12 de septiembre de 2015

Tu bicicleta

Marina se dedicaba a gestionar la asistencia a niños de familias desestructuradas, cuyos padres estaban afectados por problemas de muy diversa índole, y para los que la falta de recursos económicos, el alcoholismo o los trastornos psicológicos severos, era algo que se heredaba de una generación a otra de forma natural, como se heredan los rizos del cabello, la línea de las cejas o el color de los ojos. La conocí a través de un proyecto social que ella intentaba implantar en mi barrio, un lugar en el que la construcción de edificios de pisos de alto standing fue ocupando terreno hasta colindar con las casas más humildes de la ciudad.  
La implicación de Marina para ayudar a estos niños iba mucho más allá de su compromiso laboral. La alegría con la que compartía sus experiencias y su escaso tiempo libre, fue algo que rápidamente me conquistó. Por ese motivo quise participar como voluntaria junto a ella y colaborar durante los tres meses en los que tuve que residir de nuevo en Pamplona, en mi casa familiar. Después de ese tiempo debía regresar a Barcelona para desempeñar mi trabajo por contrato indefinido.
Marina era extrovertida y muy amigable. Le gustaba disfrutar de la noche y salir a bailar los fines de semana. Me invitó a quedar con ella en varias ocasiones, y finalmente acepté. Un viernes por la noche acordamos encontrarnos a las doce en el Subsuelo, un local de moda de esos que la juventud frecuentaba para beber mucho y ligar poco, porque lo cierto es que Pamplona, al menos en aquella época, era una ciudad muy tradicional en sus costumbres a la hora del cortejo y la diversión. 
Al llegar a nuestro punto de encuentro, me paré en la puerta del bar y vi que Marina estaba hablando con un grupo de amigas, junto a la barra. Al bajar las escaleras que daban acceso al local, un joven que me pareció muy atractivo,  me dedicó unas palabras en voz alta:

–Me he enamorado de ti nada más verte –dijo con una sonrisa pícara, mientras me clavaba la mirada, esperando con curiosidad mi reacción a su comentario.

Era la primera vez que alguien me decía algo así, y también la primera vez que un hombre tan guapo dejaba patente que se había fijado en mí. Quizás había más chicos de la facultad o del vecindario, que habían flirteado conmigo, pero de una forma sutil, o en todo caso imperceptible para mí en aquella época, dominada por mi actitud tímida y mi forma cabizbaja de caminar por la vida. Pero en esa ocasión las palabras de aquel chico fueron altas y claramente dirigidas a despertarme del letargo. Al ver sus ojos se me disparó el corazón y me temblaron las piernas. En ese momento me sentí preocupada por no tropezar, aunque lo más evidente para él, fue mi incapacidad de sostenerle la mirada, así que rápidamente bajé la vista al suelo en un gesto inconsciente. Me pareció divertido que un hombre se me acercase para vacilar, sin ninguna otra intención que la de sacarme una sonrisa. Pero lo cierto es que no pude sonreírle, y seguí caminando hasta encontrarme con mi amiga.

–Disculpa el retraso –le comenté a Marina casi gritando, porque la música estaba tan alta que era imposible dialogar.
–No pasa nada –respondió ella–. Estamos muy a gusto y ni siquiera me he fijado en la hora. Pídete una cerveza y después vamos todos hacia las escaleras, que allí hay menos ruido y al menos se puede hablar.

   Nos sentamos en los últimos escalones. Casi no participé de la conversación que mantenía el grupo. Incluso me incomodaba estar ahí, porque sentía que mi vestimenta no era la adecuada para una joven de veinticuatro años. No me maquillaba en absoluto y tampoco usaba esos perfumes que todas las demás parecían coleccionar en su cuarto de baño. Me acomplejaba mucho esa imagen mía de parecer ausente, no sólo en esa ocasión, sino en cualquier lugar y circunstancia social o familiar de mi vida.

   Hubo un momento en el que Marina se levantó para saludar al mismo joven que "se había enamorado de mí" diez minutos antes.

–Mira, Ione, te presento a mi hermano Aitor –comentó mientras apoyaba el brazo alrededor de su cuello.
–Encantada de conocerte –le dije intentando disimular mi rubor.
–El gusto es mío –respondió al mismo tiempo que él tomaba la iniciativa para saludarme con dos besos.
–Os parecéis mucho, ¿sois mellizos? –dije por decir algo, ya que era evidente que tampoco tenía mucha habilidad para el ligoteo.
–En realidad nacimos el mismo año –respondió–, yo en enero y mi hermana en diciembre, así que se puede decir que soy el mayor, aunque por muy poco. Incluso coincidimos en la escuela primaria en la misma clase.
–Qué curioso –comenté–, también tengo un  hermano que tiene un año más que yo, al que me gusta llamarle mi gemelo.

   Aitor permaneció con todo el grupo durante el resto de la noche. Pude comprobar que  se acercó por lo menos a otras tres chicas desconocidas (o eso supuse), y justo en el momento que pasaban a su lado y sin ocultar su desparpajo, les decía:

–Me he enamorado de ti nada más verte.

  Aquello me hizo reír a carcajadas. Me pareció que todas habían tenido una reacción muy parecida a la mía, y me reí porque me sentía ridícula e ilusa, al haber imaginado por un momento que lo mío con él podía ser algo distinto.
–¡Cuántas veces te enamoras tú en una sola noche! ¿No? –le pregunté a Aitor.
–Pero de ninguna como de ti, Leyre –me respondió él.
–Ione –añadí con cara de póker, porque el detalle de confundirme el nombre no me hizo tanta gracia–. Me llamo Ione, que no se te olvide –insistí de nuevo.

   Aunque desde ese momento comencé a sentirme nadie. Me fui al lavabo y me miré en el espejo para cerciorarme de ello. Me llevé el pulgar a la boca y me lamí las heridas. Tenía los dedos doloridos a causa de la piel en carne viva que rodeaba todas mis uñas mordisqueadas. Sólo me gustaba mi pelo, pero esa me pareció una razón suficiente para salir ahí afuera e intentar ser alguien.

   Aitor me observaba sin asediarme, a media distancia, analizando mis movimientos sin que resultara demasiado evidente. En alguna otra ocasión se dirigió a mí llamándome Leyre. No supe si lo hacía porque no se acordaba de mi nombre o porque era su segunda táctica para ligar conmigo –y con todas al parecer–. Sólo le corregí el error la primera vez y después me limité a permitirle que me llamara como él quisiera, porque tenía esa capacidad de atraerme y molestarme a partes iguales, cosa que mantenía vivo el interés mutuo.

   Poco tiempo después de las presentaciones Aitor era mi amante, algo que no se supo en nuestro entorno porque ambos preferimos mantenerlo oculto. No obstante, regresé a Barcelona tal y como tenía previsto, y nuestra relación continuó a pesar del inconveniente de la distancia, y las visitas de mi novio fueron más frecuentes a medida que se iba consolidando la complicidad entre ambos. 

   Dos años después me encontré aparcada la bicicleta de Aitor junto al portal de mi casa.  Con ella se había traído todo su mundo para instalarlo al lado del mío. Me confesó que se había enamorado de mí, justo el día en el que nos conocimos, porque de todas aquellas mujeres a las que vaciló esa noche, fui la única que bajó la mirada al suelo.
   Hubo muchos momentos de nuestra convivencia en los que Aitor fue testigo de mi tendencia a la soledad y mi sentimiento de tristeza. Entonces, se acercaba hasta mi oído y me susurraba dulcemente con la intención de seducirme.

–¿Echamos un polvo, Leyre?


Imagen por Idoia Laurenz