31 de marzo de 2016

Mi lavanda.

Imagen por Idoia Laurenz.
A mí me toca el amor exiliado antes de nacer. Ése que duerme en camas ajenas. Uno que crece a años luz de la poesía. Me tocan todos los inviernos que sirvan para ponerlo a prueba. Me toca esperar al lado contrario en el que la lujuria se sirve con mantel y mesa. 

A él le llegan las mentiras que se le abren de piernas en el frío de la noche. Las que le abrigan el pecho y luego se le despiertan con el disfraz de la certeza. A él le toca regresar de vacío y con el alma en los huesos. A mí distinguirlo entre mil, porque se le ha quedado en el pelo el olor de la tierra con sus flores de lavanda.

Estamos hechos el uno para el otro (el amor y yo). Nos quedamos con la verdad por muy febril que parezca. Le hacemos un hueco en el ático, aunque esté sucia, desnuda y enferma, y sólo pida un rincón en el que sea posible descansar en paz, sin el ruido de las bombas de la antinaturaleza.