9 de febrero de 2015

¿Cuántos somos?

Julen es el más cercano a mí de todos mis hermanos. Cercano por fecha de nacimiento y también por otras cuestiones del alma. Algunos vecinos nos llamaban Los Gemelos. A él le tocó explicarme cómo funcionan las matemáticas durante la infancia, y a mí me tocó comprender a través de él las cosas importantes de la vida que no se pueden explicar porque no siguen la lógica de ningún teorema. Me enseñó cómo se ama y se odia esa cicatriz nuestra que nunca se cierra del todo y que caracteriza a todos los que son de la estirpe de los nuestros; los que tienen un lugar alrededor de mi mesa y la de mis hermanos. 
La nuestra es una mesa que está marcada, como marcada está la madre de mi hogar, que no se sienta a comer con nosotros, que también llevamos su misma marca. Ella insiste en repartir la comida con una vocación incansable de servir a los demás, los suyos. La misma vocación que intenta esconder detrás de un orgullo que se labró como una máscara que aún hoy utiliza como una coraza para defenderse de los otros, los ajenos a la cicatriz de la que se enamoró mi padre, porque hay cicatrices que seducen de por vida.  

Mi madre comía sola en la cocina y a día de hoy sigue comiendo sola, porque ella nunca se ha sentado en la mesa con nosotros. Es una costumbre que le impusieron desde niña, ésa de tener que comer apartada de una familia que no era la suya. Y como sucede con todo lo aprendido antes de perder la inocencia, lo sigue manteniendo vivo como un ritual, quizá en un intento de negarse a cerrar su cicatriz, ésa que le ha dado sentido a su vida y también a la nuestra. 

Recuerdo a mis cuatro hermanos sentados conmigo alrededor de la mesa. Ellos comían mucho y además su paciencia era infinitamente menor que la mía, así que desde niña me acostumbré a que me sirvieran la última e hice de ello una vocación, ésa de que los últimos serán los primeros.  

─¿Cuántos somos? ─era lo primero que preguntaba Julen antes de sentarnos para comer, con la intención de dividir raciones a partes iguales.
─Todos menos Papá ─contestaba mi madre.
Entonces Julen calculaba el volumen de sopa que había en la olla y el número de cazos que teníamos que poner en el plato. También contaba los filetes y lo dividía todo entre cinco.
─Son tres filetes rebozados para cada uno ─decía mientras hincaba el tenedor a los tres más grandes que veía en la bandeja─. Ione, ¿me das uno de los tuyos?
─Claro que sí. Es para ti ─le respondía─. Pero después me tienes que ayudar con las mates. Me pierdo con la superficie del hexágono.
─¡Come despacio, Julen! ─insistía mi madre, siempre preocupada por esa forma compulsiva de engullir.

El dolor del alma no cabe en el cuerpo de un niño, y tarde o temprano rebosa. Julen era muy callado y las palabras no le servían como válvula de escape, por eso tragaba con ansia hasta que no podía más. En algunas ocasiones incluso llegaba a vomitar. Tal vez su cuerpo de niño encontraba así la manera de expulsar con el vómito todo el dolor que no le cabía dentro. Él tampoco encontraba las palabras adecuadas para hacerme entender las fórmulas matemáticas, ni podía transmitirme la física del movimiento de la Tierra. Y ese dolor suyo no se acomodaba conmigo. Se me indigestaba. Por eso cada día tenía menos hambre y cada vez comía menos.
Después de cuarenta años a mi hermano Julen aún le gusta contar los que somos. Además es un superdotado para las matemáticas, y aunque ya casi nunca estoy en la mesa, él siempre cuenta conmigo.