7 de enero de 2015

Mis primeros latidos


Me gustaba ir a clases de guitarra, era capitana del equipo de balonmano, soñaba con ser bailarina de ballet clásico, y todavía sonreía al ver una cámara.

La fotografía favorita de mi hijo está en el salón de mi casa, debajo de la televisión que nunca veo, y encima de un altavoz al que rara vez le quito el polvo. Recuerdo que en esa imagen mi espalda quedaba apoyada en un radiador cuyos perfiles de metal se me clavaban en la piel. Debajo del vestido vaquero tenía puesto aquel bikini estampado con burbujas de colores. Me acompañaba mi hermano pequeño, que permanecía sentado en una silla de nuestra cocina. Debían ser las seis de la tarde y justo habíamos regresado los dos de la piscina. Vivíamos en un piso de la calle Lumbier y tenía una habitación para mí sola. Mis cuatro hermanos varones compartían otra. Pero desde los seis años padecía de ataques de pánico nocturnos, motivo por el cual muchos días en los que mi padre estaba fuera, mi madre me permitía dormir en la misma habitación que ella, en un cuarto que estaba junto al salón.

Habitualmente me acostaba hacia las diez, mientras mi madre se quedaba viendo la tele. Así, el arrullo del sonido supuestamente me adormecía. Pero una noche me despertó una voz imponente, de una tonalidad sublime. Sentía que el pecho me iba a explotar. Al principio me asusté porque pensé que era un nuevo ataque, pero enseguida comprobé que era otra cosa. Las palpitaciones me hacían sentir bien y los oídos se me quedaron ensordecidos por mi propio latido. Me levanté sigilosamente para ponerle rostro a aquel sentimiento. Y allí, escondida detrás de la puerta y asomando mis ojos clandestinamente, estaba él. Por fuera todo lo vi en blanco y negro, por dentro era a todo color. Vi un hombre delgado y con con barba oscura, que hablaba solo en un escenario de teatro e interpretaba un monólogo que me enseñó el lugar exacto en el que estaba mi corazón.

Intenté como pude calmar mi respiración jadeante para no llamar la atención de mi madre, y aunque me temblaba todo el cuerpo, mis piernas desnudas permanecían paralizadas y los pies se me quedaron clavados al suelo durante unos minutos que a mí me parecieron sólo un instante.

Y en aquel momento me enamoré de él a través de sus palabras. O quizá me enamoré de las palabras gracias a él. 

De cualquier modo, ese fue el último verano en el que necesité dormir en la habitación de mis padres, y no recuerdo haber padecido un ataque de pánico después de aquella experiencia. Y como si se tratara de ayer, observo ahora la fotografía que está debajo de una televisión que nunca veo, y encima de un altavoz al que rara vez le quito el polvo, mientras me regodeo en un sentimiento que se despertó en mi infancia.

*Aquel hombre era Adolfo Marsillach
De: La memoria del silencio