11 de noviembre de 2014

Son lentejas


Conservo pocos recuerdos de cuando tenía cinco años, pero decidí según me cuentan, comer la mitad de lo que me ponían en el plato y me convertí así en una niña más bien delgada (y ahí sigo). Hay quien dice que fue por celos ─de mi hermano el pequeño─, supongo que depende de quién me juzgue pero tampoco me acuerdo. En aquellos tiempos de mi infancia las señoras iban a la peluquería a menudo, a veces con sus hijas, pero desconozco si ahora  sigue de moda esa costumbre, porque los salones de belleza no los visito a menudo; una vez cada cinco años. Para arreglarme el pelo  me basto yo sola, y cuando lo hago, acostumbro a mirarme el rostro, me alejo y me acerco en el espejo y observo que la distancia cambia conmigo lo mismo que me transformo con el paso del tiempo.

Con la mirada distante me parezco más a ella, la de antes, más oscura, más delgada, amarga pero liviana, una mujer sin sonrisa. Aunque no lo puedo asegurar porque no puedo juzgarme desde tan lejos. Pero de cerca, con la verdad por delante, observo que me cambian los colores eso lo sé, y también los tamaños de las curvas que parecen más libidinosas pero esconden fantasmas que me siguen muy de cerca. Y detrás de mi sonrisa, ahora sí, tarde, demasiado tarde, se cobija también la tristeza de antes, esa que se protege escondida en su trinchera donde todas mis lágrimas desembocan, y que ya dejaron de caer. De cerca es más fácil mirarse si tienes valor, y ganas de verte y de no mentirte.

Y allí comenzó a aferrarse mi voluntad a mi gesto serio, sentada en la mesa, con cinco años, y un plato de lentejas delante. Mi madre se fue a la peluquería ─¡a quien se le ocurre! un sábado, mujer de Dios─ y encargó a mi hermano, el mayor de todos, cuidarme hasta que ella volviera.

─¡¡¡Y que no se levante a jugar la niña hasta que se haya comido todo!!! ─dijo antes de cerrar la puerta.

Tres horas tardó mi madre en volver de la pelu y ahí plantados nos encontró a los dos: Mi hermano vigilando para que no me levantase y yo sentada sin probar bocado.

─¡La vida son lentejas! Las comes o las dejas ─comentó ella al regresar─, pero eres tan terca, niña, que ni con hambre te doblegas.

Las lentejas oxidadas cayeron por el váter. Tiré de la cadena y después corrió el agua, esa que se lo llevó todo. Luego me fui a jugar con el estómago vacío y con la primera batalla ganada, porque el hambre te hace correr más alto y más lejos.

Aprendí con cinco años que si es por la fuerza ni con ganas me meten una cuchara. Y que la libertad de mi hermano empezaba donde terminaba la mía. Eso también lo aprendí con cinco años. Porque fue él esclavo de mis movimientos y yo la dueña de su libertad y de la mía. Aunque es cierto que a partir de entonces noté que me costaba sonreír. Y ya con trece años era imposible arrancarme una sonrisa. Porque la vida son lentejas, y puedes con ellas y  con todo lo que haya que bregar, pero ganas de reír, lo que se dice ganas, pocas.