19 de septiembre de 2014

Con la casa a cuestas

Recuerdo con mucho cariño el último verano antes de independizarme. Fue para mí la primera vez que trabajé fuera de casa, y lo hice como monitora de un campamento infantil, ubicado en la montaña de Navarra. Me instalé con todo el equipo un día antes de que llegaran los niños, para organizarnos y repartir las tareas y conocer las instalaciones y el programa. El director comentó que todos los años había  dos tiendas de campaña con niños del orfanato o de familias con problemas familiares. Estos niños requerían una atención mucho más cercana e intensa que el resto. Lo habitual era realizar un sorteo previo para designar los monitores de las dieciséis tiendas y ver a quién le había tocado el muerto. Pero antes del sorteo me ofrecí  como voluntaria para ser la monitora de los diez niños de la Inclusa. Mi ofrecimiento fue aceptado unánimemente ─cuánta solidaridad para este tipo de cosas muestra el ser humano─.

En realidad resultó ser un trabajo mucho más divertido y menos problemático de lo que pensaba. Mis niños hacían muchas travesuras con el único propósito de  llamar mi atención; hablar cuando se requería silencio, insultar a quien fuera en cualquier momento (a veces con razón) o levantarse de la mesa mientras estábamos todos cenando en los comedores. Por la noche, después de ir a dormir, los monitores hacíamos recuento de los niños para comprobar que estábamos todos. En mi caso era necesario repetir el recuento una hora después, porque mis niños tenían insomnio y tardaban dos horas en quedar dormidos. En ese tiempo las linternas de mis dos tiendas se iban encendiendo de forma intermitente y a veces salían a tomar el aire. La primera noche, al hacer recuento observé que faltaba un niño de siete años; un niño llamado Dalai. 

─¿Dónde está Dalai? ─pregunté. 
─Ha dicho que se iba del campamento ─respondió uno de sus compañeros de tienda. 
─¿Cómo que se va? ¿A dónde se va? ¿Por qué se va? 

Eran demasiadas preguntas (error de novata) y no tuve ninguna respuesta, así que supuse por intuición que Dalai no se sentía bien en ninguna casa y por eso huía por costumbre. Y cuando alguien huye, acostumbra a hacerlo por la puerta, aunque sea un niño. El campamento estaba en un enorme recinto vallado y la puerta general (obviamente cerrada) se utilizaba para la entrada y salida de los autobuses. Así que fui hasta la puerta y allí estaba él. De pie. Solo. Era un niño muy moreno y con la cabeza rapada. Supuse que ese nombre, Dalai, era en realidad un mote de “familia”. Para esas cosas la hija de La Rubia tiene una intuición de lince. Por eso me quedé a su lado en silencio, y estuvimos así largo rato. Él pensaba en sus cosas (supongo) y yo pensaba en las mías. Él no hacía preguntas. Yo tampoco. 

Ahí, de pie, me dio por recordar a mi último amigo; un chico encantador que se acercaba a mí cuando salíamos en la misma cuadrilla el viernes por la noche, con la intención mutua de ser algo más que amigos, pero que siempre terminaba llevándome a casa en su coche sin que hubiera sucedido casi nada. Cuando llegábamos a la altura del portal, escuchábamos música y a mí me daba por hablar y hablar. Una de las noches, cuando llevaba una hora hablando en el coche, él preguntó: “Idoia, a ti no te gusta volver a casa ¿verdad?"

Después de media hora pensando en nuestras cosas, empecé a hablar con Dalai. 
─Parece que a ti te gusta irte de casa, Dalai. A mí me pasa justo al revés; lo que no me gusta es regresar.  Tal vez sea más fácil para mí volver si lo intentamos los dos caminando juntos. Si a ti te parece bien acompañarme, claro.
─¡Vale! ─respondió. 

Tras los primeros pasos, en silencio, Dalai me agarró de la mano. Lo acompañé hasta su tienda, a duras penas me soltó la mano y al poco rato se durmió. 
Todas las noches de mi estancia en el campamento, Dalai se escapaba a la puerta esperando que en un gesto maternal fuese yo a buscarlo. Y todo era más sencillo y hermoso entonces, porque ya no teníamos nada que pensar, sabíamos lo suficiente el uno del otro y regresábamos los dos, así, de la mano, algunos días caminando y otros corriendo entre los árboles.
Ahora que mi trabajo es otro bien distinto, me gusta pasar las vacaciones subida en una autocaravana. Cuando estoy en mi casa tiendo a ocupar todos los armarios con mis cosas y sin embargo, cuando sólo dispongo de un cajón de cincuenta centímetros para mí, entonces aún me sobra espacio. Y prescindo del secador de pelo para modular mis rizos y del rimmel para disfrazar de negro mis pestañas rubias.
Cuando viajo con la casa a cuestas, me doy cuenta de que el verdadero hogar es minimalista, se lleva dentro del alma y  con unas pocas verdades queda vestida. Todo lo demás es decoración exterior, engañosa y recargada. 

Mi hogar es nada más que un rincón del alma en el que se encuentra la paz, y esa verdad que amuebla mi casa me la enseñó un niño llamado Dalai.