3 de enero de 2014

Una frase en la pizarra

Me empeñé en dejar aquel colegio de sólo niñas para ir al instituto en primero de bachiller. Discutí con toda mi familia y al final ─como siempre─ me salí con la mía. Así que después de mi primer día de clase, en el que comprobé que la mitad de los alumnos eran chicos repetidores expulsados de otros centros con dos o tres años más que yo, se me quitaron las ganas de ir a casa con el cuento de que me había equivocado. Ya era tarde para recurrir a las lamentaciones.
Lo mejor del curso fue Alfredo, mi profesor de filosofía. Sus maneras eran excéntricas y y le gustaba hacer alarde de ellas cuando se trataba de temas de actualidad política y social. Acudía a clase cinco minutos antes y acostumbraba a escribir en la pizarra una frase de su propia creación que servía como excusa para desarrollar el tema del día.
Una mañana amaneció el encerado vestido con este mensaje: "El alma se puede congelar".

─¿Alguien intuye de qué tratará el tema de hoy? ─preguntó el profesor mientras se sentaba.
─De los embriones congelados ─contesté al tiempo que levantaba la mano sin dejar opción a que me dieran la palabra.
─Bien Ayla ─respondió el maestro mientras unas filas por detrás se escuchaba una voz amenazante dirigida hacia mí, que me insultaba llamándome pelota.
Por aquel entonces se estaban regulando los términos legales de la fecundación asistida. Los detractores sostenían que la vida, lo era desde el primer momento de la inseminación. Así que por una cuestión de coherencia y pensamiento ateo, que comparto plenamente, Alfredo argumentaba que si había vida humana como tal desde el primer instante, también tendría que haber alma, y en ese supuesto estábamos entonces ante el mayor descubrimiento científico: "El alma se podía congelar" y la pregunta debería reformularse en: ¿cómo legislamos a las almas congeladas? 
Justo después algunos alumnos comenzaron a reírse, entre ellos los que todavía no habían pillado el hilo del tema y que en ese instante se caían del guindo, y muy especialmente el mismo individuo que antes me insultaba. En ese momento me hubiera girado y le hubiese correspondido con un insulto. Pero me callé, porque también aprendí en ese curso que con los imbéciles es mejor no discutir. Siempre te cambian de tema y nunca sacas nada en claro. Bueno sí, un cabreo del quince te llevas seguro.
En aquellos días también se debatía en clase sobre la nueva ley del divorcio, aprobada en el año 1981. 

Me tenía enganchada mi profesor de filosofía con su pensamiento deductivo. Con él aprendí a reflexionar sobre la coherencia de mi propio discurso, y creo que gracias a él decidí que de mayor quería dedicarme a la ciencia. La clase de última hora de la tarde solía ser la de biología; la maestra era frágil y por eso tenía el peor horario y además algunos de mis compañeros le faltaban al respeto fomentando también ese abuso causado por su denotada fragilidad. Como yo me pensaba débil (aunque me di cuenta años después de que no lo era) aprendí que lo importante para sobrevivir, por encima de todo, es no parecerlo.

Antes de cerrar el aula algún gracioso solía escribir alguna parida en la pizarra como "Quasimodo ama a Idoya". Quasimodo era un compañero de clase que sacaba muy buenas notas y al que apodaban  así porque era jorobado y feo, resultando algo deforme en su conjunto, aunque a mí eso me daba igual. Me caía simpático porque a veces se quedaba embobado mirándome y al menos él no trataba de disimularlo (como otros hacían) y lo reconocía abiertamente sin molestarse en negarlo mientras mostraba una amplia sonrisa cínica. Partía del convencimiento de tenerlo todo perdido y actuaba en consecuencia: Quasimodo era valiente y nada estúpido. Con él aprendí años más tarde que en mi interior habita también una jorobada deforme que parte del convencimiento de que lo tiene todo, absolutamente todo, perdido.

A veces echo de menos aquella pizarra y a mi profesor de filosofía. Observo que algunas situaciones no han cambiado nada después de más de treinta años, y volvemos a necesitar las míticas frases de Alfredo: "La libertad sexual de la mujer es falsa" podría servir en este caso, teniendo en cuenta que la edad para el consentimiento sexual en mi país se establece a los trece años. Es decir, una menor de trece años es libre plenamente para mantener relaciones  con un adulto (de cincuenta años, por poner un ejemplo) sin que esto suponga un posible delito o supuesto de engaño del hombre, si se determina que la relación es consentida. Sin embargo, si como consecuencia de esta relación la menor queda embarazada, ella no es libre para poder abortar sin el consentimiento paterno. Y ahora, aún pretenden algunos hacernos retroceder en nuestras libertades, con el anteproyecto presentado por el gobierno para la reforma de la ley del aborto, que propone la eliminación del aborto en casi todos los supuestos que ahora son legales.

Tal como está el panorama, me pregunto en tono de miedo y cinismo jorobado, si volverán a intentar prohibir el divorcio...