26 de octubre de 2014

Una mañana de sábado.


Cada mañana me despertaba triste pero muy convencida de que el día tampoco tenía demasiadas ganas de pasar por mi vida. Nada más levantarme corría hacia el cuarto de baño para entrar la primera en la ducha. Aunque me gustaba llevar el cabello largo, cada vez me daba más trabajo cuidarlo y además me ocasionaba demasiadas discusiones con mi madre, y los gritos de buena mañana, antes de desayunar, me resultaban deprimentes. No solía mirarme en el espejo al salir de la bañera, pero en esa ocasión me detuve unos segundos. Cada día estaba más delgada, tenía el cutis completamente destrozado por las secuelas de un brote de acné reciente, y me mordía las uñas con tal avidez que mis dedos parecían muñones sangrantes. Tenía diecisiete años y nadie me había besado, aunque esto no me preocupaba en absoluto. Lo que me quitaba el sueño era el sufrimiento.  Me dolía el alma y era como si todo mi cuerpo se quejase por ello. Ese dolor era tan intenso que actuaba como anestesia de cualquier otra necesidad. El instinto prioritario era calmar esa angustia, por eso el resto de mi cuerpo no atendía mi hambre o mi deseo, y ni siquiera me permitía percibirlos. Durante años perdí las ganas de masturbarme. También dejé de  cenar, porque las cenas también eran motivo de gresca con ella, y después de sus gritos venían mis pesadillas. Muchas noches soñaba que alguien me perseguía de cerca y yo no podía correr. Tampoco podía gritar. La impotencia era tan grande que a veces me despertaba llorando.

Delante del espejo me percaté de que mi delgadez estaba en consonancia con mi tristeza, aunque nadie en casa lo mencionaba. Supongo que hay muchas formas de ser invisible, pero la mía era completamente inconsciente, como también lo era la forma de hacer silencio de todos ellos. Pero ese sábado me pareció que ella estaba de buenas. Cuando eso sucedía, yo solía aprovechar para pedirle que me comprara ropa o que me acompañase a la peluquería. Prefería ir sola a estos lugares, pero ella no me lo consentía, porque así me criticaba hasta la ofensa delante de todo el mundo, cosa que parecía servirle de desahogo. De cualquier modo, cuando necesitaba algo, tenía que pasar irremediablemente por ese trago. Por eso aprendí a no pedir ese tipo de cosas cuando ella estaba nerviosa o especialmente alterada, porque entonces era mucho peor. Una vez me tiró la bolsa de la compra de la carnicería en medio de la calle, para que lo recogiera todo del suelo. Se enfadó porque me entretuve mirando un escaparate mientras ella compraba, y al salir le dio mucha rabia no encontrarme esperándola en la puerta. Cuando me hizo eso tenía catorce años. En aquella época me prohibió continuar en el equipo de balonmano, porque los partidos se jugaban el sábado y porque ella no estaba dispuesta a lavarme la ropa de deporte. Ya bastante tenía con el béisbol y el fútbol de mis cuatro hermanos ─según sus palabras─. También dejé mis clases de guitarra. Quizá lo hice para corresponder, porque las ganas también me habían abandonado a mí.

Pero esa mañana de sábado era especialmente prometedora y quise probar suerte. 

─¿Me das dinero para ir a la peluquería?
─Ya voy contigo, Ione ─respondió ella.
─No es necesario, mamá ─repliqué─. Sólo voy a cortarme un poco las puntas. Creo que lo llevo muy largo. Hace más de un año que no me arreglo las capas.
─De acuerdo. Te doy mil pesetas. Pero pídeles que al peinarte te dejen tus rizos. Tienes el pelo muy bonito.

Aquello era todo un logro para mí. Fui a una peluquería nueva. Sentía como si al cortarme el pelo fuese a cambiar por completo mi vida. Y efectivamente, al volver a casa comprobé que ya no era la misma.

─¿Qué te has hecho, Ione? ¿Cómo se te ha ocurrido raparte la cabeza? ─preguntó sin chillar, y entonces tuve la certeza de que había elegido el mejor día posible.
─Cuando era pequeña también lo llevé así ─respondí secamente.
─Pero entonces tenías tres años, y era para que el pelo te naciese fuerte.

Le hubiera dicho que lo hice para que el alma también me renaciese fuerte. Como un acto  de renuncia a todo lo que me fue negado. Para poner distancia con todo lo que ya no esperaría más. Para descansar de búsquedas. Para matar mis preguntas. Para poder resistir. Le hubiera dicho todo eso, pero no lo hice. En su lugar no dije nada.

─¿Qué dirá tu padre cuando te vea? ─insistió.
─Él volverá dentro de tres meses. Para entonces ya me habrá crecido.


         *Fragmento de La memoria del silencio