12 de marzo de 2015

Un concierto, una copa y un amigo.

El domingo estuve en un encuentro de rock con unos amigos, entre ellos Sergio, alguien a quien conocí hace más de veinte años. A pesar de ello nuestra amistad se ha fraguado en los últimos meses, después de coincidir en varias ocasiones y tener conversaciones de última hora. Esas que surgen a partir de las dos de la mañana, que es cuando los solitarios empezamos a tener ganas de decir las verdades. Aunque normalmente no encontramos a nadie que nos escuche porque la música está muy alta y porque el lugar tampoco se presta, o simplemente porque no son horas, que para el caso es lo mismo.

Sergio está separado, y tiene sendos hijos de diferentes madres. No tenemos casi nada en común, excepto que a los dos nos gusta mucho el vino, y quizá por esas diferencias que nos separan, nos buscamos mutuamente para charlar de las cosas de la vida que sí nos unen. Creo que su intención al acercarse a mí en este último año es tratar de entender aquello que para él no tiene explicación. O quizá soy yo misma quién lo busca para descubrir en mí ese lado libertino y loco que no me encuentro y que a él le sobra. Algo que le ha llevado a la ruina en dos ocasiones, que después ha remontado. El caso es que Sergio persigue de mí esa capacidad de resistencia, o de negarme a caer en picado, y de no querer dejarme llevar. Esa atracción que siento por un lado para poder llegar al abismo, y ese freno que me impongo para después no lanzarme. 

A partir de la una de la mañana me da por bailar como loca al son de la música que se tercie, pero últimamente me llega el bajón, y me siento lejos del mundanal ruido. Ese domingo me fui a la terraza sola. Un lugar donde la gente puede hablar y la luz es tenue, y la cara de pena que tenemos todos pasa desapercibida. Siempre llevo un lápiz y una pequeña libreta en el bolso, para no dejar pasar esos instantes en los que se me ocurren frases inconexas y que al día siguiente nunca recordaría. Mientras escribía se acercó un desconocido con claras intenciones, y como no me gustan ese tipo de rollos le dejé claro que estaba perdiendo el tiempo. Después vino otro, e hice tres cuartos de lo mismo. Entonces se acercó Sergio.

─¿Te pido algo y hablamos un rato, Ayla? ─preguntó mientras salía en dirección a la barra del bar.
─Lo de siempre, gracias ─respondí.

Mientras esperaba a Sergio se acercó un tercero. 
─¿Puedo sentarme a tu lado? ─dijo el tío en tono de pregunta pero dando por hecho que diría que sí, porque ya se había sentado antes de que pudiera contestarle nada.
─Lo siento pero estoy acompañada ─le advertí amablemente.
─Pues yo no veo a nadie por aquí ─insistió de forma chulesca, y entonces cogí el lápiz y mi libreta y continué escribiendo.
Al poco rato apareció Sergio con un whisky en una mano y en la otra mi copa de vino, momento en el que desapareció el tercero en discordia.
─¡No se te puede dejar mucho tiempo sola a ti, eh! ─afirmó Sergio con la intención de lanzarme un piropo.
─Sabes perfectamente que es justo todo lo contrario lo que a mí me pasa: Podrías tardar dos horas en volver y te aseguro que seguiría sola. 
─Siempre comienzas a decir cosas así cuando quieres hablar conmigo ─dijo acercando su asiento al mío─. ¿Recuerdas cómo nos conocimos?
─Lo dirás en broma ─insinué─. Me presentaron como la novia de tu amigo, y tú fuiste a pedir una botella de Champagne, la agitaste y apuntaste para abrirla en mi trasero. 
─No me acuerdo de eso ─respondió Sergio asustado.
─Te creo ─asentí─, llevabas una cogorza del quince. Pero quiero hablar de otras cosas. Me interesa conocer tu opinión sobre un aspecto concreto de las mujeres. 
─Pues tú dirás, amiga. Porque te he dicho que cada día te encuentro más cercana. Te lo he dicho, ¿no?
─Es la primera vez que me lo dices. Pero no te desvíes del tema. Quisiera saber si por el aspecto de una mujer puedes deducir qué tipo de actitud tiene con los hombres. Quiero decir: ¿Tú dirías de mí que voy buscando sexo o algo así?
─Diría de ti, por tu aspecto, y por la forma de hablar y de moverte, que vas buscando cualquier cosa menos sexo. Eres una mujer profunda. 
─Y ¿cómo son las que van buscando?
─Verás, Ayla. Hace años estuve durante seis meses con una mujer ninfómana. No es que lo diga yo ─quiso excusarse de la aseveración─, es que lo decía ella de sí misma, y además pude constatarlo. Y era una persona que pasaba absolutamente desapercibida. No le interesaba destacar ese aspecto de su personalidad, por eso vestía casi como una monja. Siempre iba con zapato plano y nunca llevaba ropa ajustada. ¿Comprendes lo que quiero decirte?
─Creo que sí. ¿Podrías decirme entonces lo que transmito?
─No puedo ser objetivo. La última vez hablamos de tu adolescencia. Aún me acuerdo de tus palabras. Me has regalado libros de tus escritores favoritos, y momentos y conversaciones inolvidables. ¿Me das un abrazo?
─Por supuesto ─respondí. 
─Por cierto, Ayla ─susurró mientras me abrazaba─, sé que escribes a menudo y que también te interesa la fotografía. Sé que no te gusta divulgarlo, pero me gustaría leer lo que has escrito en la libreta hoy, hace una hora, justo antes de que me acercara. ¿Puede ser?
─He escrito esto ─le dije mientras abría la libreta y se la entregaba abierta por la página que él quería leer.

Sergio se dirigió solo a la barra. Pidió algo al camarero, y comenzó a leer:

"Me pregunto si sabrán mis ojos elevar un puente que llegue hasta tu mirada, para que puedas cruzar en mí algo más que sólo ruinas. Si caminarás por la noche a oscuras y seguirás mis huellas de dolor en el barro, o si el viento en contra las borrará de mi destino. Si tu boca me dará los párrafos para bordar la tristeza en mis viejas mantas.  O si me quedará cerveza para derramarla contigo, si es que llega algún día el calor de tu verano, para taparme con él todos los inviernos de tu pasado ausente. 
Me pregunto si alguna vez tendré este sueño contigo, y con una fosa fantasma donde enterrar el olvido."

Al regresar de la lectura, Sergio se acercó a mí con dos copas y una botella de Moët. Arrancó la hoja en la que estaba mi escrito y se la metió en el bolsillo, y después me devolvió la libreta y brindó conmigo.