23 de marzo de 2014

Sin buzón en el ático



Me desperté a las cuatro de la madrugada perseguida por un mal sueño y encendí una vara de incienso. Mientras leía un poema sonó el despertador que me recordaba que ya eran las cinco y tenía que a acudir de nuevo al trabajo. Seguía viviendo en esa maldita y vieja casa, y comenzaba otro lunes del turno de mañana. Una vez más mi automóvil no arrancó a la primera, pero el día anterior había tomado la habitual precaución de aparcar cuesta abajo, y no supuso ningún retraso. La ley de la gravedad era lo único que se mantenía de mi lado.

Al llegar comprobé que después del descanso semanal tampoco habían cambiado las cosas a mi alrededor. Eso suponía demasiada gente de las oficinas observándome mientras tomaban su café y se tejían charlas de las que no me interesaba formar parte. Por eso prefería trabajar en el turno de noche. Mi compañero seguía sin hablarme porque consideraba que mi puesto tendría que haberlo "heredado" él, por una cuestión de derecho cronológico, y no una mujer de veinticuatro años que después de estudiar una carrera y un máster se viene sola a un mundo que no es el suyo, para mover mercancía con un vehículo de almacén ─entre otras actividades─ y desempeñar funciones rutinarias como operaria, incluyendo horarios nocturnos y festivos, que ninguna otra mujer en treinta años había realizado hasta entonces. 
Después de la inspección de los bombeos, valvulería, presiones del sistema y niveles en los depósitos, subí al centro de control del edificio para terminar con el registro diario. El personal de oficina entraba y salía del pequeño cuarto en el que se encontraba la máquina de café.
─¡Buenos días, Ayla! ─me saludó mi jefe a las nueve de la mañana mientras conversaba con la responsable de compras─. Va usted siempre muy despeinada. Debería ir a la peluquería de vez en cuando.
─¡Buenos días! ─contesté sin hacer mención al comentario sobre mi cabello.

Entré en el lavabo para observar mi aspecto. La ropa azul que finalmente me habían conseguido era de la talla masculina más pequeña, pero aún y todo me seguía quedando enorme. Mi pelo estaba húmedo porque la lluvia me había sorprendido sin paraguas mientras cerraba unas compuertas en la zona de los decantadores. El espejo me devolvía de forma insistente una mirada triste que no pude esquivar y comencé a llorar. Por una cuestión de orgullo no me permití el desahogo y al instante sequé las lágrimas con el puño de mi chaqueta y eché a correr por el pasillo. Pensé que mi jefe tenía razón, así que decidí no ir al comedor a la hora del almuerzo, para no contribuir con mi presencia al asunto que tan claro había quedado para todos entre jocosos comentarios. Cuando dejó de llover salí a la zona de los pinares para comer el bocadillo mientras caminaba.
Qué fas tan sola, noia! ¿Puedo pasear contigo? ─me preguntó uno de los trabajadores más antiguos, que al parecer se dedicaba a la jardinería de la instalación.
─Sí. Puedes acompañarme ─contesté mirando al suelo con una leve sonrisa.
─Hace casi tres meses que estás aquí con nosotros y he observado que lo estás pasando mal. Y perdona que me entrometa, Ayla, pero creo que tengo edad para ser tu padre y si mi hija estuviera en tu lugar me gustaría que alguien hiciese esto por ella. Sé dónde estás viviendo y pienso que estar allí te hace daño. No se han portado bien contigo ¿verdad? Tengo unos amigos que tienen un pequeño ático que ahora está desocupado. Ellos viven en el piso de abajo. Se trata de una pareja que tiene dos hijos. Una buena familia. He hablado con ellos y me han dicho que les encantaría que vieses su ático, y si te gusta podrás trasladarte hoy mismo. Son muy buena gente. Te cobrarán como alquiler la tercera parte de lo que estás pagando ahora, y además te fiarán los dos primeros meses hasta que empieces a recuperarte de los pagos anteriores.
─¿A qué hora puedo ir? ─respondí conmovida al tiempo que levantaba la mirada en señal de agradecimiento. Porque era evidente que el jardinero se había preocupado por mí, de lo que ganaba y también de cuánto tiempo iba a necesitar para ponerme al día con los gastos. Y mi tristeza también la tenía muy bien calculada.
─A la hora de salir, a las dos, me sigues con el coche y nos vamos hasta la casa de mi amigo que está en un pequeño barrio muy familiar ─concretó finalmente mientras apoyaba su mano en mi hombro en un gesto de afecto paternal.
─De acuerdo ─dije─, te esperaré en el aparcamiento a las dos  ─acabé dirigiendo de nuevo la mirada al suelo en un gesto de ocasional alegría contenida, tan habitual en mí.

Esa misma noche dormí en aquel ático, que desde ese día pasó a ser mi segunda vivienda como mujer independizada que además vive sola. Recogí mis pocas pertenencias  de la vieja casa de alquiler. Me despedí de ella echando las llaves en el buzón de la inmobiliaria sin mediar palabra. Después compré un juego de sábanas de algodón para mi primera cama de metro cincuenta, y un par de toallas enormes de color blanco. Invité a Frank a venir a verme. Era un chico que había conocido en Pamplona, unos meses antes, y con el que había salido de viaje recientemente con la excusa de hacer el amor en ciudades míticas como París, Praga o Venecia. Él me dijo que me quería después de acostarnos la primera vez, y para no caer en los mismos errores que cometí con el primer hombre que se interesó por mí y con el que nunca me acosté, decidí que con Frank no habría ninguna relación epistolar que nos fastidiase la historia. Aún conservaba las viejas cartas, aquellas en las que un hombre me decía que me quería, y sin embargo nunca actuó en consecuencia. Por eso llegué a la conclusión de que el amor no necesita palabras, y si las reclama insistentemente, se parece más a un interés o una carencia. Al sentimiento le basta con ser coherente para sellar su reconocimiento. Y tampoco necesita ser bautizado con una definición ni fecha de nacimiento.

Durante un año y medio recibí las visitas sin cartas de mi novio Frank en aquel ático. Venía cuando me tocaba trabajar en el turno de noche. Durante la semana me preparaba la comida. Y aunque era extraño comer alubias o estofado de lentejas nada más levantarme, a mí aquello me sabía tan dulce como unas tostadas con mermelada. Sospeché que a él le gustaban las mujeres con curvas, y obviamente yo estaba muy flaca, así que durante un tiempo desayuné frijoles y pollo al horno, o lo que se terciara, con tal de ensanchar mis caderas.

En el piso de arriba se empezaron a oír ruidos de orgasmos, y en esta ocasión, contra todo pronóstico, esos sonidos eran los míos. Me acordé del piso de estudiantes (un año antes) en el que Itziar y Nora eran las mujeres que traían sus novios y amantes a casa. Hay personas que por una cuestión de azar lo tienen todo más fácil y antes en la vida. Lo mío es orgullo en estado puro, y prefiero eludir el peaje de la autopista, aunque suponga malvivir en algunas ocasiones o dar muchas vueltas por los caminos en otras, o llegar más tarde.

En todo ese tiempo que viví en el ático, disfruté de mi soledad interrumpida sólo cuando Frank venía  a verme. El casero también se hizo amigo de mi novio y a veces se cruzaban los dos en el patio y charlaban de esas cosas de las que rara vez hablan los hombres.
─Cuando Ayla vuelve del trabajo, sobre las seis y media, es justo la hora en la que mi mujer y yo nos levantamos ─dijo el vecino . Por eso no podemos evitar oíros. Mi esposa se pone colorada cuando le digo que tome ejemplo de la inquilina, en eso de saber empezar el día. 
─Es ella la que me despierta dijo Frank, porque Ayla es muy ruidosa cuando entra en casa. Le gusta hacerse notar y yo tengo el sueño muy ligero. Digamos que no hago nada, simplemente sucede ─terminó con una sonrisilla picarona.
─Hombre. Algo sí que debes hacer...