15 de diciembre de 2013

El sexo débil

La denominación del género femenino como sexo débil es un tópico que nadie comparte pero que "bien" utilizado por una mala mujer, le puede reportar grandes beneficios. Por puro paralelismo podríamos decir que los hombres no lloran. Ninguna se lo cree, pero cuando ellos necesitan ir de duros es un recurso infalible. Y es mejor así. Es preferible oír eso: "Soy un trozo de piedra" antes de que te digan con crudeza: "No te quiero". Son sólo juegos y engaños que todos nos hemos permitido alguna vez para poder sobrevivir al fracaso, más o menos dignamente. Y es que vivimos en una sociedad que rechaza la enfermedad y el dolor, que son intrínsecos a la vida, pese a que nos neguemos a reconocerlo. Aunque hay momentos en los que no podemos dar la espalda, porque la bofetada nos sacude desde las entrañas de la Tierra. La misma que después viene a tomarnos el pulso para asegurarse de que estamos vivos. La Naturaleza es sádica y se acerca, te da aire; quiere oírte respirar. Los muertos no le interesan porque ya no sufren, y Ella sólo quiere medirse contigo.
 Los niños vienen al mundo después de cuarenta semanas de gestación, pero su bolsa se rompió después de sólo treinta y dos. Aquello me hizo sentir fatal; como una madre incompleta. Llegué dilatada de cuatro centímetros y durante un día entero me intentaron frenar el parto. Aquello dolía bastante, pero no he sido nunca mujer que se queje fácilmente. Cuando el dolor era ya muy grande, pensé que quizá sería bueno que el ginecólogo viniese. Nadie me hacía caso porque parecía imposible que una mujer a punto de parir no se quejara, no gritara y obedeciera y se comiera una manzana para que le hicieran una prueba de azúcar. Estaba dilatada de nueve centímetros cuando conseguí que viniera el médico: Parto inminente ─gritó─. Un poco más y nace en el ascensor. Parí sin anestesia y sentí todo el dolor que la Naturaleza alberga en su corazón. A mí aquello me hizo renacer como persona. Me sentí fuerte, segura y me hizo pensar que era una madre completa y generosa. Aprendí que hay que enfrentarse al sufrimiento pero también que cuando algo duele mucho, no hay que callar, hay que gritar: "¡A tomar por el culo la manzana, señores!".

Cuando mi hijo nació no les dio tiempo de ponerlo en mi pecho. La enfermera se lo llevó a la UVI de la planta de prematuros. Entonces lancé mi primer grito: "¡Enséñamelo, que es mío!". Y ella me enseñó su pie porque estaba todo envuelto en toallas, y yo volví a gritar: "Quiero ver su carita". Mi hijo nació con un problema de inmadurez pulmonar y había que operar al día siguiente. No se podían visitar a los niños de la Unidad más que dos veces al día durante media hora. Así que el pediatra me llamó para que subiese a verlo por la noche de forma furtiva, por si era la última vez. Entré en la sala, busqué su carita y lo pude reconocer ─¡bien Idoia! así se hace─ y allí lo encontré rodeado de sondas, cables y oxígeno. Abrí un segundito la puerta de la incubadora, me acerqué y le dije mis dos primeras palabras: "¡Hola, tesoro!". Él estaba dormido y reaccionó rápidamente moviendo sus párpados como si quisiera abrir los ojos. Obviamente había reconocido mi voz. Aquello fue maravilloso. Días más tarde todo mejoró. Empezó a respirar bien, pero había que esperar para valorar posibles consecuencias por la falta de oxígeno durante el primer día. 

Milagrosamente los días pasaban, luego los meses y no había ninguna secuela. Durante esos meses me acordaba del parto y aquello me daba fuerzas, me redimía, me consolaba. El primer mes de la vida de mi hijo sólo pude verle dos veces al día durante media hora.

Poco tiempo después contemplaba con mucha curiosidad todos los comportamientos animales de las hembras tras haber parido. A mí me encanta la naturaleza y quería saber qué hacen ellas, para aprender también de su dolor. Un día observé entre un rebaño de ovejas que había una que con su boca sujetaba una cría que parecía muerta. Entonces le pregunté al pastor qué pasaba con ella. Las ovejas cuando paren una cría muerta no se resignan ─me contestó─, continuamente la besan y zarandean para que empiece a respirar. Durante dos días por lo menos, se la llevan sujetándola por la boca y no la sueltan ni para comer. Es un duelo necesario, porque si le arrebatas la cría muerta, también ellas enferman y después mueren.
Nuestro mundo occidental huye del dolor, lo anestesia, lo enmascara, lo elimina. Pero yo lo entiendo como algo necesario. La Naturaleza me enseñó que los niños se han de concebir con mucho, mucho placer y que se han de parir con dolor, mucho por cierto, porque ese dolor te prepara para la vida. Así que yo respeto a las personas que quieren vivir anestesiadas y de espaldas al dolor. Les recomiendo, como Sabina, que si les duele el alma, vayan a la farmacia donde “venden pastillas para no soñar”. Evidentemente, no lo comparto y no es mi elección. Yo para esto de la vida soy más bien masoca. Y además como pertenezco al sexo débil (resulta que tampoco me dieron a elegir), en esta entrada me he permitido hablar de mi mayor debilidad. Él se llama Víctor (el porqué del nombre es obvio, de otra forma hubiera sido Aitor o Ireltxo). 
Me he dado cuenta, años después, que cuando pronuncio esas dos palabras: "Hola, tesoro", lo hago de forma inconsciente queriendo decir, en el fondo: "Soy yo. ¿No me reconoces?"