8 de enero de 2014

Prosa al poema que nunca me dedicaron


No surge la belleza ni el dolor cuando el poeta necesita rebuscar entre sus despojos las palabras dirigidas a una dama que se lo merece con demasiada premeditación y ninguna alevosía. En ese lugar anida la falsedad, la ternura de un cojín relleno con endecasílabos de patrañas. No nace el verso de la intención ni de la espera ni de la quietud de la musa buscada. Allí sólo germina la basura así como brotan las espinas en el tallo del miedo.

La estrofa más obscena explota del silencio y se adelanta a la vida como un parto prematuro. Exige de su poeta maldito las palabras encerradas durante  siglos en su escroto, esculpidas como semen desde la inevitable erección de su mente que me escribe ya sin poder evitarlo. 

A ese soneto no le importa que esta musa esté condenada al suicidio, pues le sobrepasa el deseo no correspondido, el dolor escupido con saña y odio desde su pene a su hembra, desde su mano a la mía. Jamás una llamada, una carta o una palabra mía, podrá llenar el vacío que mi hombre siente al vomitar desde su alma ese poema, al que sólo me queda suplicarle mis derechos de propiedad como indulto.

Al poeta nada le pido antes de su eyaculación, sólo reclamarle como epitafio ese minuto, mío por fin, de silenciosa lascivia.