11 de abril de 2015

Tiramisú

Me encontraba en una playa del Mediterráneo pasando unos días de vacaciones con unas amigas. Nos alojábamos en una autocaravana que yo misma conducía y con la que nos permitíamos elegir las vistas al despertar de nuestras cortas noches, a ser posible cerca del mar. Durante el día nos acercábamos al pueblo más próximo al que íbamos en bicicleta para hacer compras. A menudo comíamos en un restaurante junto al paseo marítimo que nos gustó a las tres desde que llegamos a aquel lugar. Dos días antes de mi regreso, el camarero que ya era de nuestra confianza, me invitó a pasar a la cocina y me presentó a Juan, un cocinero napolitano de ojos muy oscuros y algo tristes, que se acercó para saludarme. Noté como el aire que le rodeaba me traía aromas de vainilla.
―¡Aquí te dejo a la mujer que parte el bacalao en la mesa cinco! ―dijo el camarero abriendo la puerta vaivén, mientras salía con la bandeja de postres para mis amigas.
―Estos días he observado que seleccionas cuidadosamente los platos de la carta ―me dijo Juan―, preguntas primero por el pescado más fresco o la recomendación del cocinero, y según me cuentan eliges tú misma los vinos apropiados para acompañarlos. Me sorprende, sin embargo, que nunca pidas postre o algo dulce antes del té, como hacen tus amigas.
―Es cierto ―respondí sorprendida, pues me llamaba la atención que se hubiera fijado en esos detalles. Cuando acabo de comer me siento llena y prefiero dejar el chocolate para disfrutarlo solo, en otro momento. Por la mañana, por ejemplo.
―Me gustaría invitarte a cenar, Jone. En mi casa, me refiero. ¿Qué me dices?

Siempre me han gustado los hombres directos pero hay ocasiones en las que me quedo sin recursos ni palabras. Ésta era una de ellas. No sé ―contesté―. Todavía no hemos salido ningún día, nosotros dos. Ir a tu casa me da reparo ―respondí al tiempo que pensaba: mierda, yo siempre tan decente.
―Si no te he invitado antes es porque trabajo todos los días. Pero esta noche descanso. Tengo un interés especial en enseñarte a preparar el tiramisú. Es mi especialidad y todavía no lo has probado. Venga  ¿Aceptas?
―De acuerdo. Me encanta cocinar ―mentira podrida, me dije para mis adentros.
―Pues yo vivo en el número 7 de esta misma calle. En el segundo piso ―hablaba mientras miraba por la ventana y señalaba con su dedo índice rebozado de harina, el portal de su casa―. ¿Vienes a las siete, entonces?
―Muy bien. Ahí estaré. Te advierto que vengo en bici ―qué bobadas tienes, Jone, pensé de nuevo, por él como si vas volando y en escoba.

Mis amigas estaban algo extrañadas, y con razón. Hasta el momento habían sido bastantes los hombres que nos habían invitado a salir, pero todo era mucho más frío y sin preámbulos. Los hombres de este lugar no conocen el significado de la palabra preliminares. Así que no te encapriches con Juan ―me recomendaba Sandra―, me da que va a ser gay o que está casado. Seguro que algo esconde.

Al llegar a casa de Juan me saludó como si no nos hubiéramos separado desde el mediodía, cuando nos habíamos conocido. Me prestó un delantal y al colocármelo alrededor del cuello noté un agradable olor a sándalo. 
Date la vuelta―dijo con un tono firme pero dulce.
Hasta ese momento no había reparado en su voz envolvente y seductora. Lo cierto es que me giré pensando en recibir un abrazo, de esos que se aproximan por la espalda, que te abrigan con las manos hacia el vientre, momento en el que me suelo derretir como la mantequilla. Pero no. Sencillamente me ató el delantal por detrás con un simple lazo.
―¿Preparada, ragazza?
―Sí,sí, claro ―respondí―. Me parece a mí que he venido demasiado preparada para cocinar. Lo digo por el vestido.
―Estás preciosa ―afirmó Juan ante mis dudas―. Lo más importante de este plato, como de todo en esta vida, es una buena base. Se trata de un bizcocho en finas láminas. Puede ser brioche o mejor aún melindros, como éstos, ¿anotas?
―Disculpa, ¿pero he de tomar nota con bolígrafo?
―En absoluto, Jone. La receta del tiramisú es como el amor verdadero; no se olvida nunca. Este es un postre que no requiere horno, pero se elabora con mucho, mucho calor continuó hablando como quien recita un poema. Primero preparamos la crema sabayón, a base de yemas, azúcar glass y ron. Todo al baño maría. Con esta cuchara das vueltas y quedará una salsa tan fina como unas natillas. Después lo mezclamos con el queso mascarpone y con las claras bien batidas a punto de nieve.

Justo al terminar de pronunciar la palabra nieve, Juan se me acercó nuevamente por detrás. Con su mano derecha sujetaba con firmeza la cuchara, y me ayudaba a dar vueltas, mientras su mano izquierda permanecía apoyada en mi cadera.

No podré resistirme pensaba yo― como esto siga así. Me lanzaré antes de tiempo y el postre no terminará bien. Terminar la receta, se entiende, porque a él me lo iba a acabar enterito hasta que se acordase de mis huesos de por vida. Pero me contuve ―una vez más―, y se sucedieron capas de melindros emborrachados de café y salsa sabayón; una él, y otra yo. Y por encima de la última crema, un espolvoreado de cacao que él repartió con la ayuda de un colador. 

De repente, otra vez, se acercó por detrás (y algo me dijo que ya me tenía muy calada), con un botecito en la mano. 

Agrégale una pizca de canela molida, Jone, me pidió mientras me daba un beso en el cuello y me preguntaba suavemente ¿Te gusta?, y acto seguido, otro en la mejilla.

Yo no supe si la pregunta se refería al tiramisú, a la canela, al momento, a su casa, a él. Así que decidí responder ampliamente, sin especificar.

―Sí. Me gusta mucho, todo ―contesté un poco exagerada, tal como yo soy cuando no quiero especificar.

Después nos sentamos para cenar. Él había preparado antes uno de mis platos favoritos: bacalao al estilo portugués, que tenía una pinta estupenda. Al lado colocó una tabla de patés. Abrió una botella de vino blanco Chardonnay. Y entonces fui realmente consciente de que Juan me había observado desde el primer día, y que ya conocía mis gustos como nadie.
―Ahora el postre ¿no? ―pregunté dando por hecho que era para lo que había venido.
―No, niña ―me respondió. El tiramisú tiene que estar en reposo en la nevera hasta mañana. Además, tú nunca sueles tomar nada después de cenar o comer. Así que el tiramisú lo pensaba reservar para desayunar. Si es que quieres quedarte conmigo.

A la mañana siguiente me desperté y Juan ya no estaba en la habitación. Sobre la cama me había dejado una camiseta masculina de algodón, a modo de pijama. Me la puse y me acerqué a la cocina. Olía a té recién hecho y el tiramisú estaba sobre la mesa. Sentí una música de fondo y entonces apareció él.
―Buenos días, ¿Has dormido bien?
―De maravilla ―contesté al mismo tiempo que me levantaba de la silla para saludarle con un beso.
Después, mientras saboreaba el postre, la música me iba despertando a la vida. Alguien cantaba Ojos verdes, y yo soñaba que era para mí. También pudo ser una simple casualidad. 
O tal vez fue un sueño.