24 de marzo de 2016

Mi puzle.

No era la primera vez que sucedía. Primero se anunciaba con los movimientos bruscos e impredecibles de su cuerpo, y de esta forma se anticipaba súbitamente a las palabras que luego soltaba.   A primera vista podía resultar un hombre impulsivo, pero todo cuanto decía había estado profundamente meditado, como en un torbellino de pensamientos hermosos, de cuya belleza él no era consciente. Su voz era como un tornado que arrancaba los sentimientos de su interior con la fuerza de un cincel en la piedra. Pero siempre los acompañaba de palabras que me empeñé en aprender a leer y ordenar en un puzle.

 Cada encuentro resultaba ofensivo y halagador al mismo tiempo. En ellos me entregaba retales hechos de sacudidas y palabras. Una vez me cegó la ira al escuchar que yo le recordaba mucho a su primera mujer. Sólo sentí la rabia con la que se refería a su primer dolor, y aquel golpe me desarmó todo el rompecabezas. “Yo tampoco soy tan mala”, pensé. Después volví al punto de partida y seguí trabajando en la reconstrucción empezando de cero. Para ello no utilicé la memoria sino el corazón. Por eso el paisaje que se iba dibujando no se parecía en absoluto al primero. Volví a recordar aquel día en el que me calificó, insidiosamente, como la típica mujer que gustaba a todos. Así que me dieron ganas de desarmarlo todo y largarme. Pero encajé la frase en otro contexto, en otro lugar del puzle, y pensé que él también podía estar incluido en el grupo que contiene a la palabra todos, por una simple cuestión de coherencia matemática.

Al colocar la última pieza comprobé que era muy hermoso parecerme a una persona de la que él se había enamorado treinta años antes. “Te pareces mucho a mi primera mujer” es una frase que está cargada de bellos significados y probablemente es el piropo más hermoso que me haya disparado nadie.