24 de febrero de 2016

La nana del silencio

Tenía trece años y fue entonces cuando decidí cómo quería vivir el resto de mi vida.
Fotografía extraída de Internet.
Mi padre estaba amenazado de muerte debido a su profesión de policía nacional en los tiempos de la transición democrática, en una ciudad como Pamplona, afectada además por el conflicto de la independencia, con frecuentes episodios de terrorismo. Por este motivo tuvimos que cambiar de residencia varias veces y nos mudamos a diferentes pisos de la misma ciudad. Aquello me afectó profundamente, a pesar de que en mi viejo piso no tenía amigas con las que celebrar los cumpleaños porque ellas no me invitaban. Tampoco tuve besos ni flirteos con chicos, porque yo no quería. Pero igualmente me causó un dolor agudo tener que desprenderme de todo ello; de mis no amigas y de mis no besos. También me costó separarme de las escaleras sin ascensor, del número nueve de mi portal, de la iglesia cuyo tejado fue el primer tobogán de mi infancia (nunca estuve tan cerca de Dios), de los campos de cultivo, de jugar con el rastrojo que deja el verano después de la siega, de masticar granos de trigo hasta que se hicieran chicle en mi boca y de todos los gatos de aquel callejón sin salida.

Tuve que dejar el colegio de monjas en el que estudié desde los cuatro años, y en el que también estudiaba Julia. Ella ni siquiera iba a mi clase, pero jugaba en el mismo equipo de balonmano en que yo ejercía de capitana, porque la mayoría de niñas lo decidieron así en uno de los días más felices de mi infancia, cuando ya todas teníamos diez años y yo era la reina del balón prisionero.

Mi familia quería que continuase estudiando en otro colegio similar, pero que estuviese más cerca de nuestra nueva casa, aunque yo prefería ir al instituto más cercano y me empeñé mucho en ello; en conseguir un objetivo absolutamente mío. Era la primera vez que me obstinaba en defender una teoría de vida frente a las personas que más me querían. Lo deseaba porque tenía la sensación de vivir en una burbuja de cristal, con pocos privilegios, desde luego, pero aislada del pueblo y de la vida rutinaria de la que parecía (en mi opinión) gente normal y que, por otro lado, me atraía con toda la fuerza que tiene la vida sencilla.

Mi existencia comenzaba a estar marcada por un complejo de persona marginada, pero quise enfrentarme a ello y lo hice así, dejando claro que el valor de mi libertad individual ya estaba muy por encima de cualquier complejo de inferioridad. Supongo que mi padre quería rodearme de un entorno social que me resultara menos conflictivo, quizá más fácil, pero yo ansiaba conocer y amar la vida que me había tocado vivir y no la que alguien hubiera deseado para mí, por mucho que me quisiera.

Conseguí convencer a toda mi familia y comencé a estudiar en un instituto público. La contrapartida fue que tuve que dejar los entrenamientos de balonmano. Mis compañeras me buscaron para seguir en el equipo, pero mi madre se negó rotundamente a permitirlo. Los partidos se jugaban el sábado por la mañana, y ese era el día que tenía que ayudarla en las tareas domésticas. Tampoco volví a tocar la guitarra, aunque nadie me lo impidió. Resultó que el silencio ya me cubría la piel de un pudor tan grande que era imposible desnudar la sensibilidad, ni siquiera para mí misma. Mi cuerpo —debajo de la enorme blusa— iba marcando las curvas de una hembra que se vestía escondida y daba la espalda a los espejos. La niña —detrás de mis ojos— comenzó a llorar en sueños.

Me gustaba mucho mi nueva clase del instituto. Después de un mes todos teníamos una etiqueta invisible que nos identificaba. La mía era “La Muda”. En realidad sólo hablaba con mi compañera Cristina, pero los otros cuarenta de la clase de primero de bachillerato no lo sabían. Se trataba de un instituto nuevo al que derivaron también los alumnos fracasados o problemáticos de otros centros, además de todos los asignados por proximidad. Nunca fui una niña conflictiva y mi expediente académico era muy bueno, pero por primera vez sentí que no estaba sola. Había en el mundo gente con sus rarezas, diferentes a la mía, y que además no tenía ningún complejo por ello. Pero todos estaban enfadados con la vida, casi tanto como yo. Eso me hermanaba con la sociedad.

El equipo docente era igualmente variopinto. Me reconfortó tener la opción de estudiar la asignatura de Ética en lugar de Religión, y poder elegir sin consultar a nadie (siempre creí que Dios es una creación del hombre más que el postulado contrario). De todos los profesores el que más me llamaba la atención era el de Historia. Era un hombre joven, delgado, alto y con un porte de elegancia que no escondía a pesar de saber que no encajaba demasiado con el estilo informal y desarreglado que todos llevábamos. Resultó que había sido también profesor en el colegio del Opus en el que siempre estudiaron mis cuatro hermanos. Él también me miraba con asombro, por aquello de no entender en absoluto qué hacía la única hermana (o hija) de una familia, como la mía, en un instituto público. Aunque no conversábamos sobre ello, nos unía la afinidad de saber que ambos nos sentíamos catalogados, por el resto, como personas fuera de sitio.

A todos los docentes les resultaba muy difícil mantener el orden durante las clases. La profesora de Matemáticas se quedaba hablando sola frente a una pizarra en la que no paraba de escribir fórmulas que muy pocos copiábamos. El de Dibujo permanecía sentado mientras esperaba los trabajos que había que ir desarrollando y que al final casi nadie entregaba. El de Historia tenía una táctica diferente que consistía en pedir a un alumno que leyera el tema del día, pero en voz alta. Elegía para ello a los alumnos más charlatanes o distraídos. Al principio funcionaba, pero el silencio no duraba ni dos minutos. Cualquier excusa era buena para romperlo y hacer bromas, ya fuese porque el alumno se trabase al leer o porque diese a la lectura una entonación equivocada, o pausara las comas como puntos y aparte. Un día hubo un cambio en su estrategia. El profesor leyó el título de una separata de cinco folios que decía “El origen del abecedario”, y acto seguido pidió voluntarios para su lectura. Nadie levantó la mano excepto yo. Simplemente el tema me sedujo tanto que fui incapaz de hacer otra cosa que ofrecerme. Me entregó cinco hojas grapadas, y al oír mi propia voz comprobé que mi foco de atención dejaba de distraerse (algo que me sucedía habitualmente cuando alguna novela caía en mis manos). Disfruté la sensación de sumergirme en la Historia de un modo inconsciente. Mis compañeros se quedaron escuchándome hasta el final, quizá porque mi mutismo precedente había sido muy largo y no se esperaban ese gesto de levantar la mano para romperlo.

Al terminar el profesor me dijo que leía muy bien, y que además mi voz tenía una extraña capacidad de captar la sensibilidad y la atención. “Tiene un voz que consuela”, añadió Sofía, una niña que se sentaba en la última fila. Parecía extraño que nadie hiciera después ninguna broma al respecto, como otras veces. Interpreté que el silencio que yo misma había ostentado hasta entonces por inconformismo, ése que había elegido como un modo de protesta frente al dolor, tenía el poder de intensificar el valor de cualquier palabra que hubiese pronunciado a continuación.

En el mes de febrero de aquel curso hubo un intento de golpe de Estado. Los compañeros iban a clase con la radio en el bolsillo. Después la escuchábamos en tono muy bajo, pegada al oído, porque no existían los pequeños auriculares. También se sucedieron varios atentados terroristas, uno de los cuales dejó sin brazos ni piernas a un compañero de mi padre. Las tragedias humanas de la Historia toman perspectiva cuando pasan muchos años, y todo se interpreta de la mejor manera posible por aquella sociedad a la que le tocó vivirlas. Pero eso no sirve de consuelo a los niños. A mí me gustaba abrazar por sorpresa a mi padre. La última vez que lo hice tenía catorce años, cuando ya sabía cómo quería vivir el resto de mi vida. Me escondí detrás del ascensor y me abalancé sobre él. Interpretó que era un ataque, y aunque no pasó nada, se quedó muy asustado con lo que podía haber sucedido.

Sofía dejó de venir al instituto casi al final del curso.

El último día de clase el profesor de Historia se acercó para despedirse, porque se iba a otro instituto al año siguiente. Me dijo que mi voz tenía algo que me hacía trascender. No comprendí nada y tampoco pregunté. No volví a verlo nunca más. Incluso olvidé su nombre.

Al comenzar segundo de Bachillerato supe que Sofía no volvería nunca. Se había suicidado.

Tres décadas después tuve mi único hijo, que nació de forma prematura y con un grave problema de inmadurez pulmonar. Sólo tenía un día y ya se debatía entre la vida y la muerte. Le llamé tesoro y abrió los ojos en señal de respuesta. No podía ver pero reconoció mi voz, y sentí que ésa fue mi forma de salvarle.


No puedo cambiar este modo mío de esconder el dolor detrás del silencio. No puedo rescatar mi guitarra de la cuneta. Sigo sin recordar el nombre de aquel profesor. Pero aún tengo las cuerdas de la voz para cantarle una nana al silencio que me dejó su olvido. Y sé que cuando aparece su recuerdo en forma de hijo, de amigo o de compañero, no dudo ni un instante en levantar la mano y hablar de nuevo. Porque del amor que se muere nadie habla y del dolor que calla nadie sabe. Por eso ofrezco mi garganta como una mano con vocación de rescate de la que brotan las palabras salvavidas. Por eso y porque no sirve de nada callar cuando se trata de despedirse de los seres queridos.