25 de mayo de 2015

La niña de tus ojos.

El primer hijo varón que tuvo mi abuela nació con los ojos vacíos. Huecos como los valles en los que las tórtolas enamoradas tuvieran la libertad de sembrar el fruto de la ausencia. 

Las semillas de lo ausente siempre germinan junto a las mentiras que entierran los necios después de una vida longeva. 

Yo era una niña de sólo cinco años pero con mucha curiosidad por conocer esas cuencas que pedían a gritos dos pupilas. Mi madre me acompañó una vez para verlas. Sólo una. Ella dice que lloré mucho y pensó que estaba asustada. Por eso decidió no llevarme más a aquel manicomio. 

Yo no entendí nada, pero no preguntaba.

Tampoco sabía por qué tenía cuatro tías monjas, ni qué hacía un ciego en un psiquiátrico. 

Y por la misma razón no preguntaba. 

Porque las niñas asumen los acontecimientos tal y como les vienen dados. Eso es lo natural en la infancia. Y donde les manda ir la vida van ellas, acompañadas o sin nadie.  

Pero las niñas se convierten en mujeres, y siempre crecen solas.

Ahora acudo a visitar sus cuencas todos los días. Porque aquella tarde en la que conocí a mi tío, se convirtió en la primera vez que lloré por alguien que no fuese yo misma. Las lágrimas regaron sus ojos y mi soledad, y aquel amor a mí no se me olvida. 

Germinó la vida en este mundo de hormigón, donde las puertas se cierran con tres llaves, los roedores corren y gritan en las cloacas del subsuelo, y las paredes se levantan con ladrillos que esconden la locura del mundo a cal y canto. 

Creció la vida en este manicomio civilizado, donde la ausencia de ver está llena de sombra y el amor se muere siempre de forma prematura, como se mueren todas las flores.