7 de diciembre de 2016

De carne y sueño.

   
A ti no te hace falta esconder el deseo detrás del silencio. Tampoco tu boca necesita reclamar mi dote a los cuatro vientos. Vuelas sin prometer la vida y es tu cuerpo el que se pronuncia de noche, en favor de todos mis bienes gananciales.  Es tu cara  la que me mira de frente sin hacerse pasar por alguien distinto. Eres tú quien pone la geografía bajo el control de tus pasos, no en los de la casualidad, acercando a la mínima expresión cualquier medida de la distancia que nos separe.

Para soñar tengo la hoja en blanco y un puente levadizo del que sólo yo tengo la llave. Lo puedo bajar a mi antojo para que mis héroes de barro entren y conviertan a esta plebeya en la única dueña de todos sus castillos en el aire. Ellos se reducen a la tinta de mis sueños, en los que unas veces me aman y otras no tanto... No saben que tengo las manos libres para ese amor que mi cabeza se inventa. La estantería está llena de versos malabares y trucos de magia que convencen más fácilmente a mi alter ego que sueña. 

       La realidad amanece y rinde pleitesía en mi alcoba que no pide un poema que venga de tu teclado, ni de tu lengua un perdón porque la sarna con gusto no ofende. No tengo que arrancar de tu boca un te amo que suplante la ausencia de ti con bellas cartas postales. No me hace falta mirar detrás de tu foto para destapar mentiras o adivinar un rostro. 

       No voy a liberarte de este amor de carne y sueño. Sólo los hombres que no saben quererme como tú son los que nunca están o simplemente desaparecen.



Imagen por Ayla Michelle.


25 de agosto de 2016

Dos flores y un día.


En el patio de mi casa hay un cactus que vive despacio y solo. Apenas le hablo y él también me ignora, porque en toda su vida no ha florecido. Pertenece a una familia que da su flor una vez al año y se marchita en pocas horas. 

No puede huir. Yo mantengo las distancias, así que tampoco le doy opción a pincharme. Por eso utiliza su esterilidad para hacerse el muerto y el interesante conmigo. Sonrío a los demás cuando sé que él me observa. Es una manera de joderle también y que al menos uno de los dos parezca vivo. 

Esta noche, mientras estaba escribiendo, me sorprendió el cactus. En mi aniversario me regaló las dos primeras flores de su dolorosa existencia.

Me las dio para que aprenda a jugar con ellas, y de paso también contigo. 





*Fotografías de Patxi O.

24 de febrero de 2016

La nana del silencio

Tenía trece años y fue entonces cuando decidí cómo quería vivir el resto de mi vida.
Fotografía extraída de Internet.
Mi padre estaba amenazado de muerte debido a su profesión de policía nacional en los tiempos de la transición democrática, en una ciudad como Pamplona, afectada además por el conflicto de la independencia, con frecuentes episodios de terrorismo. Por este motivo tuvimos que cambiar de residencia varias veces y nos mudamos a diferentes pisos de la misma ciudad. Aquello me afectó profundamente, a pesar de que en mi viejo piso no tenía amigas con las que celebrar los cumpleaños porque ellas no me invitaban. Tampoco tuve besos ni flirteos con chicos, porque yo no quería. Pero igualmente me causó un dolor agudo tener que desprenderme de todo ello; de mis no amigas y de mis no besos. También me costó separarme de las escaleras sin ascensor, del número nueve de mi portal, de la iglesia cuyo tejado fue el primer tobogán de mi infancia (nunca estuve tan cerca de Dios), de los campos de cultivo, de jugar con el rastrojo que deja el verano después de la siega, de masticar granos de trigo hasta que se hicieran chicle en mi boca y de todos los gatos de aquel callejón sin salida.

Tuve que dejar el colegio de monjas en el que estudié desde los cuatro años, y en el que también estudiaba Julia. Ella ni siquiera iba a mi clase, pero jugaba en el mismo equipo de balonmano en que yo ejercía de capitana, porque la mayoría de niñas lo decidieron así en uno de los días más felices de mi infancia, cuando ya todas teníamos diez años y yo era la reina del balón prisionero.

Mi familia quería que continuase estudiando en otro colegio similar, pero que estuviese más cerca de nuestra nueva casa, aunque yo prefería ir al instituto más cercano y me empeñé mucho en ello; en conseguir un objetivo absolutamente mío. Era la primera vez que me obstinaba en defender una teoría de vida frente a las personas que más me querían. Lo deseaba porque tenía la sensación de vivir en una burbuja de cristal, con pocos privilegios, desde luego, pero aislada del pueblo y de la vida rutinaria de la que parecía (en mi opinión) gente normal y que, por otro lado, me atraía con toda la fuerza que tiene la vida sencilla.

Mi existencia comenzaba a estar marcada por un complejo de persona marginada, pero quise enfrentarme a ello y lo hice así, dejando claro que el valor de mi libertad individual ya estaba muy por encima de cualquier complejo de inferioridad. Supongo que mi padre quería rodearme de un entorno social que me resultara menos conflictivo, quizá más fácil, pero yo ansiaba conocer y amar la vida que me había tocado vivir y no la que alguien hubiera deseado para mí, por mucho que me quisiera.

Conseguí convencer a toda mi familia y comencé a estudiar en un instituto público. La contrapartida fue que tuve que dejar los entrenamientos de balonmano. Mis compañeras me buscaron para seguir en el equipo, pero mi madre se negó rotundamente a permitirlo. Los partidos se jugaban el sábado por la mañana, y ese era el día que tenía que ayudarla en las tareas domésticas. Tampoco volví a tocar la guitarra, aunque nadie me lo impidió. Resultó que el silencio ya me cubría la piel de un pudor tan grande que era imposible desnudar la sensibilidad, ni siquiera para mí misma. Mi cuerpo —debajo de la enorme blusa— iba marcando las curvas de una hembra que se vestía escondida y daba la espalda a los espejos. La niña —detrás de mis ojos— comenzó a llorar en sueños.

Me gustaba mucho mi nueva clase del instituto. Después de un mes todos teníamos una etiqueta invisible que nos identificaba. La mía era “La Muda”. En realidad sólo hablaba con mi compañera Cristina, pero los otros cuarenta de la clase de primero de bachillerato no lo sabían. Se trataba de un instituto nuevo al que derivaron también los alumnos fracasados o problemáticos de otros centros, además de todos los asignados por proximidad. Nunca fui una niña conflictiva y mi expediente académico era muy bueno, pero por primera vez sentí que no estaba sola. Había en el mundo gente con sus rarezas, diferentes a la mía, y que además no tenía ningún complejo por ello. Pero todos estaban enfadados con la vida, casi tanto como yo. Eso me hermanaba con la sociedad.

El equipo docente era igualmente variopinto. Me reconfortó tener la opción de estudiar la asignatura de Ética en lugar de Religión, y poder elegir sin consultar a nadie (siempre creí que Dios es una creación del hombre más que el postulado contrario). De todos los profesores el que más me llamaba la atención era el de Historia. Era un hombre joven, delgado, alto y con un porte de elegancia que no escondía a pesar de saber que no encajaba demasiado con el estilo informal y desarreglado que todos llevábamos. Resultó que había sido también profesor en el colegio del Opus en el que siempre estudiaron mis cuatro hermanos. Él también me miraba con asombro, por aquello de no entender en absoluto qué hacía la única hermana (o hija) de una familia, como la mía, en un instituto público. Aunque no conversábamos sobre ello, nos unía la afinidad de saber que ambos nos sentíamos catalogados, por el resto, como personas fuera de sitio.

A todos los docentes les resultaba muy difícil mantener el orden durante las clases. La profesora de Matemáticas se quedaba hablando sola frente a una pizarra en la que no paraba de escribir fórmulas que muy pocos copiábamos. El de Dibujo permanecía sentado mientras esperaba los trabajos que había que ir desarrollando y que al final casi nadie entregaba. El de Historia tenía una táctica diferente que consistía en pedir a un alumno que leyera el tema del día, pero en voz alta. Elegía para ello a los alumnos más charlatanes o distraídos. Al principio funcionaba, pero el silencio no duraba ni dos minutos. Cualquier excusa era buena para romperlo y hacer bromas, ya fuese porque el alumno se trabase al leer o porque diese a la lectura una entonación equivocada, o pausara las comas como puntos y aparte. Un día hubo un cambio en su estrategia. El profesor leyó el título de una separata de cinco folios que decía “El origen del abecedario”, y acto seguido pidió voluntarios para su lectura. Nadie levantó la mano excepto yo. Simplemente el tema me sedujo tanto que fui incapaz de hacer otra cosa que ofrecerme. Me entregó cinco hojas grapadas, y al oír mi propia voz comprobé que mi foco de atención dejaba de distraerse (algo que me sucedía habitualmente cuando alguna novela caía en mis manos). Disfruté la sensación de sumergirme en la Historia de un modo inconsciente. Mis compañeros se quedaron escuchándome hasta el final, quizá porque mi mutismo precedente había sido muy largo y no se esperaban ese gesto de levantar la mano para romperlo.

Al terminar el profesor me dijo que leía muy bien, y que además mi voz tenía una extraña capacidad de captar la sensibilidad y la atención. “Tiene un voz que consuela”, añadió Sofía, una niña que se sentaba en la última fila. Parecía extraño que nadie hiciera después ninguna broma al respecto, como otras veces. Interpreté que el silencio que yo misma había ostentado hasta entonces por inconformismo, ése que había elegido como un modo de protesta frente al dolor, tenía el poder de intensificar el valor de cualquier palabra que hubiese pronunciado a continuación.

En el mes de febrero de aquel curso hubo un intento de golpe de Estado. Los compañeros iban a clase con la radio en el bolsillo. Después la escuchábamos en tono muy bajo, pegada al oído, porque no existían los pequeños auriculares. También se sucedieron varios atentados terroristas, uno de los cuales dejó sin brazos ni piernas a un compañero de mi padre. Las tragedias humanas de la Historia toman perspectiva cuando pasan muchos años, y todo se interpreta de la mejor manera posible por aquella sociedad a la que le tocó vivirlas. Pero eso no sirve de consuelo a los niños. A mí me gustaba abrazar por sorpresa a mi padre. La última vez que lo hice tenía catorce años, cuando ya sabía cómo quería vivir el resto de mi vida. Me escondí detrás del ascensor y me abalancé sobre él. Interpretó que era un ataque, y aunque no pasó nada, se quedó muy asustado con lo que podía haber sucedido.

Sofía dejó de venir al instituto casi al final del curso.

El último día de clase el profesor de Historia se acercó para despedirse, porque se iba a otro instituto al año siguiente. Me dijo que mi voz tenía algo que me hacía trascender. No comprendí nada y tampoco pregunté. No volví a verlo nunca más. Incluso olvidé su nombre.

Al comenzar segundo de Bachillerato supe que Sofía no volvería nunca. Se había suicidado.

Tres décadas después tuve mi único hijo, que nació de forma prematura y con un grave problema de inmadurez pulmonar. Sólo tenía un día y ya se debatía entre la vida y la muerte. Le llamé tesoro y abrió los ojos en señal de respuesta. No podía ver pero reconoció mi voz, y sentí que ésa fue mi forma de salvarle.


No puedo cambiar este modo mío de esconder el dolor detrás del silencio. No puedo rescatar mi guitarra de la cuneta. Sigo sin recordar el nombre de aquel profesor. Pero aún tengo las cuerdas de la voz para cantarle una nana al silencio que me dejó su olvido. Y sé que cuando aparece su recuerdo en forma de hijo, de amigo o de compañero, no dudo ni un instante en levantar la mano y hablar de nuevo. Porque del amor que se muere nadie habla y del dolor que calla nadie sabe. Por eso ofrezco mi garganta como una mano con vocación de rescate de la que brotan las palabras salvavidas. Por eso y porque no sirve de nada callar cuando se trata de despedirse de los seres queridos.

25 de septiembre de 2015

Mis platos pendientes.

Imagen tomada por Julia.

Cuando llegué a aquel piso en Barcelona que compartiría con otros tres estudiantes, no llevaba en la maleta vestidos de noche ni sonrisas de día, ni zapatos de tacón de aguja, ni tenía seguridad para caminar por las calles que me llevasen a esos sitios de copas donde las mujeres guapas iban a divertirse.

Nadie sabrá si fui joven y bella dentro de aquel cuerpo de veintitrés años, que se ocultaba al mundo debajo de pantalones y jerséis con dos tallas por encima.  

En aquel piso la limpieza y la comida se programaban por turnos rotativos, pero la montaña más alta de platos acumulados siempre era la mía. 


Cuando llegué a aquella ciudad no me pintaba los labios ni los ojos, porque jamás tuve la necesidad de maquillar mi tristeza. 

La otra cosa que detestaba, además de fregar, era que me tomaran fotografías.

1 de junio de 2015

El traje de mi abuelo.

Mi abuelo sólo se vestía de traje y corbata cuando el amor llegaba hasta sus hijos y el campanario de su pueblo tocaba a boda. A veces esperaba largos años. Hasta trece de noviazgo esperó cuando se casó mi padre. 

Mi abuelo tenía la piel quemada y agreste como un tizón de lava templado que espera sin prisa en la costa de un mar azul ─como sus ojos─,   para que el atardecer le llame a su puerta con el sonido de una campana y le pregunte por el amor de su vida. 

A mi abuelo le gustaba la montaña y los pájaros y el agua. Al amor también le gusta todo eso.  

Él era manso como un océano que se sabe amado por una mujer que se escapa enfadada a dormir con sus hijas al altillo de la casa, porque ese día está triste. Pero antes de que den las doce en un reloj que no tiene tiempo, ni manillas ni Cenicienta ni calabaza, él sube las escaleras, imperioso, decidido y descalzo de orgullo, como sube la marea en las noches de luna llena, y coge en brazos a su amada para bajarla a su lugar, como quien toma una pluma y la deja en la cama de un dolor y un nido que era de los dos, como es de los dos el silencio que a todos los nuestros nos adolece. 

Nuestro silencio se mete en mi recuerdo como se meten en el suelo las raíces de un árbol milenario que se alimenta de la memoria de un amor enterrado a millones de pies de los míos. Un amor que no necesita palabras ni ojos para saberse desnudo ante una hembra como yo, hecha toda de agua.

Redoblan en nuestra casa las campanas y corro libre entre las grutas de una pizarra dura y gris. Porque me acerco a tu boca sin miedo, para que no se te agote nunca el manantial ni la sed del bien que sé que te hace beberme.

25 de mayo de 2015

La niña de tus ojos.

El primer hijo varón que tuvo mi abuela nació con los ojos vacíos. Huecos como los valles en los que las tórtolas enamoradas tuvieran la libertad de sembrar el fruto de la ausencia. 

Las semillas de lo ausente siempre germinan junto a las mentiras que entierran los necios después de una vida longeva. 

Yo era una niña de sólo cinco años pero con mucha curiosidad por conocer esas cuencas que pedían a gritos dos pupilas. Mi madre me acompañó una vez para verlas. Sólo una. Ella dice que lloré mucho y pensó que estaba asustada. Por eso decidió no llevarme más a aquel manicomio. 

Yo no entendí nada, pero no preguntaba.

Tampoco sabía por qué tenía cuatro tías monjas, ni qué hacía un ciego en un psiquiátrico. 

Y por la misma razón no preguntaba. 

Porque las niñas asumen los acontecimientos tal y como les vienen dados. Eso es lo natural en la infancia. Y donde les manda ir la vida van ellas, acompañadas o sin nadie.  

Pero las niñas se convierten en mujeres, y siempre crecen solas.

Ahora acudo a visitar sus cuencas todos los días. Porque aquella tarde en la que conocí a mi tío, se convirtió en la primera vez que lloré por alguien que no fuese yo misma. Las lágrimas regaron sus ojos y mi soledad, y aquel amor a mí no se me olvida. 

Germinó la vida en este mundo de hormigón, donde las puertas se cierran con tres llaves, los roedores corren y gritan en las cloacas del subsuelo, y las paredes se levantan con ladrillos que esconden la locura del mundo a cal y canto. 

Creció la vida en este manicomio civilizado, donde la ausencia de ver está llena de sombra y el amor se muere siempre de forma prematura, como se mueren todas las flores.

6 de mayo de 2015

Amona

Su recuerdo me transporta a los prados verdes de laderas imposibles, en los que se respira el aire que te prestan las nubes. Donde las personas no tienen sombra, y la luz y el calor se escapan de los caseríos como queriendo buscar su origen  en aquel sol que rara vez asoma. Donde las palabras son poemas que cantan los bertsolaris, que escriben a sus amores en hojas caducas y quedan secas y fermentadas en el olvido, como queda el humus en el suelo de mis bosques.
Su recuerdo me empaña el alma como el aliento de una niña que me observa con la nariz pegada en la ventana de su vida, y escribe mi nombre sobre el vaho de los cristales rotos,  y con su firma quiere elevarme hasta un horizonte hecho de paz labrada en medio de un oscuro silencio, roto con el sonido de esos vidrios que caen y no consiguen borrar su huella.

Pensar en ella es sentir el espejo de su boca hecha de interrogantes. Es notar la levedad del viento que se inyecta por debajo de su falda de casera, mientras ondean sus rizos como cuerdas, y toda ella pareciera el canto de un campanario. Como perseguir en la nieve el camino que dejan sus abarcas negras, y atar con amor sus lazos que cruzan desde su talón ─no de Aquiles─, hasta la cima de sus rodillas que nunca se doblegan.

Es el reflejo en el arroyo de un misterio encerrado en la cuenca de sus ojos, donde las verdades suenan como el eco de aquellos cristales en los que el llanto queda fósil y el dolor es un absurdo.

11 de abril de 2015

Tiramisú

Me encontraba en una playa del Mediterráneo pasando unos días de vacaciones con unas amigas. Nos alojábamos en una autocaravana que yo misma conducía y con la que nos permitíamos elegir las vistas al despertar de nuestras cortas noches, a ser posible cerca del mar. Durante el día nos acercábamos al pueblo más próximo al que íbamos en bicicleta para hacer compras. A menudo comíamos en un restaurante junto al paseo marítimo que nos gustó a las tres desde que llegamos a aquel lugar. Dos días antes de mi regreso, el camarero que ya era de nuestra confianza, me invitó a pasar a la cocina y me presentó a Juan, un cocinero napolitano de ojos muy oscuros y algo tristes, que se acercó para saludarme. Noté como el aire que le rodeaba me traía aromas de vainilla.
―¡Aquí te dejo a la mujer que parte el bacalao en la mesa cinco! ―dijo el camarero abriendo la puerta vaivén, mientras salía con la bandeja de postres para mis amigas.
―Estos días he observado que seleccionas cuidadosamente los platos de la carta ―me dijo Juan―, preguntas primero por el pescado más fresco o la recomendación del cocinero, y según me cuentan eliges tú misma los vinos apropiados para acompañarlos. Me sorprende, sin embargo, que nunca pidas postre o algo dulce antes del té, como hacen tus amigas.
―Es cierto ―respondí sorprendida, pues me llamaba la atención que se hubiera fijado en esos detalles. Cuando acabo de comer me siento llena y prefiero dejar el chocolate para disfrutarlo solo, en otro momento. Por la mañana, por ejemplo.
―Me gustaría invitarte a cenar, Jone. En mi casa, me refiero. ¿Qué me dices?

Siempre me han gustado los hombres directos pero hay ocasiones en las que me quedo sin recursos ni palabras. Ésta era una de ellas. No sé ―contesté―. Todavía no hemos salido ningún día, nosotros dos. Ir a tu casa me da reparo ―respondí al tiempo que pensaba: mierda, yo siempre tan decente.
―Si no te he invitado antes es porque trabajo todos los días. Pero esta noche descanso. Tengo un interés especial en enseñarte a preparar el tiramisú. Es mi especialidad y todavía no lo has probado. Venga  ¿Aceptas?
―De acuerdo. Me encanta cocinar ―mentira podrida, me dije para mis adentros.
―Pues yo vivo en el número 7 de esta misma calle. En el segundo piso ―hablaba mientras miraba por la ventana y señalaba con su dedo índice rebozado de harina, el portal de su casa―. ¿Vienes a las siete, entonces?
―Muy bien. Ahí estaré. Te advierto que vengo en bici ―qué bobadas tienes, Jone, pensé de nuevo, por él como si vas volando y en escoba.

Mis amigas estaban algo extrañadas, y con razón. Hasta el momento habían sido bastantes los hombres que nos habían invitado a salir, pero todo era mucho más frío y sin preámbulos. Los hombres de este lugar no conocen el significado de la palabra preliminares. Así que no te encapriches con Juan ―me recomendaba Sandra―, me da que va a ser gay o que está casado. Seguro que algo esconde.

Al llegar a casa de Juan me saludó como si no nos hubiéramos separado desde el mediodía, cuando nos habíamos conocido. Me prestó un delantal y al colocármelo alrededor del cuello noté un agradable olor a sándalo. 
Date la vuelta―dijo con un tono firme pero dulce.
Hasta ese momento no había reparado en su voz envolvente y seductora. Lo cierto es que me giré pensando en recibir un abrazo, de esos que se aproximan por la espalda, que te abrigan con las manos hacia el vientre, momento en el que me suelo derretir como la mantequilla. Pero no. Sencillamente me ató el delantal por detrás con un simple lazo.
―¿Preparada, ragazza?
―Sí,sí, claro ―respondí―. Me parece a mí que he venido demasiado preparada para cocinar. Lo digo por el vestido.
―Estás preciosa ―afirmó Juan ante mis dudas―. Lo más importante de este plato, como de todo en esta vida, es una buena base. Se trata de un bizcocho en finas láminas. Puede ser brioche o mejor aún melindros, como éstos, ¿anotas?
―Disculpa, ¿pero he de tomar nota con bolígrafo?
―En absoluto, Jone. La receta del tiramisú es como el amor verdadero; no se olvida nunca. Este es un postre que no requiere horno, pero se elabora con mucho, mucho calor continuó hablando como quien recita un poema. Primero preparamos la crema sabayón, a base de yemas, azúcar glass y ron. Todo al baño maría. Con esta cuchara das vueltas y quedará una salsa tan fina como unas natillas. Después lo mezclamos con el queso mascarpone y con las claras bien batidas a punto de nieve.

Justo al terminar de pronunciar la palabra nieve, Juan se me acercó nuevamente por detrás. Con su mano derecha sujetaba con firmeza la cuchara, y me ayudaba a dar vueltas, mientras su mano izquierda permanecía apoyada en mi cadera.

No podré resistirme pensaba yo― como esto siga así. Me lanzaré antes de tiempo y el postre no terminará bien. Terminar la receta, se entiende, porque a él me lo iba a acabar enterito hasta que se acordase de mis huesos de por vida. Pero me contuve ―una vez más―, y se sucedieron capas de melindros emborrachados de café y salsa sabayón; una él, y otra yo. Y por encima de la última crema, un espolvoreado de cacao que él repartió con la ayuda de un colador. 

De repente, otra vez, se acercó por detrás (y algo me dijo que ya me tenía muy calada), con un botecito en la mano. 

Agrégale una pizca de canela molida, Jone, me pidió mientras me daba un beso en el cuello y me preguntaba suavemente ¿Te gusta?, y acto seguido, otro en la mejilla.

Yo no supe si la pregunta se refería al tiramisú, a la canela, al momento, a su casa, a él. Así que decidí responder ampliamente, sin especificar.

―Sí. Me gusta mucho, todo ―contesté un poco exagerada, tal como yo soy cuando no quiero especificar.

Después nos sentamos para cenar. Él había preparado antes uno de mis platos favoritos: bacalao al estilo portugués, que tenía una pinta estupenda. Al lado colocó una tabla de patés. Abrió una botella de vino blanco Chardonnay. Y entonces fui realmente consciente de que Juan me había observado desde el primer día, y que ya conocía mis gustos como nadie.
―Ahora el postre ¿no? ―pregunté dando por hecho que era para lo que había venido.
―No, niña ―me respondió. El tiramisú tiene que estar en reposo en la nevera hasta mañana. Además, tú nunca sueles tomar nada después de cenar o comer. Así que el tiramisú lo pensaba reservar para desayunar. Si es que quieres quedarte conmigo.

A la mañana siguiente me desperté y Juan ya no estaba en la habitación. Sobre la cama me había dejado una camiseta masculina de algodón, a modo de pijama. Me la puse y me acerqué a la cocina. Olía a té recién hecho y el tiramisú estaba sobre la mesa. Sentí una música de fondo y entonces apareció él.
―Buenos días, ¿Has dormido bien?
―De maravilla ―contesté al mismo tiempo que me levantaba de la silla para saludarle con un beso.
Después, mientras saboreaba el postre, la música me iba despertando a la vida. Alguien cantaba Ojos verdes, y yo soñaba que era para mí. También pudo ser una simple casualidad. 
O tal vez fue un sueño.

26 de febrero de 2015

A todos mis no-es

Fotos de Idoia

Vosotros, los que sabéis vivir, contáis los amores por pares o quizá los neguéis por pudor. Los tuvisteis por amantes, por novios, por esposos o por olvidos. Mi historia no es como la vuestra, y tengo clavado en el recuerdo lo que me negó la vida. Por eso cuento mis amores por noes y me duelen igual que si hubieran sido. El no al beso primero con once años detrás de la Iglesia. El no con trece al chico más guapo que dejó a tres novias por mí para después no tener opción de besarse conmigo. El "no pudo ser" con catorce al fotógrafo de revista de moda. El no con quince al chico que me acompañó hasta casa y no pasó de la puerta. El que estudiaba arquitectura y no insistió dos veces, y el que fue drogadicto y se murió antes de insistir. El escalador pelirrojo que no logró culminar la cima. El actor al que no le dije sí, ni por ficción. El no de un día al mecánico. El no al amigo casado, al pianista de Roma, al chico del cine que me esperó en la puerta, al médico que conocí en la biblioteca, y a todos los noes que se me nublan. 


Pero el deseo negado me ardió por dentro, y se me enquistaron las cenizas en el alma que nunca resurgieron como el Fénix, porque las arrastró la lluvia. Y la vida no me prestó agua para sofocar el fuego. No me dio granero, ni fuente, ni debajo del árbol, ni detrás del portal,  ni lecho, ni zarzal, ni camino. Sólo me dio manantial de lágrimas, alquitrán en las alas, temblor de beso deforme, margarita deshojada, bala inquisidora que me alcanzó el corazón y dedo acusador que me levantó sus muros.


9 de febrero de 2015

¿Cuántos somos?

Julen es el más cercano a mí de todos mis hermanos. Cercano por fecha de nacimiento y también por otras cuestiones del alma. Algunos vecinos nos llamaban Los Gemelos. A él le tocó explicarme cómo funcionan las matemáticas durante la infancia, y a mí me tocó comprender a través de él las cosas importantes de la vida que no se pueden explicar porque no siguen la lógica de ningún teorema. Me enseñó cómo se ama y se odia esa cicatriz nuestra que nunca se cierra del todo y que caracteriza a todos los que son de la estirpe de los nuestros; los que tienen un lugar alrededor de mi mesa y la de mis hermanos. 
La nuestra es una mesa que está marcada, como marcada está la madre de mi hogar, que no se sienta a comer con nosotros, que también llevamos su misma marca. Ella insiste en repartir la comida con una vocación incansable de servir a los demás, los suyos. La misma vocación que intenta esconder detrás de un orgullo que se labró como una máscara que aún hoy utiliza como una coraza para defenderse de los otros, los ajenos a la cicatriz de la que se enamoró mi padre, porque hay cicatrices que seducen de por vida.  

Mi madre comía sola en la cocina y a día de hoy sigue comiendo sola, porque ella nunca se ha sentado en la mesa con nosotros. Es una costumbre que le impusieron desde niña, ésa de tener que comer apartada de una familia que no era la suya. Y como sucede con todo lo aprendido antes de perder la inocencia, lo sigue manteniendo vivo como un ritual, quizá en un intento de negarse a cerrar su cicatriz, ésa que le ha dado sentido a su vida y también a la nuestra. 

Recuerdo a mis cuatro hermanos sentados conmigo alrededor de la mesa. Ellos comían mucho y además su paciencia era infinitamente menor que la mía, así que desde niña me acostumbré a que me sirvieran la última e hice de ello una vocación, ésa de que los últimos serán los primeros.  

─¿Cuántos somos? ─era lo primero que preguntaba Julen antes de sentarnos para comer, con la intención de dividir raciones a partes iguales.
─Todos menos Papá ─contestaba mi madre.
Entonces Julen calculaba el volumen de sopa que había en la olla y el número de cazos que teníamos que poner en el plato. También contaba los filetes y lo dividía todo entre cinco.
─Son tres filetes rebozados para cada uno ─decía mientras hincaba el tenedor a los tres más grandes que veía en la bandeja─. Ione, ¿me das uno de los tuyos?
─Claro que sí. Es para ti ─le respondía─. Pero después me tienes que ayudar con las mates. Me pierdo con la superficie del hexágono.
─¡Come despacio, Julen! ─insistía mi madre, siempre preocupada por esa forma compulsiva de engullir.

El dolor del alma no cabe en el cuerpo de un niño, y tarde o temprano rebosa. Julen era muy callado y las palabras no le servían como válvula de escape, por eso tragaba con ansia hasta que no podía más. En algunas ocasiones incluso llegaba a vomitar. Tal vez su cuerpo de niño encontraba así la manera de expulsar con el vómito todo el dolor que no le cabía dentro. Él tampoco encontraba las palabras adecuadas para hacerme entender las fórmulas matemáticas, ni podía transmitirme la física del movimiento de la Tierra. Y ese dolor suyo no se acomodaba conmigo. Se me indigestaba. Por eso cada día tenía menos hambre y cada vez comía menos.
Después de cuarenta años a mi hermano Julen aún le gusta contar los que somos. Además es un superdotado para las matemáticas, y aunque ya casi nunca estoy en la mesa, él siempre cuenta conmigo.