, los ajenos a la cicatriz de la que se enamoró mi padre, porque hay cicatrices que seducen de por vida.  

Mi madre comía sola en la cocina y a día de hoy sigue comiendo sola, porque ella nunca se ha sentado en la mesa con nosotros. Es una costumbre que le impusieron desde niña, ésa de tener que comer apartada de una familia que no era la suya. Y como sucede con todo lo aprendido antes de perder la inocencia, lo sigue manteniendo vivo como un ritual, quizá en un intento de negarse a cerrar su cicatriz, ésa que le ha dado sentido a su vida y también a la nuestra. 

Recuerdo a mis cuatro hermanos sentados conmigo alrededor de la mesa. Ellos comían mucho y además su paciencia era infinitamente menor que la mía, así que desde niña me acostumbré a que me sirvieran la última e hice de ello una vocación, ésa de que los últimos serán los primeros.  

─¿Cuántos somos? ─era lo primero que preguntaba Julen antes de sentarnos para comer, con la intención de dividir raciones a partes iguales.
─Todos menos Papá ─contestaba mi madre.
Entonces Julen calculaba el volumen de sopa que había en la olla y el número de cazos que teníamos que poner en el plato. También contaba los filetes y lo dividía todo entre cinco.
─Son tres filetes rebozados para cada uno ─decía mientras hincaba el tenedor a los tres más grandes que veía en la bandeja─. Ione, ¿me das uno de los tuyos?
─Claro que sí. Es para ti ─le respondía─. Pero después me tienes que ayudar con las mates. Me pierdo con la superficie del hexágono.
─¡Come despacio, Julen! ─insistía mi madre, siempre preocupada por esa forma compulsiva de engullir.

El dolor del alma no cabe en el cuerpo de un niño, y tarde o temprano rebosa. Julen era muy callado y las palabras no le servían como válvula de escape, por eso tragaba con ansia hasta que no podía más. En algunas ocasiones incluso llegaba a vomitar. Tal vez su cuerpo de niño encontraba así la manera de expulsar con el vómito todo el dolor que no le cabía dentro. Él tampoco encontraba las palabras adecuadas para hacerme entender las fórmulas matemáticas, ni podía transmitirme la física del movimiento de la Tierra. Y ese dolor suyo no se acomodaba conmigo. Se me indigestaba. Por eso cada día tenía menos hambre y cada vez comía menos.
Después de cuarenta años a mi hermano Julen aún le gusta contar los que somos. Además es un superdotado para las matemáticas, y aunque ya casi nunca estoy en la mesa, él siempre cuenta conmigo. 

31 de enero de 2015

Palabras para Ione.

Me desperté muy temprano y me invadió la sensación de que la vida me regalaba dos horas de intimidad para pensar en mis errores recientes. La tarde anterior había sido muy desconsiderada con mi abogado. Al principio pensé en llamarle para disculparme, pero era demasiado temprano y además, sábado. Mientras desayunaba me acordé de una mañana lejana de mi pasado, diez años atrás, en la que conversaba con mi padre. Aquel día fui a buscarle a la clínica porque le habían dado el alta hospitalaria, y quise acompañarle a casa porque él así me lo pidió. Fuimos caminando y al llegar al primer banco del paseo se encontró cansado y con ganas de repasar su vida.

─Siéntate conmigo, Ione ─tuvo que insistir dos veces porque yo presentía el dolor y quería resistirme, aunque finalmente accedí. 
─¿Estás cansado, papá? ¡Debí venir en coche! ─le dije cogiéndole la mano como queriendo abrazarle todo el cuerpo a través de los dedos de mi alma impotente.
─Escucha, Ione. No se trata de cansancio. ¿Recuerdas cuando era niño y estuve enfermo de tifus?
─¡Claro que sí! Lo recuerdo muy bien, pero cuéntamelo otra vez ─se lo pedí como si fuese una súplica que me sirviera para recordar el dolor superado de antes y desviar así el de ahora.

Lo cierto es que no quería pararme allí, a dos metros de casa, porque hay cosas demasiado difíciles para que una hija las tenga que escuchar y después recordar toda la vida. 

─Entonces tenías ocho años, papá ─le dije con una leve sonrisa─ y como todos pensaban que ibas a morir, llamaron al cura para que te dieran la extremaunción. No veías nada ni podías hablar pero podías oír las voces que sentenciaban que te morirías al día siguiente  ¿verdad?
─Claro ─contestó, porque el sentido del oído es el último que se pierde. Y si estás atento y escuchas, te das cuenta de que la muerte también nos habla. Y entonces no, pero ahora sí que la estoy oyendo.
─Eso no puede ser, no sigas por ahí que me voy ─le dije con tristeza porque no quería aceptar la realidad.
─El tiempo que me queda voy a sufrir mucho ─continuó─. No hay nada más difícil en este mundo que el amor. Se puede elegir con quien te casas, o a quien abandonas, pero no se elige a la persona a la que amas. Por eso, cuando llega sólo puedes decidir qué harás con tu vida al respecto. Podrás alejarte, pero no por eso va a desaparecer de tu corazón, ni el dolor se borrará con el tiempo.  Nadie lo sabe mejor que tú, que te fuiste un día ─dijo mirándome con los ojos aguados.

Mi boca permanecía sellada. No podía añadir ni una sola palabra. En el pasado, creí que mi padre no se daba cuenta de mi dolor, y en ese momento sólo podía mirarle con los ojos llenos de ternura, mientras él seguía hablando porque sabía que sus palabras serían mi alivio en el futuro.

─Por eso elegí estar con tu madre ¿comprendes? ─siguió hablando de ella─. Tal vez si hubiese elegido a mi novia de San Sebastián hubiera tenido una relación menos tormentosa. Era muy dulce aquella mujer, pero no estaba enamorado, y además en ese caso no hubieras nacido tú
─¡Gracias, papá! ─le dije en voz baja pero con ganas, porque no hay nada más hermoso que agradecer la propia vida.
Tal vez hubiera sido más sensato tener sólo un par de hijos en lugar de cinco ─me dijo poniendo la misma cara de pillo con la que me miraba cuando jugábamos al mus, pero entonces tampoco hubieras nacido tú. Siento mucho todo el tiempo que estuviste olvidada incluso de la mano de Dios, pero cuando ya no esté tu padre, tienes que atreverte a seguir siendo tú. Conmigo siempre lo hiciste. Te atreviste y defendiste tu camino incluso frente a la depresión, a las bombas y a la soledad. Acuérdate cuando yo no esté. Sé tú misma y entonces el amor y la vida tendrán sentido. Nunca le des la espalda a tu corazón.

Fragmento de "Por si te encuentro"


7 de enero de 2015

Mis primeros latidos


Me gustaba ir a clases de guitarra, era capitana del equipo de balonmano, soñaba con ser bailarina de ballet clásico, y todavía sonreía al ver una cámara.

La fotografía favorita de mi hijo está en el salón de mi casa, debajo de la televisión que nunca veo, y encima de un altavoz al que rara vez le quito el polvo. Recuerdo que en esa imagen mi espalda quedaba apoyada en un radiador cuyos perfiles de metal se me clavaban en la piel. Debajo del vestido vaquero tenía puesto aquel bikini estampado con burbujas de colores. Me acompañaba mi hermano pequeño, que permanecía sentado en una silla de nuestra cocina. Debían ser las seis de la tarde y justo habíamos regresado los dos de la piscina. Vivíamos en un piso de la calle Lumbier y tenía una habitación para mí sola. Mis cuatro hermanos varones compartían otra. Pero desde los seis años padecía de ataques de pánico nocturnos, motivo por el cual muchos días en los que mi padre estaba fuera, mi madre me permitía dormir en la misma habitación que ella, en un cuarto que estaba junto al salón.

Habitualmente me acostaba hacia las diez, mientras mi madre se quedaba viendo la tele. Así, el arrullo del sonido supuestamente me adormecía. Pero una noche me despertó una voz imponente, de una tonalidad sublime. Sentía que el pecho me iba a explotar. Al principio me asusté porque pensé que era un nuevo ataque, pero enseguida comprobé que era otra cosa. Las palpitaciones me hacían sentir bien y los oídos se me quedaron ensordecidos por mi propio latido. Me levanté sigilosamente para ponerle rostro a aquel sentimiento. Y allí, escondida detrás de la puerta y asomando mis ojos clandestinamente, estaba él. Por fuera todo lo vi en blanco y negro, por dentro era a todo color. Vi un hombre delgado y con con barba oscura, que hablaba solo en un escenario de teatro e interpretaba un monólogo que me enseñó el lugar exacto en el que estaba mi corazón.

Intenté como pude calmar mi respiración jadeante para no llamar la atención de mi madre, y aunque me temblaba todo el cuerpo, mis piernas desnudas permanecían paralizadas y los pies se me quedaron clavados al suelo durante unos minutos que a mí me parecieron sólo un instante.

Y en aquel momento me enamoré de él a través de sus palabras. O quizá me enamoré de las palabras gracias a él. 

De cualquier modo, ese fue el último verano en el que necesité dormir en la habitación de mis padres, y no recuerdo haber padecido un ataque de pánico después de aquella experiencia. Y como si se tratara de ayer, observo ahora la fotografía que está debajo de una televisión que nunca veo, y encima de un altavoz al que rara vez le quito el polvo, mientras me regodeo en un sentimiento que se despertó en mi infancia.

*Aquel hombre era Adolfo Marsillach
De: La memoria del silencio

19 de septiembre de 2014

Con la casa a cuestas

Recuerdo con mucho cariño el último verano antes de independizarme. Fue para mí la primera vez que trabajé fuera de casa, y lo hice como monitora de un campamento infantil, ubicado en la montaña de Navarra. Me instalé con todo el equipo un día antes de que llegaran los niños, para organizarnos y repartir las tareas y conocer las instalaciones y el programa. El director comentó que todos los años había  dos tiendas de campaña con niños del orfanato o de familias con problemas familiares. Estos niños requerían una atención mucho más cercana e intensa que el resto. Lo habitual era realizar un sorteo previo para designar los monitores de las dieciséis tiendas y ver a quién le había tocado el muerto. Pero antes del sorteo me ofrecí  como voluntaria para ser la monitora de los diez niños de la Inclusa. Mi ofrecimiento fue aceptado unánimemente ─cuánta solidaridad para este tipo de cosas muestra el ser humano─.

En realidad resultó ser un trabajo mucho más divertido y menos problemático de lo que pensaba. Mis niños hacían muchas travesuras con el único propósito de  llamar mi atención; hablar cuando se requería silencio, insultar a quien fuera en cualquier momento (a veces con razón) o levantarse de la mesa mientras estábamos todos cenando en los comedores. Por la noche, después de ir a dormir, los monitores hacíamos recuento de los niños para comprobar que estábamos todos. En mi caso era necesario repetir el recuento una hora después, porque mis niños tenían insomnio y tardaban dos horas en quedar dormidos. En ese tiempo las linternas de mis dos tiendas se iban encendiendo de forma intermitente y a veces salían a tomar el aire. La primera noche, al hacer recuento observé que faltaba un niño de siete años; un niño llamado Dalai. 

─¿Dónde está Dalai? ─pregunté. 
─Ha dicho que se iba del campamento ─respondió uno de sus compañeros de tienda. 
─¿Cómo que se va? ¿A dónde se va? ¿Por qué se va? 

Eran demasiadas preguntas (error de novata) y no tuve ninguna respuesta, así que supuse por intuición que Dalai no se sentía bien en ninguna casa y por eso huía por costumbre. Y cuando alguien huye, acostumbra a hacerlo por la puerta, aunque sea un niño. El campamento estaba en un enorme recinto vallado y la puerta general (obviamente cerrada) se utilizaba para la entrada y salida de los autobuses. Así que fui hasta la puerta y allí estaba él. De pie. Solo. Era un niño muy moreno y con la cabeza rapada. Supuse que ese nombre, Dalai, era en realidad un mote de “familia”. Para esas cosas la hija de La Rubia tiene una intuición de lince. Por eso me quedé a su lado en silencio, y estuvimos así largo rato. Él pensaba en sus cosas (supongo) y yo pensaba en las mías. Él no hacía preguntas. Yo tampoco. 

Ahí, de pie, me dio por recordar a mi último amigo; un chico encantador que se acercaba a mí cuando salíamos en la misma cuadrilla el viernes por la noche, con la intención mutua de ser algo más que amigos, pero que siempre terminaba llevándome a casa en su coche sin que hubiera sucedido casi nada. Cuando llegábamos a la altura del portal, escuchábamos música y a mí me daba por hablar y hablar. Una de las noches, cuando llevaba una hora hablando en el coche, él preguntó: “Idoia, a ti no te gusta volver a casa ¿verdad?"

Después de media hora pensando en nuestras cosas, empecé a hablar con Dalai. 
─Parece que a ti te gusta irte de casa, Dalai. A mí me pasa justo al revés; lo que no me gusta es regresar.  Tal vez sea más fácil para mí volver si lo intentamos los dos caminando juntos. Si a ti te parece bien acompañarme, claro.
─¡Vale! ─respondió. 

Tras los primeros pasos, en silencio, Dalai me agarró de la mano. Lo acompañé hasta su tienda, a duras penas me soltó la mano y al poco rato se durmió. 
Todas las noches de mi estancia en el campamento, Dalai se escapaba a la puerta esperando que en un gesto maternal fuese yo a buscarlo. Y todo era más sencillo y hermoso entonces, porque ya no teníamos nada que pensar, sabíamos lo suficiente el uno del otro y regresábamos los dos, así, de la mano, algunos días caminando y otros corriendo entre los árboles.
Ahora que mi trabajo es otro bien distinto, me gusta pasar las vacaciones subida en una autocaravana. Cuando estoy en mi casa tiendo a ocupar todos los armarios con mis cosas y sin embargo, cuando sólo dispongo de un cajón de cincuenta centímetros para mí, entonces aún me sobra espacio. Y prescindo del secador de pelo para modular mis rizos y del rimmel para disfrazar de negro mis pestañas rubias.
Cuando viajo con la casa a cuestas, me doy cuenta de que el verdadero hogar es minimalista, se lleva dentro del alma y  con unas pocas verdades queda vestida. Todo lo demás es decoración exterior, engañosa y recargada. 

Mi hogar es nada más que un rincón del alma en el que se encuentra la paz, y esa verdad que amuebla mi casa me la enseñó un niño llamado Dalai.

15 de diciembre de 2013

El sexo débil

La denominación del género femenino como sexo débil es un tópico que nadie comparte pero que "bien" utilizado por una mala mujer, le puede reportar grandes beneficios. Por puro paralelismo podríamos decir que los hombres no lloran. Ninguna se lo cree, pero cuando ellos necesitan ir de duros es un recurso infalible. Y es mejor así. Es preferible oír eso: "Soy un trozo de piedra" antes de que te digan con crudeza: "No te quiero". Son sólo juegos y engaños que todos nos hemos permitido alguna vez para poder sobrevivir al fracaso, más o menos dignamente. Y es que vivimos en una sociedad que rechaza la enfermedad y el dolor, que son intrínsecos a la vida, pese a que nos neguemos a reconocerlo. Aunque hay momentos en los que no podemos dar la espalda, porque la bofetada nos sacude desde las entrañas de la Tierra. La misma que después viene a tomarnos el pulso para asegurarse de que estamos vivos. La Naturaleza es sádica y se acerca, te da aire; quiere oírte respirar. Los muertos no le interesan porque ya no sufren, y Ella sólo quiere medirse contigo.
 Los niños vienen al mundo después de cuarenta semanas de gestación, pero su bolsa se rompió después de sólo treinta y dos. Aquello me hizo sentir fatal; como una madre incompleta. Llegué dilatada de cuatro centímetros y durante un día entero me intentaron frenar el parto. Aquello dolía bastante, pero no he sido nunca mujer que se queje fácilmente. Cuando el dolor era ya muy grande, pensé que quizá sería bueno que el ginecólogo viniese. Nadie me hacía caso porque parecía imposible que una mujer a punto de parir no se quejara, no gritara y obedeciera y se comiera una manzana para que le hicieran una prueba de azúcar. Estaba dilatada de nueve centímetros cuando conseguí que viniera el médico: Parto inminente ─gritó─. Un poco más y nace en el ascensor. Parí sin anestesia y sentí todo el dolor que la Naturaleza alberga en su corazón. A mí aquello me hizo renacer como persona. Me sentí fuerte, segura y me hizo pensar que era una madre completa y generosa. Aprendí que hay que enfrentarse al sufrimiento pero también que cuando algo duele mucho, no hay que callar, hay que gritar: "¡A tomar por el culo la manzana, señores!".

Cuando mi hijo nació no les dio tiempo de ponerlo en mi pecho. La enfermera se lo llevó a la UVI de la planta de prematuros. Entonces lancé mi primer grito: "¡Enséñamelo, que es mío!". Y ella me enseñó su pie porque estaba todo envuelto en toallas, y yo volví a gritar: "Quiero ver su carita". Mi hijo nació con un problema de inmadurez pulmonar y había que operar al día siguiente. No se podían visitar a los niños de la Unidad más que dos veces al día durante media hora. Así que el pediatra me llamó para que subiese a verlo por la noche de forma furtiva, por si era la última vez. Entré en la sala, busqué su carita y lo pude reconocer ─¡bien Idoia! así se hace─ y allí lo encontré rodeado de sondas, cables y oxígeno. Abrí un segundito la puerta de la incubadora, me acerqué y le dije mis dos primeras palabras: "¡Hola, tesoro!". Él estaba dormido y reaccionó rápidamente moviendo sus párpados como si quisiera abrir los ojos. Obviamente había reconocido mi voz. Aquello fue maravilloso. Días más tarde todo mejoró. Empezó a respirar bien, pero había que esperar para valorar posibles consecuencias por la falta de oxígeno durante el primer día. 

Milagrosamente los días pasaban, luego los meses y no había ninguna secuela. Durante esos meses me acordaba del parto y aquello me daba fuerzas, me redimía, me consolaba. El primer mes de la vida de mi hijo sólo pude verle dos veces al día durante media hora.

Poco tiempo después contemplaba con mucha curiosidad todos los comportamientos animales de las hembras tras haber parido. A mí me encanta la naturaleza y quería saber qué hacen ellas, para aprender también de su dolor. Un día observé entre un rebaño de ovejas que había una que con su boca sujetaba una cría que parecía muerta. Entonces le pregunté al pastor qué pasaba con ella. Las ovejas cuando paren una cría muerta no se resignan ─me contestó─, continuamente la besan y zarandean para que empiece a respirar. Durante dos días por lo menos, se la llevan sujetándola por la boca y no la sueltan ni para comer. Es un duelo necesario, porque si le arrebatas la cría muerta, también ellas enferman y después mueren.
Nuestro mundo occidental huye del dolor, lo anestesia, lo enmascara, lo elimina. Pero yo lo entiendo como algo necesario. La Naturaleza me enseñó que los niños se han de concebir con mucho, mucho placer y que se han de parir con dolor, mucho por cierto, porque ese dolor te prepara para la vida. Así que yo respeto a las personas que quieren vivir anestesiadas y de espaldas al dolor. Les recomiendo, como Sabina, que si les duele el alma, vayan a la farmacia donde “venden pastillas para no soñar”. Evidentemente, no lo comparto y no es mi elección. Yo para esto de la vida soy más bien masoca. Y además como pertenezco al sexo débil (resulta que tampoco me dieron a elegir), en esta entrada me he permitido hablar de mi mayor debilidad. Él se llama Víctor (el porqué del nombre es obvio, de otra forma hubiera sido Aitor o Ireltxo). 
Me he dado cuenta, años después, que cuando pronuncio esas dos palabras: "Hola, tesoro", lo hago de forma inconsciente queriendo decir, en el fondo: "Soy yo. ¿No me reconoces?"